«Yo, yo soy, que borro tus rebeliones por amor de mí mismo, y no me acordaré de tus pecados.» Con estas palabras el grande, el santo y el justo Dios se inclina hacia el rebelde para acogerlo. Si hay un terreno en el que los pensamientos de Dios no se parecen a los nuestros, es precisamente este: perdonar al culpable, recibir al indigno, olvidar la ofensa. Cuánto nosotros, en cambio, recordamos las faltas ajenas. Cuántas veces decimos: «Perdono, pero no puedo olvidar.» Dios hace ambas cosas. Para Él el perdón no es una carga, sino un deleite, porque «el Señor se complace por causa de su justicia».
¿Cómo puede el Dios de ojos tan limpios que no pueden ver el mal cancelar el acta que nos acusa? Lo hace por la obra expiatoria de Jesús. Él derramó su sangre preciosa para tener derecho a decir: «Tus pecados, que son muchos, te son perdonados.» Pecados carmesí, pecados escarlatas, pecados contra la gracia, el amor y los privilegios: todos son lanzados al fondo del mar, de donde jamás volverán a la orilla. El motivo de un perdón tan admirable no es nada bueno que Él vea en nosotros, ni el arrepentimiento más sincero, ni las obras más espléndidas: es su gracia libre y soberana, «por amor de mí mismo».
Aceptemos, pues, la generosa oferta del perdón y descansemos gozosos en la misericordia que nos acoge. Cristo ha tomado nuestra deuda sobre sí. Dios no solo está dispuesto a borrar un pasado culpable, sino que nos asegura que la deuda ya está saldada. Por eso nos llama con ternura: «Yo deshice como una nube tus rebeliones, y como una nube tus pecados; vuélvete a mí, porque yo te redimí.» Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: A GRACIOUS PARDON
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.