La vida de Cristo para cada día

El ladrón arrepentido que entró al paraíso con Jesús

Dos ladrones crucificados junto a Cristo: uno le injurió y el otro, arrepentido, alcanzó la promesa del paraíso. Es el único caso bíblico de conversión a la hora de morir.

No hubo hombres que murieran jamás en circunstancias tan singulares como estos dos ladrones. Fueron crucificados con Cristo. No sabemos si habían visto a Jesús antes de aquella mañana, cuando le acompañaron al Calvario y se vieron obligados a pasar muchas horas cerca de su lado. ¡Qué uso tan distinto hizo cada uno de aquella oportunidad preciosa aunque dolorosa! Uno aprovechó su posición para insultar al Salvador con su último aliento: «Si eres el Cristo, sálvate a ti mismo y a nosotros». Esto no fue una oración: fue un reproche. No creía que Jesús fuera el Cristo, ni que pudiera salvarse a sí mismo o a sus compañeros. Y ¿qué quería decir con «Sálvanos»? Sólo quería decir: «Líbranos de los tormentos de la cruz». No pensaba en la miseria eterna. Pero el otro ladrón no pidió ser librado del sufrimiento presente, sino ser admitido en la vida eterna. Oyó blasfemar a su compañero contra el Señor moribundo, y alzó la voz para reprenderle. No se oye que en aquel día se alzara ninguna voz para reprender a los blasfemos, salvo la de este penitente. Pero mientras reprendía a su compañero, no olvidó confesar sus propios pecados. Reconoció que habían sido tan grandes que ni aun la crucifixión era castigo demasiado severo: «Nosotros, a la verdad, justamente padecemos, porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos». Y luego rindió un noble testimonio de la inocencia de Jesús: «Este ningún mal hizo». ¿Cómo lo sabía? ¿No había contemplado su celestial mansedumbre y oído su divina oración: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen»? Además, el Espíritu Santo, que le había convencido de sus propios pecados, le había convencido también de la justicia de Jesús. Así su testimonio se sumó al de Judas, de Pilato y de la esposa de Pilato, y debió ser oído por los que estaban alrededor de la cruz. Algunos piensan que este ladrón, lo mismo que el otro, al ser clavado en la cruz, insultó al Salvador. Pero otros consideran que, aunque Mateo dice: «Los ladrones le echaban en rostro lo mismo», la expresión no prueba que más de uno obrara tan mal. Parece probable que si el ladrón penitente hubiera injuriado a Jesús, habría confesado ese pecado al reprender a su compañero por lo mismo. Pero de cualquier manera que se haya conducido en la cruz, estamos seguros de que había llevado una vida muy perversa. El suyo es el único caso que la Escritura registra de arrepentimiento a la hora de la muerte. Se ha observado con acierto que se registra un caso semejante para que nadie desespere, y sólo uno, para que nadie presuma.

Fue propio del Hijo de Dios cerrar su vida en la tierra con un acto de especial misericordia: la salvación de un pecador notorio. Fue propio de Aquel que una vez permitió a una marginada lavar sus pies con sus lágrimas, escuchar la oración del ladrón penitente: «Acuérdate de mí cuando vengas en tu reino». ¡Cuánta miseria debió padecer este malhechor al ser descubierto, condenado y arrastrado a la ejecución! Y, sin embargo, cuando toda esperanza parecía perdida, se abrió de pronto a su vista el prospecto de una dicha sin fin. Sintió más gozo pendiendo entre torturas en su cruz del que jamás había experimentado al compartir el alboroto salvaje con sus compañeros impíos. Sabía que en pocas horas estaría con Jesús en el paraíso. Su cuerpo, en verdad, fue arrojado a alguna fosa detestada en el lúgubre Gólgota, o devorado por aves y bestias; pero su espíritu se remontó a las mansiones de los bienaventurados y se mezcló con la innumerable compañía de santos y ángeles. ¡Qué tarde para seguir a tal mañana! En una temporada admirable entró el penitente en el cielo. Los sufrimientos del Señor acababan de terminar; la conquista de Satanás acababa de consumarse; la redención del hombre acababa de cumplirse, cuando él se incorporó a la hueste celestial. Acaso fue el primero que siguió a su Salvador a la gloria. Un tizón fue arrancado del fuego; una presa fue arrebatada de las fauces del infierno por el brazo todopoderoso de su Señor moribundo. En el cielo brilla como trofeo de la gracia divina; en la tierra su historia permanece como estímulo a toda criatura culpable para que invoque al Señor por misericordia. Aunque durante su vida no hizo bien alguno (salvo acaso con sus palabras postreras), desde su muerte ha sido medio para llevar gran gloria a su Señor. Miles, al encontrarle arriba, tendrán que contar que hicieron la oración que él hizo y se fiaron de la promesa que él recibió. Pero no esperemos a yacer en nuestras últimas agonías antes de clamar: «Acuérdate de mí»; llamemos ahora a este Salvador gracioso, para que pasemos nuestras vidas en su servicio antes de ver su rostro en el paraíso.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The two malefactors

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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