Horas devocionales con la Biblia — volumen 6

El secreto de una vida libre de preocupaciones terrenales

La vida cristiana se reduce a un solo principio: la devoción sincera a Cristo. Cuando buscamos primero el reino de Dios, Él se compromete a proveer todo lo demás con fiel cuidado.

La vida cristiana es muy sencilla, si tan solo la comprendemos. No tiene más que un solo principio: la devoción sincera a Cristo. Pablo expresó este principio cuando dijo: "Para mí el vivir es Cristo" (Fil. 1:21). Jesús también lo declara aquí cuando dice: "Buscad primeramente su reino y su justicia".

En el pasaje que ahora consideramos, tenemos todo un programa de vida.

Para empezar, debemos encontrar algo real y permanente por lo cual vivir. Se trata del asunto de las posesiones. Los bancos de la tierra no son absolutamente seguros; y aun cuando lo fueran, no son eternos. Somos inmortales, y debemos encontrar un lugar de depósito seguro para los años inmortales. "No os hagáis tesoros en la tierra, donde la polilla y el orín corrompen, y donde ladrones minan y hurtan; sino haceos tesoros en el cielo, donde ni la polilla ni el orín corrompen, y donde ladrones no minan ni hurtan".

¿Cómo podemos atesorar en el cielo? Viviendo para Dios, entregando nuestra vida a Jesucristo, usando nuestro dinero para la gloria de Dios. Hay hombres que al dejar este mundo poseen poco dinero o bienes materiales, pero son ricos en tesoros acumulados en el cielo. Pablo no tenía más que la ropa que vestía, un viejo manto y unos pocos pergaminos sagrados cuando llegó su martirio, pero era rico sobremanera en gloria. Hay millonarios aquí que serán mendigos en la vida venidera; y hay hombres pobres aquí que tendrán una herencia de gloria en el cielo.

La sinceridad de corazón es el secreto de una vida verdaderamente piadosa. "Ninguno puede servir a dos señores; porque o aborrecerá al uno y amará al otro, o se llegará al uno y menospreciará al otro: no podéis servir a Dios y a las riquezas". Algunas personas parecen creer que pueden mantenerse en buenos términos con Dios y, al mismo tiempo, conservar estrechas relaciones con el mundo. La enseñanza del Maestro aquí nos muestra que es imposible ser mitad de Dios y mitad del mundo. Solo hay lugar para un señor en nuestra vida, y debemos decidir quién será ese señor. Si pertenecemos a Dios, el mundo es nuestro siervo. En verdad resulta extraño que alguien con un alma inmortal esté dispuesto a tener a Mammón, al dinero, por dios. El dinero puede hacer mucho bien y ser una gran bendición si se usa para Dios; pero cuando un hombre se postra ante su dinero, se arrastra por el polvo por su causa y vende su dignidad para obtenerlo, solo le trae maldición. Quien sirve verdaderamente a Dios no puede entregar a las riquezas la mitad de su corazón. Dios no compartirá un corazón humano con ningún otro señor.

Muchas personas hablan hoy del secreto de una vida feliz. El Maestro lo revela aquí: "Por tanto os digo: no os afanéis por vuestra vida". La ansiedad es muy común. Hay mucha preocupación en el mundo, incluso entre personas buenas. No se encuentran muchos cuyo rostro resplandezca siempre con la luz de una paz perfecta. La mayoría de los rostros muestran surcos de preocupación. Pocas personas atraviesan toda clase de experiencias sin alterarse. ¿Es la preocupación un pecado o solo una debilidad? Ciertamente hay en la Biblia muchas advertencias y cauciones contra el afán.

Pero ¿cómo podemos evitarlo? Pablo nos enseña cómo mantener la preocupación fuera de nuestra vida: "Por nada estéis afanosos". Pero ¿cómo podemos obedecer este consejo? ¿Qué haremos con las cosas que naturalmente nos preocuparían? He aquí la respuesta: "En todo, con oración y ruego, con acción de gracias, sean vuestras peticiones notorias a Dios". Es decir, en vez de preocuparnos por los asuntos que naturalmente nos inquietan, debemos sacarlos de nuestras manos y ponerlos en las manos de Dios, mediante la oración. Entonces tenemos esta promesa: "Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús" (Fil. 4:6, 7).

Nos ayudará en nuestra lección examinar con cuidado la conexión de las palabras tal como aparecen en el Evangelio. "No podéis servir a Dios y a Mammón. Por tanto os digo: no os afanéis". Es decir, la ansiedad proviene de servir a Mammón. Decimos que somos hijos de Dios, sin embargo, cuando Mammón parece faltar, entonces comenzamos a preocuparnos. Es decir, confiamos más en Mammón que en nuestro Padre. Nos sentimos más seguros cuando la abundancia de Mammón llena nuestras manos que cuando Mammón amenaza con faltar y solo nos queda Dios. Si verdaderamente sirviéramos solo a Dios, no tendríamos miedo aunque no tuviéramos nada de Mammón, ni siquiera pan para mañana.

