De las palabras de nuestro Señor aprendemos que hay un límite para nuestra enfermedad. En toda dolencia, el Señor dice a las olas del dolor: «¡Hasta aquí llegarás, pero no más allá!». Su propósito fijo no es la destrucción de su pueblo, sino la instrucción de su pueblo. La sabiduría divina cuelga el termómetro en la boca del horno y regula el calor.
1. El límite es alentadoramente amplio. El Dios de la providencia ha limitado el tiempo, el modo, la intensidad y los efectos de todas nuestras enfermedades. Cada latido doloroso está calculado, cada hora de insomnio está predestinada, y cada resultado santificador está decretado eternamente. Nada grande ni pequeño escapa a la mano ordenadora de aquel que tiene contados los cabellos de nuestra cabeza.
2. Este límite está sabiamente ajustado a nuestras fuerzas, al fin propuesto y a la gracia repartida. La aflicción no viene por casualidad; el peso de cada golpe de la vara está medido con precisión. Aquel que no cometió errores al equilibrar las nubes y medir los cielos, no comete errores al medir los ingredientes que componen la medicina de las almas. No podemos sufrir demasiado, ni ser aliviados demasiado tarde.
3. El límite está asignado con ternura. El bisturí del cirujano celestial nunca corta más de lo absolutamente necesario. «Él no aflige voluntariamente, ni entristece a los hijos de los hombres». El corazón de una madre clama: «¡Perdona a mi hijo!», pero ninguna madre es más compasiva que nuestro Dios bondadoso. Cuando consideramos cuán obstinados somos, ¡es una maravilla que no seamos castigados con mayor severidad! El pensamiento está lleno de consolación: aquel que ha fijado los límites de nuestra habitación, ha fijado también los límites de nuestra tribulación.
Fuente y atribución
Autor original: Charles Spurgeon
Título original: August 17 — Evening
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Charles Spurgeon, publicado originalmente en Grace Gems.