"En todo recomendándonos como ministros de Dios." 2 Corintios 6:4
Este versículo implica que los ministros deben laborar para Dios, ciertamente no para la fama del predicador. El YO es un ídolo que ha sido adorado por multitudes mucho más grandes que cualquier otra deidad del paganismo antiguo o moderno.
Un ministro es el último hombre del mundo que debería verse en el altar de esta vil abominación, el YO. Y, sin embargo, sin gran cuidado, es probable que sea el primero en estar allí, en permanecer allí más tiempo, en inclinarse más bajo y en expresar su devoción con los sacrificios más costosos.
Muchos llegan a ser ministros solo para adquirir el aplauso popular. La "fama" es su motivo y su meta. El recomendarse a sí mismos es el resorte secreto pero poderoso de todo lo que hacen. El YO está con ellos en el estudio, dirigiendo su lectura, seleccionando sus textos, ordenando sus pensamientos, formando sus ilustraciones, y todo con vistas a "brillar en público". Así preparados, suben al púlpito con el mismo objeto que conduce al actor al escenario: asegurar el aplauso de los espectadores aprobadores. Cada tono se modula, cada énfasis se dispone, cada actitud se regula para agradar a la audiencia, más que para aprovechar sus almas; para recomendarse a sí mismos y no a Jesucristo. Terminado el servicio, este ídolo del pecho regresa con ellos a su morada y los deja inquietos y desasosegados por saber cómo les ha ido.
Si son admirados, reciben su recompensa; si no, ¡el primer premio se ha perdido!
No atenúa el pecado el que todo este tiempo se pronuncien sentimientos evangélicos. La ortodoxia es el camino más directo a la popularidad. Cristo puede ser el texto, ¡cuando el YO es el sermón! Y por terrible que parezca, cabe temer que muchos han elevado la cruz solo para colgar en el "árbol sagrado" sus propios honores, y han empleado todas las glorias de la redención, ¡simplemente para realzar su propio nombre!
El ministerio no está destinado a ser una plataforma donde el pequeño fabricante de "elocuencia de oropel" y "flores retóricas" exhiba ante una multitud boquiabierta sus vistosas mercancías. Cuando se lleva a esa altura, esta es la tragedia más terrible y profunda que jamás haya representado el hombre, pues termina en la muerte real y eterna del propio actor, quien, mientras aspira el viento del aplauso popular, ¡olvida que ese viento arrastra los vapores de la condenación!
"El Espíritu me llevó a la puerta norte del atrio interior del templo, donde había un ídolo que disgustaba al Señor y lo llenaba de furia." (Ezequiel 8:3)
¡Este imán celestial!
"Pero Dios demuestra su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros." Romanos 5:8
Engrandece el amor de Dios considerar la culpa, la pecaminosidad y la indignidad de sus objetos.
Como exhibición de un amor sin paralelo, la cruz enternece y cautiva el corazón. Pensad en la atracción de la cruz, cuando el amor que ella exhibe es visto y sentido por una mente bajo la influencia del Espíritu Santo.
¿Qué fue, lectores míos, lo que derritió vuestros duros y helados corazones hasta convertirlos en penitencia, gratitud y amor? ¿Qué fue lo que os apartó de vuestros pecados? ¿Qué fue lo que os trajo como cautivos voluntarios a los pies de Jesús? Fue el amor de Dios que os suplicaba desde la cumbre del Calvario, y que con los brazos abiertos os daba la bienvenida al corazón de la Deidad.
Todo lo demás se unía para repeleros. Los terrores de la justicia os petrificaron de horror, y la desesperación os ataba más que nunca a vuestros pecados, hasta que la misericordia divina apareció y os dijo que había esperanza para los culpables en este imán celestial: ¡la cruz de Cristo!
Reunidos en torno a la misma cuna de su infante
El padre piadoso reflexiona sobre el destino de ese ser que con arrobamiento llama su hijo. Penetra el disfraz que la "indefensión e inconsciencia de la infancia" parecen haber echado sobre ese niño, y descubre la grandeza y la dignidad de un ser inmortal. Ve en su rostro aquel rostro que ha de resplandecer como el sol en los cielos con la gloria de Dios, ¡o que ha de cubrirse con la infamia y el horror de la maldición divina! Oye una voz que ha de cantar eternamente las alabanzas de su Creador, ¡o que ha de proferir eternamente blasfemias contra su Juez!
En una palabra, contempla un ser nacido para la eternidad; uno que será siempre elevado de altura en altura de gloria en el cielo, ¡o que se hundirá de abismo en abismo de desesperación en el infierno!
Reflexiona que su hijo ha nacido con las semillas latentes de la corrupción pecaminosa en su naturaleza, que solo aguardan la avanzada "primavera de la vida" para vegetar, echar raíces, brotar bajo el calor fatal de la tentación y dar los frutos amargos de la rebeldía contra Dios.
Ve en imaginación al mundo, la carne y el diablo reunidos en torno a la misma cuna de su infante, fijando sus ojos asesinos sobre su alma inmortal y saliendo a preparar su ruina.
Comprende que su hijo posee un alma inmortal, ¡que está en peligro de perderse para siempre! Desear para él algo menor que la salvación del alma inmortal de su hijo es una crueldad de la peor especie.
Fuente y atribución
Autor original: John Angell James
Título original: As he snuffs the gale of popular applause!
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John Angell James, publicado originalmente en Grace Gems.