La naturaleza se estremece ante la muerte, aun prescindiendo de aquello que, tras ella, la convierte para muchos en rey de los terrores. Aun donde la gracia ha establecido su trono y la misericordia se regocija sobre el juicio, muchos pensamientos incrédulos e infieles cruzarán a veces la mente y perturbarán el juicio acerca de la separación del cuerpo y del alma, y del lanzamiento del espíritu a un mundo invisible y desconocido. La fe, es verdad, puede sofocar estos pensamientos perturbadores, mejor insinuados que descritos, pero la fe necesita un terreno sólido sobre el cual edificar y descansar. Si, pues, el alma es bendecida con alguna esperanza firme o dulce persuasión de interés salvador en la sangre y la obediencia del Señor Jesucristo, de modo que se aparten los temores culpables, ¡cuán fortalecedora para la fe es una contemplación de su muerte, no solo como el único sacrificio por el pecado, sino como el ejemplo, por así decirlo, del nuestro!
Todos habremos de morir, y por tanto mirar por la fe a la muerte de Jesús puede ser un tema provechoso de meditación, como alivio contra los pensamientos perturbadores a que hemos aludido. En las manos de su Padre el Señor moribundo encomendó su espíritu. El Padre lo recibió, pues a él el Padre siempre oye (Juan 11:42); y así su espíritu volvió a aquel que lo dio. Así, por el acto de morir, el alma y el cuerpo del bendito Redentor fueron, por un tiempo, plena y efectivamente separados, tan plena y efectivamente como lo serán también los nuestros en la muerte. Pero sigue por la fe a aquella alma de Jesús cuando la exhaló, y contémplala entrando de inmediato en el paraíso, en la presencia bienaventurada de Dios. ¡Qué alimento para la fe hay aquí! ¡Cuán fortalecedor, cuán alentador para un corazón creyente, que a menudo ha sido perturbado por tales pensamientos como los que hemos nombrado, ver el alma de Jesús pasando así de inmediato al paraíso!
¿Y no podemos, por la fe, ver también el alma del malhechor creyente, cuando llegó el tiempo de su liberación, alzar el vuelo hacia aquel mismo paraíso donde el alma de Jesús la había precedido? Si sabemos algo, de modo doloroso y experimental, de los asaltos de la incredulidad, las saetas de la infidelidad y los dardos de fuego del maligno, y de cómo todos se apagan con el escudo de la fe, habremos hallado que la fe, para mantenerse firme, necesita la palabra de verdad, un «Así dice el Señor», sobre el cual descansar. Fortalecido por su santo ejemplo, si es bendecido con fe en su Persona, sangre y justicia, el creyente moribundo puede encomendar su espíritu en las manos de Cristo, como el mártir Esteban, con la misma confianza con que el Señor Jesús encomendó su espíritu en las manos de su Padre celestial.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: December 9
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.