Hay mucha cavilación en algunas mentes acerca de la expresión «la sangre de Dios». «¿Cómo —dicen— pudo sangrar la Deidad? ¿Cómo pudo sufrir la Deidad?» Pero si no es la sangre de Aquel que era Dios, podría yo descansar para mi salvación en la sangre de uno de los ladrones crucificados con él. ¿Qué es la naturaleza humana de Cristo? En esa roca se han estrellado muchos navíos ilustres. No es una persona con existencia distinta aparte de la Deidad de Cristo, sino una naturaleza: lo que el Espíritu Santo llama «Cos Santa» (Lucas 1:35); «un cuerpo que le has preparado» (Hebreos 10:5), tomado en unión íntima, misteriosa e inexplicable con la Persona del Hijo de Dios. De modo que, cuanto aquella naturaleza humana hizo y padeció, por su intimidad y unión con el Hijo de Dios, el Hijo de Dios lo hizo y padeció. ¿Sangró aquella naturaleza? Sangró por tener unión con la Deidad; siendo, por así decirlo, el instrumento del cual se valió la Deidad.
Para usar una ilustración: así como mi alma toca un objeto por medio de mi mano, o expresa sus pensamientos por mi lengua, así la Deidad, no pudiendo sangrar por sí misma, sangró por medio de la humanidad. ¿Padeció aquella naturaleza? No fue el mero padecer de una persona humana, como podría padecer un hombre, sino el padecer de una naturaleza santa en unión íntima con la Persona del Hijo de Dios. ¿Y obedeció aquella naturaleza? El Hijo de Dios obedeció por medio de ella y con ella. De suerte que cavilar ante la expresión «la sangre de Dios» no es otra cosa que asestar un golpe contra una gran verdad fundamental. Podríamos objetar, con el mismo razonamiento, la expresión «Dios justicia nuestra», como dice el Profeta: «Y este es el nombre con el cual será llamado: Jehová, justicia nuestra» (Jeremías 23:6). ¿Quién es nuestra justicia sino el Hijo de Dios? ¿Y qué fue esa justicia sino la obediencia de su naturaleza humana, pues la Deidad no pudo obedecer más que padecer y sangrar? Y, con todo, Jehová es nuestra justicia. Y si no objetamos la expresión «la justicia de Dios», ¿por qué cavilar ante la expresión «la sangre de Dios»?
Este es el gran misterio que la fe abraza y que es caro al corazón de toda alma enseñada por Dios. ¡Qué poder y eficacia ve la fe en aquel sacrificio cuando el velo se quita del corazón! ¡Qué sacrificio expiatorio ve hecho por el pecado mediante la sangre del Hijo de Dios! La fe no lo contempla como sangre de hombre. ¿Puede la sangre de hombre quitar el pecado? Pero cuando lo vemos como la sangre del Hijo de Dios, ¡oh, qué valor, eficacia, poder y gloria resplandecen en ella! Pero hasta que el velo se quita del corazón no podemos verla; ni podemos, hasta que el Espíritu la da a conocer experimentalmente, aprender qué realidad divina hay en esta sangre para purgar la conciencia culpable.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: March 17
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.