El rasgado del velo significaba que Cristo, con su muerte, abrió un camino a Dios. Tenemos ahora un camino abierto por medio de Cristo al trono de la gracia, o propiciatorio, y al trono de la gloria en lo porvenir. Cuando consideramos debidamente la muerte de Cristo, nuestros corazones duros y pedregosos deberían rasgarse; el corazón, y no las vestiduras. Más duro que una roca es aquel corazón que no cede, que no se enternece, cuando Jesucristo nos es presentado claramente crucificado.
Las sepulturas se abrieron, y muchos cuerpos de santos que dormían resucitaron. A quiénes se aparecieron, de qué manera y cómo desaparecieron, no se nos dice; y no debemos aspirar a ser sabios más allá de lo que está escrito.
Las manifestaciones terribles de Dios en su providencia obran a veces de manera singular para la convicción y el despertar de los pecadores. Esto se expresó en el terror que cayó sobre el centurión y los soldados romanos.
Podemos reflexionar con consuelo sobre los abundantes testimonios dados al carácter de Jesús; y, procurando no dar justa causa de ofensa, podemos dejar al Señor que defienda nuestro carácter, si vivimos para Él. Contemplemos, con un ojo de fe, a Cristo y a éste crucificado, y conmovámonos ante aquel gran amor con que nos amó.
Pero sus amigos no podían darle más que una mirada; lo contemplaban, pero no podían ayudarlo.
Nunca fueron mostradas de manera tan terrible la horrible naturaleza y los efectos del pecado, como aquel día en que el Amado Hijo del Padre colgaba de la cruz, sufriendo por el pecado, el Justo por los injustos, para llevarnos a Dios. Entreguémonos voluntariamente a su servicio.
La sepultura de Cristo (
Fuente y atribución
Autor original: Religious Tract Society
Título original: Devotional and Practical Commentary — Matthew 27:51-56
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Religious Tract Society, publicado originalmente en Grace Gems.