Si quisiéramos ver, sentir y comprender la suma maldad del pecado, no es mirando los relámpagos y oyendo los truenos de la cumbre ardiente del Sinaí, sino contemplando la agonía y el sudor de sangre, y escuchando los gemidos y clamores del Hijo sufriente de Dios, hecho pecado por nosotros, en el huerto y sobre la cruz. Mirar a aquel traspasado llenará el corazón y los ojos de piadoso dolor por el pecado y de santo lamento por un Señor herido. Ver por la fe al amado Hijo de Dios atado, azotado, golpeado, escupido, escarnecido y, como clímax de cruel desprecio e infernal crueldad, crucificado entre dos ladrones, derrite el corazón más duro en contrición.
Pero cuando vemos por la fe que esta fue la menor parte de sus sufrimientos, que hubo profundidades de angustia del alma y de intolerable congojo y agonía de la mano de Dios como fuego consumidor, de justicia inflexible y justa indignación contra el pecado dondequiera y en quienquiera se halle, y que nuestro bendito Señor tuvo que soportar la ira de Dios hasta ser derramado como agua y su corazón tierno en las llamas de la indignación volverse como cera derretida dentro de él, entonces podemos concebir en algo lo que emprendió al hacerse ofrenda por el pecado.
Pues como todos los pecados de su pueblo fueron puestos sobre él, la ira de Dios debida a ellos cayó sobre él. La separación de Dios, bajo el sentido de su terrible desagrado a causa del pecado, esa cosa abominable que su santa alma aborrece, ¿no es esto el infierno? Este, entonces, fue el infierno experimentado por el Redentor sufriente cuando el Señor cargó en él la iniquidad de todos nosotros.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: July 21
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.