La piedad genuina

El remedio de Dios para la humanidad caída

La Escritura revela lo que la razón jamás descubrió por sí sola: la Trinidad adorable, la naturaleza del hombre creado a imagen de Dios, su caída y el remedio perfecto que Dios provee en Cristo Jesús.

Todo lo referente a la naturaleza divina, el carácter y el dominio, revelado en la Escritura, supera con mucho lo que la razón natural jamás descubrió. La razón nos dice que Dios es el Hacedor de todas las cosas; pero nunca descubrió que él creó todas las cosas de la nada, y las ordenó y estableció meramente por su palabra soberana. La razón puede decirnos que Dios es sabio y poderoso; pero no supo, hasta ser enseñada por la revelación, que posee estas y todas las propiedades de la Deidad con independencia de todo ser, en grado infinito, a través de edades eternas. La razón supone que hay una providencia general que gobierna a las naciones; pero nunca sugirió que esta providencia de nuestro Dios se extiende a los asuntos de cada hombre, a sus propósitos más secretos y a las misericordias aparentemente más accidentales.

Pero la información insuficiente que la razón sin auxilio imparte acerca de Dios se manifiesta de manera peculiar mediante los descubrimientos que la Escritura nos da de la adorable Trinidad. Allí aprendemos que el Señor nuestro Dios es un solo Señor; que en esta unidad de la Divinidad hay tres personas; que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo poseen la misma naturaleza, atributos y esencia; que, por tanto, en perfecta consistencia con la razón y con la Escritura, podemos afirmar que el glorioso objeto de nuestra adoración es el único JEHOVÁ viviente y verdadero. Estas son verdades que, si bien desconciertan a la sabiduría humana para comprenderlas, están esencialmente conectadas con cada parte del gran plan de nuestra redención; y están bien dispuestas para acallar toda arrogancia humana, elevar nuestras ideas de la naturaleza divina y hacernos decir, con las huestes adoradoras de lo alto: «¡Quién puede descubrir al Omnipotente hasta la perfección!».

2. La naturaleza del HOMBRE. Así como las Escrituras nos han favorecido con información satisfactoria acerca del más sublime e importante de todos los temas, la naturaleza y el carácter de Dios, así también satisfacen de igual manera nuestras indagaciones acerca de un tema íntimamente conectado con el anterior y de gran interés para todos: ¿Qué es el hombre? ¿Con qué propósito recibió el ser? ¿Y qué perspectivas respecto al futuro se le permite albergar?

Que el hombre, en muchos respectos, se asemeja a los animales que perecen es indudable. Como ellos, come, duerme, enferma y muere. El hombre vive pocos días, y estos inciertos y llenos de aflicción. Pero que el hombre es también más excelente que la creación animal resulta abundantemente evidente por las capacidades mucho más nobles que posee: una capacidad de adorar y rendir culto al Ser Supremo, de contemplar las cosas espirituales y no vistas, de sostener conversación racional con sus semejantes, y de desempeñar en la vida el papel que su entendimiento y reflexión, unidos, le dicten.

Estos diversos poderes, que marcan la superior dignidad del hombre sobre los animales del campo, derivan del Padre de nuestros espíritus, y dependen enteramente, para su preservación, de su soberana voluntad. Quedaba, pues, en él revelar si ha hecho al hombre inmortal o no. Ningún razonamiento filosófico podría haber determinado plenamente esta cuestión; pero la página sagrada ha puesto este asunto fuera de toda duda, y testifica claramente que, así como el hombre posee un espíritu viviente totalmente distinto de su cuerpo material, así también Dios se ha complacido en imprimir la inmortalidad en el alma racional, y ha dicho del hombre que existirá para siempre.

Más aún, la Escritura nos informa que Dios creó al hombre a su propia imagen; lo adornó con todas las hermosuras del conocimiento perfecto, la justicia y la santidad; lo invistió con la dignidad de ser Señor de esta creación inferior, y le hizo completamente bienaventurado mediante el conocimiento y el gozo, la contemplación y la imitación de su Dios.

Pero ¡ay!, este estado original de inocencia, dignidad y felicidad fue de corta duración. La humanidad pronto violó las leyes justísimas de su Hacedor todopoderoso y se apartó del Dios vivo. Con toda justicia, pues, fue castigada como rebelde contra su gobierno; desterrada del paraíso, y condenada al dolor, a la muerte y a la miseria eterna.

Tal es el estado presente del hombre: un estado de apostasía de la santidad y de Dios; un estado de ignorancia y aflicción, de degeneración y culpa, de incertidumbre y temores. Así lo sentimos, y así lo describen las Escrituras. Ellas revelan también el melancólico resultado: que en Adán todos cayeron; que por la desobediencia de este hombre, toda la humanidad fue hecha pecadora; y que la condenación ha pasado sobre todos, porque todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios.

Ya no permanece recto ni incorrupto el corazón del hombre; ni el supremo respeto a la voluntad de Dios es ahora natural a los hombres; pues la mente carnal es enemistad contra él, y se niega a someterse a su ley; su corazón es engañoso y perverso; han abandonado la fuente de aguas vivas, y siguen vanas imaginaciones, y se ha vuelto cada uno a sus propios caminos.

