Hay gran necesidad de la lección de reverencia. Los hombres no parecen tener conciencia de Dios. Aun en los lugares más santos de la tierra, parece haber en la mayoría de nosotros falta de conciencia de la presencia y la majestad de Dios. Casi nadie se quita las sandalias ante la zarza ardiente. «Hoy día nadie teme a Dios», se decía un distinguido clérigo inglés a otro, con profundo dolor en el corazón. Todos necesitamos aprender de nuevo la lección de reverencia. Esta es una de las enseñanzas de esta oración: «Santificado sea tu nombre».
¿Qué hemos de entender por el nombre de Dios? Entre los antiguos judíos había un nombre divino que tenía una singular sacralidad. Era tan santo que nunca lo pronunciaban en público. Cuando llegaban a él en la lectura, lo pasaban en silencio reverente, sin atreverse a tomarlo sobre sus labios. Los mahometanos también tienen gran reverencia por el nombre divino. No pisarán un trozo de papel, ni aun el más pequeño fragmento rasgado que vean en el suelo, sino que lo recogerán reverentemente, diciendo: «Puede que contenga el nombre de Dios». En esto puede haber poco más que superstición en el honor externo mostrado al nombre divino. Muchas veces hombres con corazón perverso tratarán el nombre escrito o hablado de Dios con aparente reverencia, inclinándose ante cada mención, mientras que en su propia vida no tienen verdadero respeto por Dios. Es muy evidente que en esta petición por la santificación del nombre de Dios se significa algo más. Debemos honrarlo en nuestro corazón y en nuestra vida.
En la Biblia, un nombre representa todo el carácter de la persona. Muchos nombres bíblicos tienen significados en los que están consagradas las cualidades que pertenecían al hombre. Aun entre nosotros, un nombre llega a representar todo lo que hay en la vida y el carácter de la persona. Un niño nace sin nombre, y cuando se le da uno, todavía no significa nada, pues el niño no tiene biografía, ni carácter, ni personalidad, no ha hecho nada para individualizarse. Pero a medida que pasan los días y los años, y el niño crece hasta la edad adulta, todo lo que hace y todo lo que es se va reuniendo en su nombre, hasta que al fin el nombre tiene un significado dondequiera que el hombre es conocido. El nombre de la persona se vuelve, por así decirlo, una fotografía compuesta formada por todas las fases y aspectos de su vida. El nombre de cualquier hombre, cuando se pronuncia en los oídos de sus amigos, les transmite una concepción de su personalidad, su carácter, su disposición, toda su historia; todo lo que él es está consagrado en su nombre. Hay ciertos nombres en toda comunidad que, por razón de la vida noble que viven esas personas, o de las cosas grandes o buenas que han hecho, significan muchísimo: representan honor, patriotismo, heroísmo, filantropía, beneficencia, religión.
Así, el nombre de Dios incluye todo lo que Dios es y todo lo que ha hecho; es decir, todas las revelaciones que se nos han dado de él. Cuando pronunciamos su nombre, surge ante nuestra mente una visión que recoge en sí todo lo que sabemos de Dios: todos nuestros pensamientos sobre él, nuestras impresiones de él, nuestras experiencias de su bondad, su misericordia, su ayuda. Cuando mencionamos el nombre de Jesucristo, se nos sugiere toda la historia de su vida: su condescendencia, su hermoso carácter, su dulzura, sus obras de poder, su enseñanza; sobre todo, su muerte expiatoria, y luego su resurrección y ascensión. Así, el nombre de Dios representa a Dios mismo: todo lo que Dios es. En esta petición oramos, pues, no meramente por el honor formal de un nombre, sino por el honrar a Dios mismo en las revelaciones de él que se han hecho en el mundo.
