El evangelio de Marcos comienza con el título del libro: "El principio del evangelio." No fue un comienzo muy prometedor desde el punto de vista terrenal. Al contemplar hoy el evangelio, vemos un gran río cuyas corrientes atraviesan todas las tierras cristianas y llegan a muchas regiones del paganismo. Durante siglos los hombres buscaron en vano el origen del Nilo, hasta encontrarlo al fin en el corazón de África. Así también, si trazamos hacia atrás las corrientes del evangelio hasta su origen, ¿adónde nos conducirá nuestra búsqueda? Debemos volver al corazón de Dios si queremos hallar el verdadero principio. El evangelio comenzó en el amor de Dios. "De tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito." El evangelio fue, ante todo, un pensamiento en el corazón del Padre, un estremecimiento de la compasión divina. Luego se transformó en un propósito. Todos los grandes logros son primero pensamientos, luego propósitos, antes de convertirse en actos. El evangelio fue primero un sentimiento de amor y de piedad en el corazón divino. Esto ocurrió mucho antes, en la eternidad. Muy atrás en la historia de la creación, cuando solo existía el caos, se nos dice que el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas. Estas palabras indican que ya entonces Dios pensaba en sus hijos aún por venir, mientras planificaba y preparaba su bien. Su amor no tuvo comienzo.
Juan el Bautista fue un gran personaje. Había sido anunciado y su obra descrita por los antiguos profetas. Evidentemente, la vida de Juan fue "un plan de Dios." Se pensó en él y se trazó su misión mucho antes de que naciera. Vino como mensajero de Dios para preparar el camino al Mesías. Se le describe como "un hombre enviado de Dios." Todo hombre es un hombre enviado por Dios. Muchos olvidan que Dios tiene algo que ver con sus vidas, que pensó en ellos antes de que existieran, o que tuvo algún propósito al crearlos y enviarlos al mundo. Pero no llegamos a este mundo a la deriva, de manera accidental. Dios pensó en nosotros antes de nacer, luego nos formó y nos envió a hacer lo que él había planeado. Si tan solo comprendiéramos esta verdad, daría un sentido nuevo a nuestra vida y una gloria nueva a nuestra obra.
El plan de Dios para cada persona es noble y hermoso. Él nunca hizo a nadie para vivir una vida estropeada y manchada. Nunca envió a ningún hombre a este mundo para ser una maldición, para herir a otras vidas, para envenenar los manantiales de los que la gente bebe, o para esparcir ruina y devastación. Hizo a cada uno para un carácter hermoso y una vocación digna. Pero es posible que echemos a perder el plan de Dios para nuestras propias vidas. Solo podemos cumplir el propósito divino haciendo la voluntad de Dios cada día, a medida que se nos presenta.
Juan fue un hombre muy humilde. Rehuía la alabanza y la aprobación humanas. Cuando le preguntaron si él era el Mesías, respondió que solo era "la voz de uno que clama en el desierto." No le importaba que su nombre fuera ensalzado. Todo lo que deseaba era ser una voz que proclamara el mensaje divino. El mensaje era: "Preparad el camino del Señor. Enderezad sus sendas."
Hay un cuadro que muestra una mano sosteniendo una cruz. La persona no se ve; solo la mano. Es bueno ser una mano que sostiene la cruz. Es bueno ser una voz que proclama a Cristo. Todos haríamos bien en mantenernos fuera de la vista y lograr que la gente contemple a Cristo. Demasiados de nosotros queremos que la gente nos vea, y proyectamos tanto nuestra propia personalidad que ocultamos la visión de Cristo que deberíamos exaltar y honrar. Queremos que la gente nos vea, que oiga y admire lo que decimos, que nos ame y nos honre. Pero ¿qué podemos hacer por ellos? ¿Qué puede hacer la maestra por sus alumnos, en su pecaminosidad y necesidad? ¿Qué puede hacer el predicador por quienes están en arrepentimiento y dolor? Más vale que nos escondamos y logremos que la gente vea a Cristo. Nos basta con procurar ser solo una voz, que habla con claridad para hablar a los hombres de Cristo, mientras nosotros permanecemos sin ser vistos ni conocidos. Nos basta pronunciar nuestra palabra o cantar nuestra canción, y salir de la vista; mientras la palabra que hablamos y la canción que cantamos viven para bendecir al mundo.
