El milagro obrado en el sordomudo llevó una multitud de suplicantes a los pies de Jesús. La cumbre del monte era su trono de misericordia, y desde allí reprendió las enfermedades de la multitud implorante. ¿Podría alguna ocupación haber complacido más su amoroso corazón? Sí; había una que le habría sido aún más deliciosa. Si los penitentes hubieran implorado su perdón con tanto ahínco como estos sufridores suplicaban su sanidad, habría sentido un gozo más profundo. Llegará el día en que todos los hombres acudan a él para el perdón de sus pecados; con lloro y con súplica vendrán, cada uno lamentando su iniquidad.
Conviene notar que los pobres sufridores fueron llevados por sus amigos, que los pusieron a los pies de Jesús. Las criaturas afligidas no podían venir solas. ¿Cómo habrían subido los cojos la colina? ¿Cómo habrían hallado los ciegos el camino, y cómo habrían suplicado los mudos misericordia? Pero por la bondad de sus amigos llegaron al lugar bendito, y dieron a conocer su mísero estado. Acaso nosotros mismos debamos, bajo Dios, a la bondad de nuestros amigos, en tiempos pasados, la salvación de nuestras almas. ¿No hubo algún pariente afectuoso que nos reprendió en los días de nuestra necedad, que nos persuadió a acompañarle a oír a algún predicador fiel, y que nos animó a abandonar el mundo y servir al Señor? En algunos casos fueron las oraciones de una madre, ofrecidas largo tiempo a Dios en secreto, con muchas lágrimas, las que atrajeron sobre el alma bendiciones eternas. ¡Cuánto debemos a tales amigos por todo su amor hacia nosotros y por todas sus gestiones por nuestro bien! Debemos mostrar a otros la misma bondad que ellos mostraron hacia nosotros. ¿No tenemos parientes no convertidos que poner a los pies de Jesús mediante súplicas secretas? ¿No tenemos a quienes enviar una carta de ruego, o un libro adecuado a su caso? ¿No hay a quienes podríamos llevar a la casa de Dios, a oír el evangelio predicado con fervor y con poder? Estos servicios de amor unen los corazones de los hijos de Dios entre sí.
Pueden concebir cuánto debieron amar después los sufridores que habían sido puestos a los pies del Salvador a quienes allí los depositaron. Una vez restaurados, ¿no fueron a buscar a otros, afligidos como ellos lo habían sido? Aquí no había lugar para la contienda ni la disputa; había en Jesús virtud bastante para sanar a todos los que venían. Cuando los hombres dispensan dones, tiene que haber un límite a su extensión, y esta circunstancia da origen a la competencia y los celos; pero Jesús es como el sol en los cielos, que ha derramado sus rayos por siglos sobre mundos entenebrecidos, y sigue tan lleno de gloriosa luz como cuando comenzó a brillar. No hay rivalidad entre los pecadores penitentes. Hay una fuente en la que todos pueden lavarse y quedar limpios; hay un cielo al que todos pueden ir y ser felices. En aquella morada de dicha, los beneficios recibidos de nuestros semejantes en la tierra no serán olvidados. Existirán en aquellos mundos vínculos más fuertes que los más cercanos conocidos aquí. Los convertidos que forman el gozo y la corona del bienaventurado apóstol Pablo, le son más cercanos y queridos que los hijos a cualquier padre sobre la tierra.
Pero si los santos sienten un amor agradecido mutuo, ¡qué no sentirán por el Salvador que murió por ellos! Sin duda los mudos, los ciegos, los mancos a quienes Jesús sanó, debieron amar a su bondadoso bienhechor. Se cuenta de un pobre ciego, que tal era su afecto por el médico que le había operado los ojos y restaurado la vista, que nunca lo veía sin derramar lágrimas de gozo; y que, al verse privado de una visita esperada, no podía contener el llanto. Los santos en la tierra comienzan a sentir este amor por su Salvador; pero ahora aman imperfectamente. En el cielo este amor será el manantial de todos sus pensamientos. Está escrito sobre la tumba de uno de los siervos de Dios,* este dicho, que él había expresado en vida: «Amar es cielo; amar un poco menos imperfectamente es el anticipo del cielo.» * Véase la Vida de Gonthier, el pastor suizo.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ heals the multitude on the mountain-top
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.