Por supuesto, no podemos añadir un ápice a la gloria esencial del nombre de Dios. Nada que pudiéramos hacer haría su carácter más glorioso. No podemos añadir al brillo del sol encendiendo velas y lámparas en la tierra; ni podemos, con nada que digamos o hagamos, hacer a Dios más glorioso de lo que es en su carácter esencial.
¿Qué se quiere decir, entonces, con la santificación del nombre de Dios? ¿En qué sentido podemos honrar a Dios? ¿Qué implica esta petición? Es una oración para que Dios mismo santifique su nombre; también, para que haga aparecer su gloria verdadera ante los hombres, y para que nos capacite para santificarlo en nuestra vida. Hay varias maneras en que podemos hacerlo.
Podemos añadir al honor en que tenemos el nombre de Dios en nuestro propio corazón. Algunas personas viven año tras año y dedican poco pensamiento serio al carácter divino, sin estudiar las Escrituras para descubrir su gloria y su hermosura. Cuanto más sepamos de Dios, más reverenciaremos y honraremos su nombre. Cada nueva revelación de él nos muestra algo más que es admirable en él.
Todo lo que hay en este mundo tiene, para una mente devota, alguna sugerencia de Dios. Cada flor que se abre, cada nube que cruza el cielo, cada estrella que brilla, cada rostro humano, sugiere algo acerca de Dios, el Creador; revela algún rasgo de su poder, su sabiduría, su bondad. En la Biblia no hay un capítulo, apenas un versículo, en el que el hijo de Dios no pueda hallar algo que le hable de su Padre. En toda vida y carácter verdaderamente cristianos hay también revelaciones de Dios, cualidades en las que se refleja algo de él. A medida que así aprendemos de Dios, el honor en que lo tenemos en nuestro corazón se vuelve cada vez mayor. Cada nueva mirada a él lo hace aparecer más grande y más glorioso a nuestro pensamiento y a nuestro amor.
Esta es una oración para que Dios se dé a conocer a nosotros de nuevas maneras. «Muéstrame tu gloria» fue la oración de Moisés, mientras suplicaba alguna manifestación visible. Nuestra oración aquí, sin embargo, no es por una teofanía, sino por un conocimiento más profundo de Dios como nuestro Padre, por nuevas experiencias de su amor, su bondad, su misericordia, su fidelidad; por nuevas revelaciones de su carácter. «Los que conocen tu nombre confiarán en ti», fue el testimonio de un devoto salmista. El clamor más profundo de nuestro corazón debe ser conocer mejor a Dios, pues entonces lo amaremos más y lo serviremos con mayor entrega.
Pedimos también en esta oración que el nombre de Dios llegue a ser mejor conocido entre los hombres. Por más querido que Dios nos sea a nosotros, sus hijos, y por mucho que lo honremos en nuestro propio corazón, él no es reverenciado como se debe en el mundo que nos rodea. Los hombres no lo conocen y no lo honran como debería ser honrado. Decimos de un hombre bueno que solo necesita ser conocido para ser amado. Si podemos lograr que los hombres conozcan a Dios, lo amarán. Debemos orar, pues, para que su nombre llegue a ser mejor conocido, para que así sean llevados a confiar en él los que ahora no le rinden reverencia. ¡Qué alegría daría a miles de cansados sufridores en este mundo de hoy, si conocieran a Dios!
Esta es una de esas oraciones que no se termina cuando hemos susurrado sus palabras, por sincera y fervientemente que sea, al oído de nuestro Padre. Cuando pedimos a Dios que haga su nombre conocido entre los hombres, él nos dice: «He puesto mi nombre en tus manos, para que tú lo des a conocer. Te he dado un conocimiento de mí; ve y habla a la gente por doquier de mi amor, mi misericordia, mi santidad, mi gracia. Yo he ido a la cruz para revelar allí el corazón divino; tú debes mostrar ahora en tu vida el significado de la cruz, interpretándolo no solo en palabras, sino en vida, en servicio, en hechos de abnegación y sacrificio». Es asunto nuestro dar a conocer a los hombres quién es Dios.
