Génesis es el libro de los comienzos. Su primer capítulo es uno de los pasajes más maravillosos de la Biblia. Nos lleva muy lejos, más allá de todos los principios. Sus primeras palabras figuran entre las más sublimes jamás escritas: «En el principio, Dios». Nos hallamos ahora en medio de un vasto universo lleno de vida; pero hubo un tiempo en que no existía nada: ni un grano de arena, ni una brizna de hierba, ni una flor, ni una hoja, ni el más pequeño insecto; nada sino Dios.
Sin embargo, nunca hubo un tiempo en que Dios no existiera. Él no tuvo comienzo. «Antes que naciesen los montes, o formases tú la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios». ¡El pensamiento es demasiado grande para que podamos abarcarlo! Todo lo demás que vemos o de lo que tenemos conocimiento tuvo un principio. El mar, con su majestad, comenzó allá lejos, en medio de las edades de la creación, cuando el Creador reunió las aguas del globo en un solo lugar. Las montañas, que consideramos antiguas, venerables, perdurables, y de las que hablamos como eternas, también tuvieron un principio. Hubo una época en que no existían, y luego un tiempo en que, por alguna gigantesca convulsión, fueron alzadas.
Todo, excepto Dios, tuvo un principio. La materia no es eterna. Toda vida es derivada. No solo Dios estaba antes de todas las cosas, sino que todas las cosas son obra de sus manos. Dios creó todas las cosas. Nada vino por «casualidad». No es parte del propósito de este libro sugerir ningún esquema de creación. No necesitamos atormentarnos con preguntas acerca de cómo llegaron las cosas a existir. No tenemos que saber ni comprender. Pero cualesquiera que sean las teorías, la ciencia no ha derribado la enseñanza de Génesis de que Dios creó todas las cosas. La mejor ciencia acepta la enseñanza cristiana de que Dios hizo todas las cosas.
El escritor de la Epístola a los Hebreos expone el caso así: «Por la fe entendemos haber sido compuestos los siglos por la palabra de Dios, siendo hecho lo que se ve de lo que no se veía». Dios fue el Creador, por muchos siglos que hayan estado ocupados en la vasta obra, o cualquiera que haya sido el orden o los procesos de la creación. Eso es todo cuanto necesitamos saber.
Al mismo comienzo del relato de la creación, tenemos un vislumbre maravilloso del corazón de Dios y de su amor por el hombre, su hijo. El hombre aún no había sido hecho. En realidad, solo existía el caos. «La tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo». Entonces tenemos esta declaración: «Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas». Una lectura marginal dice: «El Espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas».
La imagen que sugieren estas palabras es la de una gallina posada sobre su nido, cubriendo sus huevos, covándolos para sacar las nuevas vidas mediante el calor de su propio cuerpo. Sin forzar excesivamente las palabras, ciertamente sugieren que cuando Dios se cernía sobre el mero caos, estaba pensando en sus hijos aún por venir y proveyendo para su felicidad y su bien. Así es como obra el amor siempre. Prepara el nido para los pajarillos. Llena el granero para el invierno que se acerca.
A lo largo de todas las grandes edades de la continuada formación del mundo, hallamos evidencia de este mismo cobijar divino y de esta misma previsión. El hombre no fue la primera de las criaturas hechas; en verdad, fue la última de las obras de Dios. En este hecho vemos una expresión admirable de la bondad y el amor divinos. Si el hombre hubiera sido creado en una época más temprana, solo habría perecido. No fue creado hasta que se le hubo preparado un lugar. Desde el principio, él estuvo en el pensamiento de Dios. Durante todas las edades creativas, antes de que el hombre fuera hecho, Dios estaba preparando y disponiendo esta tierra para que fuera su hogar.
Primero hubo el caos, un mundo sin belleza, sin luz ni vida, desolado y vacío; y, con todo, Dios se cernía sobre él. Luego la luz irrumpió sobre el mundo oscuro. Luego las aguas se reunieron en mares, lagos y ríos, y los continentes emergieron: llanuras, colinas, montañas. Luego apareció la vida: la vida vegetal, la vida animal, en ordenada sucesión. A medida que se acercaba el momento de la creación del hombre, un lugar particular fue escogido y dispuesto para ser su hogar: el huerto del Edén, lleno con las cosas más exquisitas de la creación. Todo esto para un hombre que aún no había sido hecho; toda la exquisita belleza y variedad del paisaje, toda la riqueza escondida en montañas y colinas, todas las cosas útiles preparadas y guardadas en la naturaleza, ¡eran para la felicidad y el bienestar del hombre!