Jesús ilustra su enseñanza: "Mirad las aves del cielo, que no siembran, ni siegan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta". En otra parte Jesús dice que ni aun un gorrión es olvidado por nuestro Padre. Los gorriones son las aves más inútiles y más molestas de todas. Dos de ellos se pueden comprar por un cuadrante. Sin embargo, Dios los cuida, y ni uno de ellos caerá a tierra sin su permiso. Si Dios cuida así a los gorriones pendencieros, cuidará mucho más a sus propios hijos. De más valor somos que muchos gorriones. Las almas tienen gran valor: costó la sangre del Hijo de Dios rescatarnos de la esclavitud. Las aves no llevan la imagen divina. No tienen naturaleza espiritual. El Dios que cuida a los pequeños pájaros sin alma, sin duda cuidará con mayor solicitud y ternura a un ser pensante, inmortal, capaz de vida eterna. Dios es nuestro Padre; no es el padre de las aves; es su creador y proveedor, pero ellas no son sus hijos. Una mujer dedicará más atención a su bebé que a su canario. Nuestro Padre celestial proveerá con mayor certeza para sus hijos que para sus aves.

La preocupación es también completamente inútil. "¿Quién de vosotros, por afanarse, puede añadir a su edad un codo?" Una persona de baja estatura no puede, por mucha ansiedad que tenga, hacerse ni un centímetro más alta. ¿Por qué, entonces, ha de desperdiciar su energía y consumir su vida deseando ser más alta y preocupándose por no serlo?

Preocuparse por un problema que se avecina no impide que el problema llegue. Preocuparse por una pérdida no devuelve lo que se ha ido. Las personas encuentran obstáculos, dificultades y estorbos en su vida. Hay condiciones duras en su suerte. Pero ¿de qué sirve preocuparse por estas cosas? ¿Las hará más fáciles? ¿Curará la ansiedad el pie cojo, quitará el lunar feo, reducirá el tumor no deseado o pondrá carne en el cuerpo delgado? ¿Hará el afán más ligera la carga pesada, más fácil el trabajo duro, más suave el camino áspero? ¿Mantendrá la preocupación alejado el invierno, pondrá carbón en el depósito o pan en la despensa, o conseguirá ropa para los hijos?

Aun la filosofía muestra lo inútil de la preocupación, ya que no ayuda en nada y solo desperdicia las fuerzas, inhabilitando a la persona para dar lo mejor de sí. Pero la religación va más lejos que la filosofía y nos dice que incluso las cosas difíciles, los inconvenientes y los obstáculos pueden transformarse en bendiciones si los afrontamos con el espíritu adecuado. Así aprendemos que debemos aceptar con quietud y con fe la vida tal como nos llega, sin inquietarnos por nada, cambiando las condiciones difíciles por otras más fáciles si podemos, y si no, usándolas como medio de crecimiento y progreso.

El hecho de que Dios cuide de nosotros debería preservarnos de la preocupación. "Y por el vestido, ¿por qué os afanáis? Considerad los lirios del campo, cómo crecen; no trabajan ni hilan; pero os digo, que ni aun Salomón con toda su gloria se vistió como uno de ellos". ¿Cuida realmente Dios de las flores? Sí, teje para ellas sus ropas incomparables y llena sus pequeñas copas con fragancia. Sin embargo, viven apenas un día. Si Dios viste así a estas plantas tan frágiles por unas pocas horas de belleza, ¿no vestirá con mucha más seguridad a sus propios hijos?

Se cuenta de Mungo Park, el gran viajero, que una vez en el desierto se moría de sed y no podía encontrar agua. En su agotamiento se había desplomado en las ardientes arenas de la desesperación y se había resignado a morir. Vio un pequeño brote de musgo que crecía en la arena, y le vino este pensamiento: "Dios cuida esta pequeña planta. Él la puso aquí y Él la riega. Sin duda, entonces, no se olvidará de mí, sino que también proveerá para mí". Se levantó de su desesperación, siguió adelante y fue salvo.

Aquí llegamos al gran principio de la vida cristiana. "Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas". Es decir, debemos poner toda la energía de nuestro pensamiento y de nuestra vida en un solo esfuerzo: hacer la voluntad de Dios. No hemos de preocuparnos por nuestro vestido o comida; eso es asunto de Dios, no nuestro. Sí hemos de pensar, en cambio, en nuestro deber, en nuestra obra, en hacer la voluntad de Dios y en ocupar nuestro lugar en el mundo. Muchas personas se preocupan mucho más por su comida y su vestido, no sea que queden en la necesidad, que por cumplir bien todo su deber. Es decir, se preocupan más por la parte de Dios en su vida que por la suya propia. Temen que Dios no cuide de ellos, pero no sienten temor alguno de fallarle en fidelidad a Él.

Será un gran avance si aprendemos aquí, de una vez por todas, que proveer para nuestras necesidades es asunto de Dios y no nuestro; y que nuestro primer y único cuidado debe ser nuestro deber, el cumplimiento de nuestra obra. Esto Dios nunca lo hará por nosotros, pero si le somos fieles nunca tendremos ocasión de angustiarnos por nuestra incumbencia. ¿Y si casi nos morimos de hambre? Pues bien, debemos seguir adelante, cumpliendo nuestro deber en las circunstancias, sin preocuparnos; y a su tiempo, quizá en el último momento, de alguna manera y por algún medio, el Señor proveerá. O si no, nos llevará a nuestro hogar.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: Worldliness and Trust

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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