Pedimos en esta petición que se nos capacite para hacer nuestra parte en extender el conocimiento de Dios en el mundo. Hay muchas maneras en que podemos hacerlo. Podemos esparcir la Palabra impresa de Dios, y sus páginas serán como las hojas del árbol de la vida para la sanidad de las naciones. Podemos hablar a los hombres por doquier de lo que Dios es y de lo que ha hecho; especialmente de lo que él es para nosotros y de lo que ha hecho por nosotros.
Otra manera en que podemos santificar el nombre de Dios entre los hombres es en nuestra propia vida. Si un hijo se porta bien y vive dignamente, honra a sus padres ante el mundo. Si vive indignamente, trae sobre ellos reproche, vergüenza y dolor. Nosotros, como hijos de Dios, con nuestra vida traemos honor o deshonor sobre el nombre de nuestro Padre.
Alguien ha dicho: «Los cristianos son la Biblia del mundo». El mundo no lee el libro escrito, pero sí lee la vida de quienes profesan ser hijos de Dios. Si nuestra vida ha de ser la interpretación de la Palabra de Dios para el mundo, no debemos escribir en ella nada que de manera alguna represente mal o interprete mal a Dios. Si vivimos con descuido, deshonestamente, diciendo mentiras, actuando con engaño, haciendo cosas poco amables, deshonramos a Dios. Es importante que todos los que representan a Dios en este mundo vivan todos sus días comunes de tal modo que cuantos los vean aprendan algo más de la gracia de Dios y de la hermosura de la santidad.
Dondequiera que vayamos, nuestra misma vida debería declarar a Dios. No debería ser necesario decir a la gente que somos cristianos; debería haber algo en el propio temple, espíritu y ambiente de nuestra vida que dijera a todos que pertenecemos a Cristo y hemos estado con él.
Se refiere de un gran artista que cierta vez vagaba por las montañas de Suiza, cuando unos funcionarios lo detuvieron y le exigieron el pasaporte. «No lo llevo conmigo», respondió, «pero mi nombre es Doré». «Demuéstrelo, si lo es», respondieron los oficiales, sabiendo que Doré era un artista famoso, pero sin creer que fuera él. Tomando un trozo de papel, el artista bocetó apresuradamente un grupo de campesinos que estaban cerca, y lo hizo con tal gracia y habilidad que los oficiales exclamaron: «¡Basta! usted es Doré».
El mundo se interesa poco por una mera profesión. Decimos que somos cristianos, y el reto es: «¡Demuéstralo!». Si somos de Cristo, debemos poder hacer las obras de Cristo, vivir la vida de Cristo, mostrar el espíritu de Cristo. El hábil dibujo del artista probó su identidad. Nosotros debemos probar que somos seguidores de nuestro Maestro por el amor, la gracia, la hermosura y la santidad de nuestra vida.
La verdadera religión no es solo cuestión de credo y profesión, ni de asistencia a la iglesia y culto público; es mucho más cuestión de vida diaria. No se trata de cómo nos comportamos los domingos, ni del credo que sostenemos, ni de la devoción de nuestro culto; se trata de cómo actuamos en casa, en la escuela, en los negocios, en sociedad, en nuestras relaciones con los hombres. Es de vital importancia que todos los que profesan pertenecer a Cristo manifiesten la hermosura de Cristo en vida y carácter. No basta con testificar de Cristo con nuestras palabras; hemos de ser testigos de Cristo y para él en nosotros mismos. No basta con predicar el evangelio en sermón o exhortación; el evangelio que verdaderamente honra a Cristo es el evangelio que los hombres leen en nuestra vida diaria.
¡Vivamos de tal modo que en toda nuestra vida demos, en verdad, no solo con nuestra voz, sino con nuestra vida, honor y alabanza a aquel cuyo nombre debe ser santificado sobre todos los demás nombres!
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Hallowed Name
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.