El pecado de nuestras almas fue la turbación del alma de Cristo, cuando emprendió redimirnos y salvarnos, y hacer de su alma una ofrenda por nuestro pecado. Cristo estaba dispuesto a sufrir, pero oró para ser librado del sufrimiento. La oración contra la tribulación puede muy bien concordar con la paciencia bajo ella y con la sumisión a la voluntad de Dios en ella. Nuestro Señor Jesús emprendió satisfacer el honor herido de Dios, y lo hizo humillándose a sí mismo. La voz del Padre desde el cielo, que lo había declarado su Hijo amado en su bautismo y cuando fue transfigurado, se escuchó proclamando que había glorificado su nombre, y que lo glorificaría. Cristo, al reconciliar el mundo con Dios por el mérito de su muerte, quebró el poder de la muerte y arrojó a Satanás como destructor. Cristo, al acercar el mundo a Dios por la doctrina de su cruz, quebró el poder del pecado y arrojó a Satanás como engañador. El alma que estaba distante de Cristo, es llevada a amarlo y a confiar en él. Jesús iba entonces al cielo, y atraería los corazones de los hombres hacia él allí. Hay poder en la muerte de Cristo para atraer almas a él. Hemos oído del evangelio aquello que ensalza la gracia libre, y también hemos oído aquello que ordena el deber; debemos abrazar ambos de todo corazón, y no separarlos.
Su discurso con el pueblo
Fuente y atribución
Autor original: Religious Tract Society
Título original: Devotional and Practical Commentary — John 12:27-33
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Religious Tract Society, publicado originalmente en Grace Gems.