¿Para quién se ha preparado este reino? ¿Para los presuntuosos, los soberbios, los hipócritas y los justos en sí mismos? No; no para estos. «Yo os asigno un reino», a vosotros «que habéis permanecido conmigo en mis tentaciones»; a vosotros los que sois tentados y ejercitados; a vosotros los que camináis por sendas de tribulación; a vosotros los que seguís las huellas de un Jesús sufriente; a vosotros los que conocéis los dolorosos ejercicios de la tentación y, sin embargo, sois fortalecidos con poder en el hombre interior para «resistir hasta la sangre, combatiendo contra el pecado», de modo que no seáis arrastrados ni abrumados por él. ¿Qué reino es este? Es el mismo reino que el Padre ha dado a Jesús. «Yo os asigno un reino, como mi Padre me lo asignó a mí».
Ahora bien, ¿cuál es el reino que Dios el Padre asignó a su amado Hijo? ¿Acaso sentarse en un trono como un monarca terrenal? ¿Llevar una diadema y empuñar un cetro? «Mi reino», dijo Jesús, «no es de este mundo». El reino del Señor de la vida y de la gloria consistía en poner fin al pecado, abolir la muerte y «destruir al que tenía el imperio de la muerte, esto es, al diablo»; en reinar espiritualmente en el corazón de sus escogidos; en ser Rey y Señor en Sión y regir las voluntarias afeciones de sus súbditos; un reino de justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo; un reino de gracia establecido por el bendito Espíritu en el corazón; un reino espiritual que nadie puede ver ni entrar sino los que nacen del Espíritu.
Su reino es un reino espiritual, y consiste en tener un pueblo que le vea tal cual él es, un pueblo que le glorifique, un pueblo que le ame y un pueblo a quien él amar. Un reino no puede ser lo mismo para el soberano y para el súbdito cuando es de carácter terrenal y temporal. Si el monarca terrenal impartiera su reino a sus súbditos, dejaría de ser un reino y se convertiría en una república. Pero no así con un reino espiritual. Jesús no disminuye su propia gracia al impartirla a su pueblo, ni mengua su propio gozo al derramarlo en sus corazones, ni empaña su propia gloria al comunicarles de ella. El sol no ha perdido luz ni calor por los incontables millones de rayos que han brotado de él desde que fue creado. Tampoco el glorioso Sol de justicia pierde la plenitud que hay en él al comunicar de su gracia y de su gloria. En él habita toda la plenitud de la Deidad corporalmente, no agotada e inagotable. Así, este reino que él asigna a sus discípulos probados y tentados es el reino de la gracia en el corazón; el reino de Dios en el alma; la presencia de Jesús dentro; la manifestación de aquel reino del cual se habla en Daniel 2:44, establecido sobre las ruinas de todos los demás reinos, después de haberlos quebrado en pieces.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: May 13
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.