La indulgencia de los padres, procedente de una idolatría de sus hijos, es una de las causas más comunes del fracaso. Esta fue la ruina de los hijos de Elí y de David, y es una causa que obra constantemente en una gran variedad de formas; tales como la indulgencia en el apetito, en el vestido, en los placeres, en ceder a peticiones claramente improcedentes, y en procurar más bien satisfacer sus deseos presentes que asegurar su bien futuro, espiritual y supremo.
Las inconsistencias de los padres cristianos en su conducta y conversación tienen una influencia muy perniciosa sobre sus hijos. El espíritu del mundo, la lujuria de la carne, la lujuria de los ojos y la soberbia de la vida, manifestados por un padre, son ávida y muy naturalmente asimilados por los hijos. Son criaturas de imitación en todo, pero tienen una aptitud natural para imitar cuanto está mal. Los malos genios, la altivez, la terquedad de los padres son muy pronto copiados por el niño. Su admiración de las riquezas, o del rango, o del talento, engendra naturalmente en sus hijos similares vistas y sentimientos desordenados. Así, nuestros pecados nos castigan en nuestra descendencia.
Las amistades improcedentes que se permite a los hijos formar con otros, ya sea de edad similar o mayor, pero especialmente de estos últimos, a menudo arruinan los mejores planes de educación. Los niños son tan pronto cautivados por las engañosas y falsas apariencias de sabiduría superior, y por las vanas promesas de libertad y placer, que una sola noche pasada entre las fascinaciones de la sociedad mundana puede desasosgar y dañar permanentemente sus jóvenes e inexpertas mentes.
En medio de las quejas comunes de falta de éxito en la crianza de los hijos, quejas que con frecuencia se oyen de labios de padres cristianos, es grato contemplar aquellos casos que a veces se presentan, como en las familias del señor Richmond, donde se han obtenido resultados más satisfactorios.
La pregunta es sumamente interesante y de la mayor importancia: ¿de dónde proviene esta diferencia?
Un recurso habitual de consuelo, y casi de justificación, en los casos de triste descripción, es la doctrina de la soberanía de Dios.
A menudo, sin embargo, esta grande y solemne doctrina se introduce como excusa del descuido parental, cuando sería igualmente razonable aducirla como excusa para exponer al niño a una pestilencia, o para dejarlo, en la enfermedad, sin auxilio médico.
Los casos aludidos arriba, y otros bastante numerosos para formar una regla y no una excepción, muestran que cuando se emplean ciertos medios, los correspondientes resultados pueden esperarse, y que el fracaso de las esperanzas del padre puede generalmente rastrearse a su propia deficiencia en la conducta.
Fuente y atribución
Autor original: Edward Bickersteth
Título original: Christian Parenting — parte 2
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Edward Bickersteth, publicado originalmente en Grace Gems.