Estas palabras registran un acontecimiento muy notable: «Jesús salió y se fue del templo». Aquel fue un momento memorable cuando el Señor Jesús se apartó del templo, para no entrar jamás en él; aquel templo al que había sido llevado como niño en brazos de su madre, y donde el anciano Simeón le había bendecido; de aquel templo donde, siendo niño, había asombrado a los doctores con su sabiduría; de aquel templo donde había sanado a tantos enfermos y hablado paz a tantos penitentes. Nunca más lo honraría con su presencia; sus enemigos podían tenerlo para sí, para repetir durante algunos años más sus servicios hipócritas en sus sagrados atrios. En otro altar él sangraría, el altar de la cruz; a otro templo ascendería, al templo en el cielo, para estar delante del altar allí, con el incensario de oro en su mano (Ap. 8:3).
Si los discípulos hubieran conocido a su Maestro tan bien como podrían haberlo conocido, no habrían llamado su atención sobre el esplendor de la casa santa. ¡Cómo podían esperar que el Rey del Cielo admirara la magnificencia terrenal! La gloria del mundo debía de parecer oscura en verdad a aquel que había morado en el palacio de la luz eterna. Poco antes, había llamado a sus discípulos a sí. ¿Para qué? ¿Era para mostrarles un objeto como el que admira el mundo: un monarca engalanado, un edificio hermosamente adornado, o aun un panorama de belleza singular? ¡No! Era para mostrarles un espectáculo agradable a los ojos de Dios: una viuda pobre entregada en corazón a su servicio. ¡Con qué propósito tan diferente los discípulos acudían a su Maestro! En vez de admirar la magnificencia del templo, Jesús pronunció esta asombrosa profecía: «No quedará piedra sobre piedra, que no sea derribada». Durante nueve años antes del nacimiento del Salvador, Herodes el Grande había mantenido a dieciocho mil obreros continuamente ocupados en reparar el templo, y desde su muerte los judíos habían seguido mejorándolo. Estaba construido sobre una roca maciza y se componía de piedras, algunas de sesenta pies de longitud. ¡Quién podría creer que tales piedras serían derribadas! Sin embargo, unos cuarenta años después de pronunciada la profecía, el lugar donde estuvo el templo era un campo arado, pues los romanos hicieron cavar los cimientos en busca de tesoros escondidos.
Dios conoce el destino de todo edificio que ahora atrae la admiración humana. La mezquita de Omar, que se alza donde una vez estuvo el templo, tiene su tiempo señalado. Todos los edificios que manos humanas han erigido desde que comenzó la torre de Babel perecerán: pueden ser demolidos por el conquistador, tragados por un terremoto o desmenuzados poco a poco por la mano del tiempo; pero si escapan a todos estos enemigos, al fin serán consumidos en las llamas, pues Dios ha declarado: «La tierra y las obras que en ella hay serán quemadas. Puesto que todas estas cosas han de ser deshechas, ¡qué clase de personas debéis ser vosotros en santa y piadosa manera de vivir, esperando y apresurándoos para la venida del día de Dios!» (2 Pe. 3:10, 11). Pero hay algunas cosas que permanecerán. Aunque toda piedra del templo ha sido derribada, la viuda pobre que echó su moneda en el tesoro vive aún. Su amor vive aún. La llevó una vez a ofrecer dos monedas, y ahora la lleva a ofrecer alabanzas sin fin. Cuando contemplemos un edificio espléndido, recordemos que un creyente pobre y andrajoso es más glorioso a la vista de Dios que aquella fábrica suntuosa. Los hombres pueden juzgarlo indigno de entrar por la portada magnífica o pisar el suelo de mármol; pero Dios le ha preparado un edificio no hecho con manos, eterno en los cielos, un edificio que permanecerá cuando todos los palacios y templos terrenales se deshagan con calor ardiente.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ foretells the destruction of the temple
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.