La misión de Juan se describe en las palabras que "la voz" proclamó: "¡Preparad el camino del Señor!" Cristo quiere que se le abra un camino. Quiere un camino hacia los corazones de la gente, hacia nuestros propios corazones, primero que todo. ¿Está lista la cámara para el huésped? Él quiere caminar con nosotros; pero solo nos acompañará por sendas de santidad y justicia, por el camino de la obediencia. Nunca irá con nosotros por ningún sendero torcido. Si esperamos su compañía, debemos procurar que los caminos sean rectos. Enoc caminó con Dios, porque anduvo por el mismo camino por el que Dios andaba.
Luego, Cristo quiere que preparemos el camino para él hacia otros corazones y otras vidas. Si podemos abrir una puerta para que Cristo entre en la vida de la gente, les hemos llevado la mejor bendición del cielo.
Una gran palabra resumió la sustancia de la predicación del Bautista. Predicó el ARREPENTIMIENTO. Juan enseñó que los arrepentidos debían ser bautizados; pero dejó muy claro que su bautismo no limpiaba el corazón, y que quienes eran bautizados con agua debían ser bautizados también con el Espíritu Santo. El agua es un símbolo apropiado. Implica que hay manchas que necesitan ser limpiadas. Sin embargo, sabemos bien que el agua no puede quitar las manchas del pecado. La mancha que el pecado deja en la pequeña mano blanca no puede removerse con cantidad alguna de lavado. Toda el agua del océano no la haría blanca. Solo el Espíritu Santo tiene poder para quitar las manchas del pecado. Si de verdad aceptamos a Cristo como nuestro Salvador, él nos lavará en el agua de la regeneración. Debemos ser bautizados con agua; el Maestro instituyó esta ordenanza y sacramento, pero primero necesitamos el bautismo del Espíritu Santo.
El tributo de Juan a Jesús al anunciar su venida fue muy hermoso. Dijo que él mismo no era digno de desempeñar este, el más bajo de todos los ministerios, para el Mesías. Al leer estas palabras y pensar en el espíritu de humildad de Juan, no debemos olvidar que una noche, al final de su vida, Jesús mismo tomó agua en una vasija, y una toalla, y lavó y secó los pies de sus propios discípulos. Así él mismo se condescendió al lugar y a la tarea del más humilde de los siervos. Seguramente esto debiera reprender nuestro orgullo, cuando nos detenemos a preguntar si se nos exige o no realizar este o aquel servicio humilde por algún pequeño suyo.
Las palabras de Juan a los que venían para ser bautizados eran penetrantes. Nos gusta decir cosas agradables a la gente, a veces cosas halagadoras. Juan tenía poco tiempo para las flores o los cumplidos. Dijo francamente a la gente que estaban terriblemente equivocados, y que debían enmendarse si querían ser salvos. Hablamos a la gente sobre su noble ascendencia y sobre las ventajas de la herencia; Juan dijo a sus oyentes que su fino linaje no serviría de nada, a menos que sus propias vidas fueran rectas. El carácter personal era la prueba, dijo.
Fue una advertencia solemne la que dio con la imagen del hacha echada junto a la raíz del árbol. Un hacha significaba juicio. El oficio del hacha es cortar. La condena del pecado fue declarada con claridad. Pero el hacha no estaba activa. Estaba tendida en silencio junto al árbol. Había misericordia en la demora. El juicio esperaba, para que la gente tuviera tiempo de arrepentirse. Dios es paciente. No desea destruir. Desea que los hombres se arrepientan y sean salvos. Es tardo para la ira. Espera para ser bondadoso.
Resulta alentador ver cómo la gente parece haber sido afectada por la severa predicación de Juan. "¿Qué haremos, pues?" preguntaban. Parecían haber confesado su pecaminosidad y haber deseado apartarse de sus malos caminos. Esta debiera ser siempre la actitud de quienes oyen voces de advertencia y llamados al arrepentimiento. La respuesta de Juan a las preguntas de los penitentes fue clara y sencilla. El que tenía dos túnicas debía dar una al que estaba a su lado y no tenía ninguna. Esta es la gran lección de amor que Jesús enseñó con tanta frecuencia. Los publicanos, proverbialmente injustos, que extorsionaban a la gente cobrando como impuestos más de lo que debían recoger, fueron conmovidos por las severas palabras del predicador y preguntaron qué debían hacer. "Comiencen a ser justos," respondió. "No exijan más de lo que les está fijado."
Estas palabras de Juan graban la verdad de que Dios no pide nada irrazonable. "Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte para andar con tu Dios" (Miqueas 6:8).
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Ministry of John the Baptist
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.