La vida de Cristo para cada día

El terremoto que conmovió la tierra al morir Cristo

La tierra tembló, las rocas se partieron y el velo del templo se rasgó de arriba abajo. La creación entera guardó luto por el Hijo de Dios y abrió el camino al lugar santísimo para los pecadores redimidos.

Los hombres no hicieron lamentación pública por el Hijo de Dios cuando expiró. Pero su Padre hizo que la creación inanimada diera señales de duelo: la tierra tembló y las rocas se partieron. Estos acontecimientos terribles sacudieron el corazón de los soldados, aquellos hombres bárbaros que habían seguido insultándole hasta que exhaló su último aliento. Con pesar y consternación exclamaron: «Verdaderamente este era Hijo de Dios». Si hubiesen sabido un poco antes quién era, podrían haberle mostrado piedad, podrían haber implorado su perdón, podrían, como el ladrón moribundo, haber obtenido misericordia. Pero se les concedió otra oportunidad: después los apóstoles declararon que él había sido exaltado como Príncipe y Salvador, para dar arrepentimiento y perdón de pecados.

Cualesquiera que hayan sido nuestros pecados contra Jesús, podemos tener el consuelo de confesarlos a sus pies. Es doloroso, cuando hemos perdido a un amigo, sentir que no podemos pedirle que perdone algún acto poco amable que le hicimos. ¡Qué alivio sería para un hijo, al recordar sus ofensas contra un padre fallecido, si pudiera verle una vez más para decirle cuánto lamenta cada palabra, cada mirada, cada pensamiento que no fue afectuoso ni reverente! Pero a nuestro Redentor sí podemos expresarle todos los amargos pesares que sentimos por nuestra pasada ingratitud y rebeldía.

Dejemos ahora la escena de terror en torno a la cruz y contemplemos otra escena en el templo. El velo fue rasgado de repente de arriba abajo. En ese mismo instante los sacerdotes ministraban en el lugar santo; pues Jesús expiró a las tres, cuando se ofrecía el sacrificio de la tarde. El velo había ocultado siempre la cámara interior del templo a toda mirada, excepto a la del sumo sacerdote, que entraba una vez al año, cuando se acercaba al propiciatorio para hacer expiación por los pecados de Israel. Pero de pronto esta cámara interior, llamada el Lugar Santísimo, quedó expuesta a la vista, con el arca y los gloriosos querubines. El velo no podría haberse rasgado sin el ejercicio de un gran poder; pues tenía cuatro dedos de espesor y treinta codos de longitud, y como se colgaba uno nuevo cada año, nunca se debilitaba por la edad.

¿Y qué significaba el rasgamiento de este velo? El Espíritu Santo ha explicado este misterio (Heb. 10:19-22). El velo representaba la carne de Jesús; el rasgamiento del velo, su muerte. Por su muerte queda abierto el camino a la presencia de Dios. Los pecadores pueden acercarse al propiciatorio sin temor, porque su gran Sumo Sacerdote ha expiado sus pecados por el sacrificio de sí mismo. Pero no tenemos razón para creer que los sacerdotes que contemplaron esta maravilla entendieran su significado. Sus corazones estaban endurecidos. Habían resistido día tras día las enseñanzas del Hijo de Dios en aquel templo, no se habían sobrecogido por las confesiones de Judas aquella misma mañana, y siguieron oponiéndose a la verdad aun cuando la mano de Dios obró este milagro ante sus ojos.

Hubo otra maravilla que acompañó la muerte de Jesús. «Los sepulcros se abrieron». Los judíos solían enterrar a sus muertos entre las rocas, y cuando las rocas se partieron los sepulcros se abrieron; pero los muertos siguieron durmiendo en el polvo hasta que su Señor resucitó. Entonces, y no antes, muchos de los cuerpos de los santos salieron de sus sepulcros. Preguntamos: «¿Qué santos?». ¿Eran santos recientemente muertos, como Simeón, o Ana, o Juan el Bautista, a quienes algunos aún vivos en Jerusalén habían conocido? ¿O eran santos hacía tiempo partídos, santos que habían visto a Cristo de lejos y se habían gozado con la perspectiva de su venida? No sabemos quiénes fueron. ¿A dónde fueron? A la ciudad santa, a Jerusalén. ¿A quiénes se aparecieron? A muchos; no conocemos sus nombres, pero podemos concluir que eran verdaderos creyentes, pues Jesús, una vez resucitado, no se mostró sino a ellos. ¡Qué gloriosas entrevistas debieron tener lugar entre los muertos justos y los vivos justos! ¡Cuánto nos gustaría conocer los pormenores de estos encuentros. Pero nada es revelado. ¿Cuánto tiempo permanecieron estos santos en la tierra? ¿Subieron al cielo con su Señor? No podemos decir cuándo dejaron esta tierra, pero estamos seguros de que no son ahora errantes aquí abajo. Donde está Jesús, allí estarán sus siervos. Estos santos son favorecidos por encima de otros santos. Han resucitado antes que sus hermanos, aun antes de que apunte el alba; resplandecen en sus cuerpos glorificados entre el ejército de los espíritus desprendidos. Nacieron de entre los muertos el mismo día que su Señor: su día de resurrección fue también el de ellos. Pero habrá otro día de resurrección, cuando todos los santos que duermen se levantarán. ¿Apareceremos nosotros entre aquella compañía resplandeciente?

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: The earthquake

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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