Piénsese, por ejemplo, en los vastos yacimientos de carbón acumulados entre los estratos de la tierra, edades y edades atrás, con amorosa previsión, para que nuestros hogares pudieran ser calentados y iluminados en estos últimos siglos. Piénsese en los minerales que fueron almacenados en las rocas mucho antes de que hubiera una huella humana en la arena, para ser descubiertos y extraídos en épocas remotas. Piénsese en la electricidad, almacenada en medidas inagotables en todas partes y guardada sin descubrir hasta estos días modernos, en que ha sido sacada a la luz para realizar su vasto servicio al mundo. Piénsese en las «leyes de la naturaleza», como las llamamos, establecidas para servir al placer y al provecho del hombre. Piénsese en todas las fuerzas y propiedades latentes que han sido depositadas en la materia, para ser reveladas de vez en cuando, al llamado de la necesidad humana. Mírense los manantiales de agua abiertos en cada ladera, en cada valle, para dar de beber al hombre y al ganado. Nótese la provisión, en cada clima y en cada zona, de alimento y vestido. Mírense las virtudes medicinales y curativas almacenadas en la hoja, en la raíz, en el fruto, en la corteza, en el mineral.
Llena nuestros corazones de asombro y de alabanza pensar que, durante innumerables edades, antes de que hubiera un ser humano sobre la tierra, Dios estaba pensando en nosotros, que Él previó nuestras necesidades y comenzó a atesorar bondad para nosotros en los graneros de la naturaleza. Nadie se atrevería a decir que todo esto fue un mero prodigio de coincidencias; hay en ello prueba de designio; no pudo haber sido otra cosa sino el amor de Dios planificando y preparando para sus hijos a lo largo de edades venideras.
Es interesante pensar en la creación del hombre, al cierre de toda esta vasta preparación. Cuando su hogar estuvo listo para él, entonces fue creado. El hombre fue hecho, además, a semejanza de Dios. Aquí vemos su encumbrado rango en la creación: no se parece a ninguna otra criatura. Esta semejanza con Dios, sin embargo, no era una semejanza física. Somos semejantes a Él en la inmortalidad, en la mente, en la voluntad, en el corazón, en la esperanza y en la vida.
Esto sugiere la preeminencia del hombre entre las criaturas. El último en ser hecho fue también el más noble, el más grande de todos. Todas las cosas que habían sido hechas eran buenas y hermosas. Pero cuando el hombre fue hecho, fue distinguido por encima de todos los demás órdenes de seres al ser puesto en él la imagen de su Creador. El hombre era hijo de Dios. Las plantas, los árboles, las rocas y las colinas eran cosas; las bestias, las aves, los insectos y los reptiles eran criaturas vivientes; pero el hombre era un alma viviente, capaz de pensar y elegir, de amar y obedecer, de comunión con Dios, de entrar en estrecha relación con Él, de ser amigo de Dios, hijo de Dios.
El cuerpo del hombre fue hecho del polvo. Esto mostraba su fragilidad; no fue hecho de las rocas ni de minerales metálicos, sino del humilde polvo. Sin embargo, en este cuerpo frágil Dios sopló su propio aliento, y el hombre vivió.
Cuando Dios hubo hecho al hombre, le dio dominio sobre todas las cosas. «Señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra y en todo animal que se mueve sobre la tierra». Así fue hecho el hombre para ser señor de la creación. No solo estaba por encima de todas las demás obras de Dios en rango y dignidad, sino que fue puesto para gobernar sobre todas ellas.
