No hay vida en la que no lleguen muchas cosas dispuestas a causar ansiedad y distracción del ánimo. Hay grandes aflicciones; hay perplejidades respecto al deber; hay decepciones y pérdidas; hay molestias y obstáculos; hay roces e irritaciones en la vida ordinaria; y hay innumerables pequeñas preocupaciones y fastidios. Todas estas tienden a quebrar la paz del corazón y a perturbar su sosiego; sin embargo, no hay lección que se inculque de manera más continua ni más ferviente en las Escrituras que la de que un cristiano nunca debe preocuparse ni dejar que la ansiedad oprima su corazón. Debe vivir sin distracción y con la paz sin romper aun en medio de las experiencias más difíciles. Si, pues, no hemos de inquietarnos nunca, nunca hemos de tomar pensamientos perturbadores, ¿qué hemos de hacer con los mil cosas dispuestas a perplejarnos y producir ansiedad? Si no hemos de pensar en estos asuntos, ¿quién lo hará por nosotros? ¿Quién ha de pensar por nosotros? ¿Quién ha de desenredar los nudos para nuestros dedos torpes? Cuando las preocupaciones y ansiedades llegan a nuestros corazones, ¿qué hemos de hacer con ellas?
Alguien podrá decir que es imposible evitar preocuparse. Las experiencias perturbadoras llegarán a nuestras vidas y no podemos excluirlas. Es cierto que llegarán, pero no es cierto que debamos admitirlas y entregarnos a su poder. Era un dicho de Lutero que no podemos impedir que las aves vuelen alrededor de nuestra cabeza, pero podemos impedir que hagan nidos en nuestro cabello. De igual manera, es imposible mantener las preocupaciones lejos cuando acuden en grandes bandadas a nuestro alrededor, pero es culpa nuestra si se les permite hacer nidos en nuestros corazones. Debemos mantener las puertas y ventanas de nuestro corazón cerradas ante ellas con la misma resolución que ante las tentaciones que constantemente nos asaltan pidiendo entrada en nuestras vidas.
Esto se aplica a todas nuestras preocupaciones, sean grandes o pequeñas. Estamos propensos a decir: «Oh, sí, pero mi prueba es peculiar. Es de las que no pueden mantenerse fuera, dejarse ni echarse de encima». Pero no hay tal excepción en el plan divino de vida trazado para nosotros en la palabra inspirada. La ansiedad o la distracción nunca deben admitirse. Nada, pequeño o grande, debe perturbar nuestra paz. Podemos tener aflicción, sufrimiento, fatiga o tensión y esfuerzo dolorosos, pero nunca preocupación. ¿Cuál es, pues, el plan divino de vida? ¿Qué hemos de hacer con nuestras preocupaciones? Todo lo que amenace con causarnos ansiedad debe llevarse al instante a Dios. Nada es demasiado grande para llevarlo a él. ¿Acaso no sostiene él todos los mundos? ¿Acaso no gobierna todos los asuntos del universo? ¿Hay algún asunto en nuestra vida, por muy grande que nos parezca, demasiado difícil para que él lo maneje? ¿Hay alguna perplejidad demasiado dura para que él la resuelva? ¿Hay alguna desesperación humana demasiado oscura para que él la ilumine con esperanza? ¿Hay algún enredo o confusión del cual él no pueda sacarnos? ¿O hay algo demasiado pequeño para llevarlo a él? ¿No es él nuestro Padre y no se interesa en todo lo que nos concierne?
No hay una sola de las innumerables cosas que vuelan como motas de polvo a través de nuestra vida diaria y tienden a vejar y fastidiarnos que no podamos llevar a Dios. Y esta es la cura que las Escrituras prescriben para la preocupación. La filosofía divina de la vida dice: «No se afanen por nada; más bien, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que ha hecho. Si hacen esto, experimentarán la paz de Dios, que es mucho más maravillosa de lo que la mente humana puede comprender. Su paz guardará sus corazones y sus mentes mientras viven en Cristo Jesús».
Remítanle a él toda cosa perturbadora, para que él lleve la carga de ella. «Pero ¿por qué tengo que hacérselo saber?», pregunta alguien. «Él ya lo sabe todo. ¿Por qué debo llevárselo a él?» Bastante razón hay en que él nos lo ha pedido; y si no queremos hacérselo saber, ¿podemos quejarnos si él no nos ayuda? Él necesita que aprendamos a confiar en él y a huir a él en todo momento de perplejidad o presión. Siempre que entre en nuestra experiencia una dificultad, una molestia, cualquier cosa que tienda a producir irritación, ansiedad, alarma o confusión, hemos de llevarla al instante a Dios. Hemos de sacarla de algún modo de nuestras manos torpes y de nuestro hombro frágil, y ponerla en las manos y sobre el hombro de Cristo. No basta con arrodillarse y decir una oración, ni basta con orar por el asunto particular que nos preocupa, pidiendo ayuda o liberación. Solo la mayor sencillez y determinación en la oración satisfará la necesidad. Debemos llevar la perplejidad misma y ponerla fuera de nuestras manos en las de Dios, para que él la resuelva por nosotros.
