La Escritura nos enseña que la muerte es el castigo de la caída de Adán. «El día que comas del fruto prohibido, ciertamente morirás», dijo Dios al primer hombre al colocarlo en el paraíso. Ese hombre desobedeció: probó el fruto, deterioró su naturaleza, murió; es decir, en aquel momento se hizo mortal.
Por la desobediencia de un solo hombre el pecado entró en el mundo, y por el pecado la muerte. Ahora bien, la universalidad de la muerte es una consecuencia clara y necesaria, derivada de la caída de Adán. Pues ya que todos somos hijos de Adán, todos heredamos de aquel primer padre los elementos de depravación y, por tanto, las semillas de la muerte. Todos, tanto el bebé inconsciente como el adulto descarriado, pueden estrictamente decirse que han pecado, porque todos derivan de su progenitor los rudimentos del pecado.
De ahí, pues, la muerte de todos: porque «la muerte es el salario del pecado»; «y así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron». Así, en Adán, todos mueren: pues no solo todas las generaciones y todas las miríadas de la raza humana existieron en los lomos y siguieron la estructura física de Adán, sino que todos participan, por nacimiento, de su naturaleza degradada, de su naturaleza pecaminosa y, en consecuencia, de su naturaleza mortal.
Fuente y atribución
Autor original: Johnson Grant
Título original: 1. We are first to consider the ORIGIN and NATURE of Death.
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Johnson Grant, publicado originalmente en Grace Gems.