Todas las cosas fueron hechas para el hombre, para su uso y su servicio. El hombre aún tiene gran poder sobre las criaturas. Las emplea para sus propios fines, haciéndolas colaborar en su obra. Ocupa a los animales en su trabajo y los hace servirle. El vapor se hace girar para mover sus máquinas, impulsar sus barcos, arrastrar sus trenes. El mar lo ha dominado, convirtiéndolo, en lugar de una barrera, en una vía hacia todas las partes de la tierra, por la que transporta su comercio. El relámpago, cuyos truenos están llenos de espanto, lo ha domado y enseñado a ser un mensajero apacible, cumpliendo sus órdenes y sirviéndole de incontables maneras. Las rocas las ha hecho rendirle sus minerales, y de las profundidades oscuras de la tierra saca su combustible.
Dios creó al hombre «varón y hembra». Habría sido muy desolador para el hombre vivir en esta tierra solo. Por más hermoso que se hubiera hecho el mundo, la belleza no lo habría satisfecho. El hombre tiene un corazón y necesita amor, y solo el amor podría satisfacerlo. Había animales de todas clases en el delicioso paraíso que fue dado al hombre por hogar; pero el hombre no habría podido hallar la compañía que necesita entre ellos. Fue hecho inmortal, y solo un ser inmortal como él podría responder a su anhelo de comunión. Fue hecho para amar, y solo un ser capaz de amar podría satisfacerlo.
Fue, pues, una muestra del pensamiento de Dios por el hombre, y por tanto de su amor hacia él, que la mujer fuera hecha para ser compañera del hombre. Podían hablar juntos de las hermosas cosas que los rodeaban; tenían mentes semejantes y podían pensar juntos y comunarse sobre las grandes cosas de Dios. Tenían corazones que latían al unísono y podían amarse mutuamente. Podían comunarse en las cosas espirituales y entrar juntos también en comunión con Dios.
Tenemos aquí también la institución del matrimonio. Dios vio que el hombre estaría solo, y que no era bueno que estuviera solo, así que le dio una esposa. Así fue ella dispuesta para ser compañera del hombre, su ayuda idónea, su inspiradora. Dios mismo unió a esta primera pareja en matrimonio. Corazón se unió a corazón, y vida se entrelazó con vida.
Dios mandó a nuestros primeros padres que «fructificasen y multiplicasen, y llenasen la tierra, y la sojuzgasen». Dio la tierra al hombre; pero era aún una posesión por conquistar, una herencia que el hombre debía ganar para sí. Desde el mismo principio, en la vida aún no caída, el hombre fue hecho para trabajar. Había de cultivar la tierra para recoger sus frutos y sus cosechas. Había de hallar y extraer los tesoros escondidos en las rocas y las colinas. Había de dominar las fuerzas de la naturaleza. La tierra era suya, pero debía sojuzgarla.
Dios hizo provisión para el sustento del hombre. «Os he dado toda hierba… todo árbol… para comer». No es intención de Dios que nadie carezca jamás de alimento. Sin embargo, no debemos equivocarnos pensando que, incluso en la inocencia del hombre, se quiso que tuviera alimento sin trabajo. «Si alguno no quiere trabajar, tampoco coma» es una ley de la providencia que la gracia no deja sin efecto. A veces alguien dice: «El mundo me debe el sustento». Sí, ¡si con su propio trabajo lo gana! La oración «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy» nos enseña a vivir el día a día y a contentarnos con la porción de cada jornada, confiando en Dios por el mañana; pero enseña otra lección en la palabra «nuestro». No puede ser nuestro pan de cada día hasta que lo hayamos ganado. Así, pedimos a Dios que nos conceda, con su bendición, la porción que nuestras manos han recogido y preparado para el día.
Desde el principio, también, Dios cuidó de los animales y proveyó para su mantenimiento. «A toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se mueve sobre la tierra… les he dado toda hierba verde por comida». ¿Se preocupa Dios por los bueyes, las aves y los gusanos? Aquí está la seguridad de que así es. Luego las Escrituras tienen otras palabras que nos hablan del pensamiento de Dios por todas sus criaturas. Vuestro Padre celestial alimenta a los gorrillos, dijo Jesús. Se nos enseña aquí una lección de bondad hacia las criaturas mudas. Si Dios es tan solícito al proveer para ellas, seguramente debemos nosotrosser amables y humanos en el trato que les damos.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: In the Beginning God
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.