Debemos llevarle el asunto tan literalmente como llevaríamos un reloj roto al relojero, dejándolo para que él lo repare y lo ajuste. Una niña que juega con un puñado de cordones, cuando empiezan a enredarse, acude enseguida a su madre, para que sus dedos pacientes desenreden el nudo. ¡Cuánto mejor esto que tirar y jalar de los cordones hasta que el enredo se vuelva inextricable! ¿No podríamos muchos de nosotros aprender una lección de la niña? ¿No nos iría mejor, siempre que encontremos el menor enredo en cualquiera de nuestros asuntos o el surgimiento de cualquier perplejidad, llevarlo al instante a Dios, para que sus manos hábiles lo enderecen? Entonces, habiéndoselo llevado y puesto en sus manos, hemos de dejarlo con él; habiéndolo quitado de nuestro propio hombro y puesto sobre el suyo, hemos de permitir que permanezca allí.
Pero es justamente en este punto en el que la mayoría de nosotros falla. Le contamos a Dios nuestras preocupaciones y luego seguimos preocupándonos como si nunca hubiéramos acudido a él o como si él se hubiera negado a ayudarnos. Oramos por nuestras aflicciones, pero no las echamos de nosotros. Hacemos súplica, pero no descargamos nuestras cargas. Orar no nos hace ningún bien. No nos hace más contentos, ni más sumisos, ni más pacientes, ni más pacíficos. No sacamos en absoluto las preocupaciones de nuestras propias manos. Este es el punto vital de todo el asunto.
O tal vez sí echemos la carga sobre Dios mientras oramos y sintamos por un momento una extraña sensación de gozo en el alma. Nos levantamos y damos unos pasos livianos como un ángel. Hemos entregado a Dios nuestras preocupaciones para que las guarde. Pero al poco rato hemos recogido otra vez todas las viejas cargas y ansiedades, y las tenemos de nuevo sobre nuestro propio hombro, y vamos encorvados bajo ellas, fastidiados y preocupados como antes.
Pero ¿es eso lo mejor que la religión de Cristo puede hacer por nosotros? ¿Es ese el significado pleno del privilegio expresado en tantas promesas doradas de las Escrituras? ¿Es un pequeño momento de descanso de la ansiedad en medio de largos días de preocupación todo lo que nos es posible obtener?
Durante las breves pausas de una gran batalla, los soldados oyeron a un gorrión cantar fragmentos de canción entre las ramas de un árbol. Luego, cuando el fragor espantoso estalló de nuevo, su canto se acalló. ¿Es ese el significado pleno de la paz que Cristo promete? ¿Es solo una dulce nota de ave de vez en cuando en medio de los largos días y años de descontento y lucha? Leen con tristeza equivocada las benditas palabras del consuelo divino quienes no encuentran nada mejor que esta promesa.
Se nos permite echar enteramente nuestra preocupación sobre Dios y dejarla allí. Hemos de poner el plan roto, la esperanza destrozada, el trabajo enredado, el asunto complicado, en las manos del Dios de la providencia, dejando el orden y el desenlace de ello a su sabiduría. La provocación, la fricción, la carga que oprime con fuerza, la molestia, el obstáculo; en vez de permitir que nos vejen, exasperen o perturben, hemos de entregar tranquilamente el asunto a Dios y luego seguir con calma el próximo deber que se nos presente. Y, hecho esto, hemos de dejar de preocuparnos. Hemos entregado la perplejidad a Dios. Le hemos pedido que piense por nosotros, que planee por nosotros y que tome el orden del asunto en sus propias manos. Ya no es, por tanto, asunto nuestro, sino suyo.
¿No deberíamos estar dispuestos a confiar en él? Ponemos nuestros asuntos e intereses mundanos en manos de hombres y sentimos que están seguros. Confiamos nuestras enfermedades a la pericia de nuestro médico. Las complicaciones de negocios las confiamos a la sabiduría de nuestro abogado. Una máquina rota la entregamos a un mecánico. ¿No es Dios lo bastante sabio para manejar las complicaciones de nuestras vidas y sacar de ellas orden y belleza? ¿Acaso no tiene suficiente pericia? ¿No es él nuestro Padre? ¿Y no hará siempre lo mejor y más sabio para nosotros? ¿No deberíamos confiar en él y dejar de inquietarnos por todo lo que le hemos confiado? ¿No es la ansiedad duda e incredulidad? ¿Y no son la duda y la incredulidad pecado?
Hemos de encomendar nuestro camino al Señor, confiar en él y estar en paz. Lo único que nos concierne es nuestro deber. Dios tejerá la tela en diseños de belleza, a menos que con nuestras necedades y pecados la echemos a perder. Pero no debemos apresurarlo. Sus planes a veces son muy largos, y nuestra impaciencia puede echarlos a perder al igual que nuestros pecados. Los botones de sus propósitos no deben arrancarse. Hemos de esperar hasta que sus dedos los desplieguen.
Los planes de Dios, como lirios puros y blancos, se abren: No debemos rasgar las hojas bien cerradas; el tiempo revelará los cálices de oro. Y si, con paciente afán, alcanzamos la tierra donde los pies cansados, con sandalias sueltas, podrán descansar, donde claramente sabremos y entenderemos, creo que diremos: «Dios sabía lo mejor».
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Cure for Care
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.