La vida de Cristo para cada día

El secreto de una oración que el Padre escucha

La oración que el Padre escucha nace del deseo sincero del corazón y se cultiva en secreto, lejos de toda ostentación y de la vana repetición.

Nuestro Salvador siguió exponiendo la vacuidad de las obras en que se jactaban los fariseos. Una de ellas era la limosna, ya considerada. Otra era la oración. Dirijamos ahora nuestra atención a este tema. Las costumbres de Judea eran muy distintas de las nuestras. Las sinagogas estaban siempre abiertas, y la gente acudía a ellas lo mismo que al templo para orar. No había mal alguno en la costumbre, y muchos sin duda iban a las sinagogas a orar con sinceridad, como sabemos que un pobre publicano fue al templo y dijo sinceramente: «Dios, sé propicio a mí, pecador».

Pero otros iban solo para ser vistos de los hombres. Había también ciertas horas del día en que los fariseos recitaban ciertas oraciones, y si a esas horas se hallaban en la calle, se detenían a repetir su tarea y preferían para ello la esquina de una calle a un lugar más retirado. Jesús mandó a sus discípulos evitar tan ostentosa conducta y les aconsejó retirarse a sus aposentos para orar y ocultar al mundo su comunión con el Padre celestial.

Si de verdad amamos a Dios, le oraremos en secreto. Es claro que si oramos en la iglesia y en la familia, pero descuidamos la oración secreta, solo buscamos la aprobación humana. Es gran prueba, tanto de fe como de amor, ser frecuentes en la oración secreta. Si nos dijeran que un ser querido fallecido se hallaba cerca de nosotros, aunque invisible, y que podía oírnos aunque no respondiera en voz alta, ¿sentiríamos ganas de hablarle? Dependería de dos cosas: primero, de nuestra fe en el aserto, es decir, de que creyéramos de verdad que el amigo estaba cerca; y segundo, de nuestro amor por ese amigo. Si ambas cosas se dieran, hallaríamos gran deleite en hablarle. «El que se acerca a Dios debe creer que él existe». Si dudamos que Dios nos oye, no es de extrañar que la oración nos resulte una carga. Si, además, no amamos a Dios, ¿cómo podemos hallar placer en hablarle? Pero si creemos que está muy cerca de nosotros y lo amamos con tierno afecto, ¡oh, cuán delicioso es cerrar la puerta del aposento y derramar nuestro corazón ante él! ¿Y nos dará una recompensa por hacerlo? ¡Una recompensa a sus criaturas necesitadas, por clamar a él pidiendo ayuda! La recompensa será que responderá a nuestras peticiones, como ha prometido, y que al fin nos reconocerá como sus hijos.

Jesús nos enseña también cómo debemos orar. No son las solas palabras lo que conmueve a Dios. Los paganos piensan que por su mucho hablar serán oídos, y dicen: «Baal, óyenos; Baal, óyenos». Los romanocatólicos repiten el Padrenuestro muchísimas veces y cuentan los números en su rosario de cuentas. ¿Pero de qué sirven tales oraciones? ¿Qué son las palabras sin deseos? Debemos usar palabras, porque al usarlas nuestros deseos se fortalecen; pero palabras sin deseos no son sino ruido sin sentido. Un poeta cristiano describe bellamente la naturaleza de la oración: «La oración es el deseo sincero del alma, expresado o no expresado; el oculto movimiento de un fuego que tiembla en el pecho. La oración es el peso de un suspiro, la caída de una lágrima; la mirada hacia arriba de un ojo cuando solo Dios está cerca».

A veces la boca no puede expresar lo que siente el corazón. Pero a veces el alma se siente muerta y no podemos orar en espíritu y en verdad. Un corazón no convertido está siempre muerto; pero aun el corazón renovado tiene estaciones de esterilidad. ¿Cómo han de despertarse los deseos? Tomad las Escrituras, considerad las cosas reveladas en ellas: el cielo, el infierno, Dios, el Juez de todos, el Salvador crucificado, un alma preciosa, una vida fugaz. ¿No hay nada que deseéis evitar? ¿Nada que deseéis poseer? ¿No tenéis nada que decir a aquel que lo puede todo por vosotros y que ya tanto ha hecho? ¿Qué daría muchas almas perdidas por una oportunidad como la que ahora tenéis? Dios, que ve vuestros esfuerzos, enviará su Espíritu Santo para enseñaros a orar. Recordemos que la oración es nuestra salvaguardia; sin oración, debemos perecer. Cuando una persona no puede recibir alimento, la damos por perdida: sabemos que morirá si nada puede tomar. Si no podemos orar, debemos perecer.

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: Christ forbids ostentation in PRAYER

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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