El carácter, las ocupaciones y la conducta de cada hombre, desde los días de Adán hasta la hora presente; la experiencia de cada nación, ya sea bárbara o civilizada; las evidencias diarias de depravación voluntaria, en oposición a todas las influencias de la educación, las amenazas y los premios. La prevalencia universal de la ingratitud, la desconfianza y la desobediencia hacia Dios unen su testimonio con el de la Escritura: que todos son por naturaleza hijos de ira, y que es por las misericordias del Señor que no somos consumidos.

3. El REMEDIO de Dios para el pecado del hombre. Así como la Palabra de Dios manifiesta el origen, la naturaleza y las evidencias de la depravación humana, así también revela con gracia el remedio que el mismo Dios ha provisto. Es, por tanto, propio recordaros, en el siguiente lugar, que otra doctrina distintiva de la revelación es la Redención de los hombres por medio del Señor Jesucristo.

La Escritura nos informa que desde el principio el omnisciente Jehová previó la apostasía de la humanidad; y, con la más tierna compasión, contempló a los hombres envueltos en circunstancias de miseria de las cuales ningún poder humano podía rescatarlos: que, en la más rica misericordia, depositó su ayuda en uno capaz de librarlos, y entregó a su Unigénito a los sufrimientos y a la muerte. El Hijo de Dios se comprometió de buen grado a salvar a los hombres de la ruina, muriendo como su fiador; y lo que libremente emprendió, lo cumplió plenamente; pues cuando llegó la plenitud del tiempo, fue manifestado en la carne, fue contado con los transgresores y murió por los injustos; para redimir a los perdidos, expiar la culpa y llevar muchos hijos e hijas a la gloria.

Para ayudarnos a concebir el amor de este Redentor, la Escritura nos asegura que la culpa del pecado no podía ser expiada ni los hombres redimidos sin un sacrificio de valor infinito; y que aquel que se humilló hasta la muerte de la cruz por nosotros no era otro que el Señor de la gloria, Emmanuel, Dios con nosotros, en quien habita toda la plenitud de la Deidad. Este es el que inclinó su cabeza en el Calvario y dijo: «¡Consumado es!». El Mesías murió, aunque no por sí mismo, sino para poner fin a los sacrificios por el pecado, para reconciliar a los transgresores y para traer una justicia eterna. ¿Hemos de extrañarnos, entonces, de que los escritores inspirados hablen con lenguaje de arrobamiento sobre este tema glorioso; y que parezcan esforzarse por encontrar expresiones al intentar exaltar el amor del Padre eterno, al dar a su Unigénito a la muerte por los pecadores; y el amor del Redentor adorado, al derramar su preciosa sangre para la remisión de los pecados de muchos?

Nos informan además que el mismo amor sin parangón que llevó al Hijo de Dios a sufrir y a morir permanece hasta hoy tan ardiente como siempre, y permanecerá inalterado e indismuido a través de edades eternas. Habiendo, con su propia sangre, expiado los pecados de su pueblo, resucitó triunfante del sepulcro para su justificación, ascendió a las moradas celestiales como su representante y se sentó a la diestra del Padre; allí sostiene el entrañable carácter de compasivo Sumo Sacerdote y justo Abogado de su pueblo. Intercede con éxito en su favor; hace aceptables sus servicios por el mérito de su propia mediación; les da gracia para ayuda en todo tiempo de necesidad. Escoge la heredad de su posesión; hace que la bondad y la misericordia los sigan por toda la vida; y al final los lleva a su reino celestial, para estar para siempre con el Señor. Estas son partes del grandísimo amor con que ama a sus redimidos. ¡Pero la altura y la profundidad, la anchura y la longitud del amor redentor sobrepasan todos los poderes de descripción y todas las concepciones de hombres o ángeles!

Bajo este artículo, el amor de Cristo, se incluyen todos los asombrosos descubrimientos que nos hace la Escritura de lo que el Redentor ha hecho, está obrando ahora, y hará aún por la felicidad de su pueblo. Su compasivo emprender por su redención; su constante y condescendiente cuidado de su iglesia en los períodos del Antiguo Testamento; el número y la inefable variedad de sus sufrimientos, cuando se dignó habitar con el hombre en la tierra; el valor inestimable de las bendiciones que su muerte meritoria adquirió; las manifestaciones de su gracia a todos sus escogidos, en su conversión, establecimiento y consuelo. Su comunicación a su pueblo de todas las bendiciones espirituales, como su glorioso Señor y Cabeza; y su preparación para todos sus redimidos de un estado de gloria inefable, ininterrumpida y eterna. ¡Pero ningún lenguaje ni concepción es adecuada a este, el más noble de los temas: el amor de Cristo hacia los hombres caídos!

Fuente y atribución

Autor original: Archibald Bonar

Título original: Genuine Piety — parte 2

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Archibald Bonar, publicado originalmente en Grace Gems.

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