La duda no tiene por qué ser pecado. La incredulidad sí es pecado: esa incredulidad que rechaza a Cristo y niega a Dios. Pero hay una duda que es, en realidad, fe que busca y halla su camino. No se conforma con dar las cosas por sentadas, solo porque las encuentra en un credo o porque oye a alguien afirmarlas; quiere conocerlas por sí misma. Ese conocimiento ofrece una base mucho más firme para la fe que aquella que se acepta simplemente por la afirmación de otros.
Debe reconocerse, sin embargo, que hay perplejidades reales en la vida cristiana. Incluso doctrinas que en los días de nuestra felicidad y prosperidad consideramos entre nuestras convicciones firmes e inexpugnables, cuando llegan los tiempos duros de prueba, deben reaprenderse y reconquistarse como fe segura, a través de experiencias de duda, temor, lucha y fatiga.
Tomemos la doctrina cristiana de la providencia divina. Creemos que este es el mundo de nuestro Padre, y que todas las cosas cooperan para el bien de los que aman a Dios. Mientras todos nuestros asuntos prosperan, sin nada que interrumpa nuestra comodidad, es bastante fácil formular nuestra fe. Pero cuando nuestra condición cambia, cuando el cielo azul se oculta tras nubes sombrías, cuando las estrellas desaparecen de la vista, cuando la prosperidad da paso a la pérdida y a la adversidad, no resulta tan fácil mantener la creencia en el desenlace final de bien en todos los acontecimientos. La mayoría de nosotros, al menos, tenemos que aprender entonces la lección de nuevo, abriéndonos camino paso a paso entre las sombras tenues hasta la luz plena y serena de la paz.
Todos podemos aprender muchas cosas de otros que han recorrido el camino antes que nosotros, y muchas cosas de libros en los que se encierran las lecciones de otras vidas; pero, al fin y al cabo, cada uno de nosotros debe aprender las verdaderas lecciones de la vida en experiencias propias. Por muchos que antes de nosotros hayan hallado bondad y misericordia en los caminos duros de la vida, y consuelo divino en sus amarguras, no podemos obtener esas bendiciones hasta que hayamos pasado nosotros mismos por los caminos dolorosos. La experiencia de ningún otro nos bastará.
Muchas personas buenas se ven perplejas por las dificultades en sus asuntos. Sus planes fracasan. Sus cosechas se malogran. Pierden dinero. Les cuesta hacer llegar a fin de mes, para conseguir el pan diario. No ha de extrañar que en tales experiencias se deslice la ansiedad al corazón. Sin embargo, la Biblia no admite que haya circunstancia alguna en la que la confianza y la paz cristianas deban quebrantarse. No hay experiencias que las promesas divinas no cubran. El consejo del Señor es sencillo: «Os digo: no os preocupéis por vuestra vida, qué habéis de comer o de beber; ni por vuestro cuerpo, qué habéis de vestir». Luego da razones suficientes para que no estemos ansiosos. Pablo expone la lección en palabras semejantes: «No os preocupéis por nada». No queda lugar en el plan de vida divino para la preocupación o la ansiedad. Tenemos la promesa de la propia paz de Dios, y Dios nunca se inquieta. Cristo legó su paz a sus discípulos, y en el momento más agudo de su vida nunca estuvo ansioso.
¿Qué hemos de hacer, entonces, con las cosas que naturalmente nos perplejarían, si no debemos preocuparnos por ellas? El Maestro nos dice que busquemos primero el reino de Dios y su justicia, y luego nos asegura que todas las cosas necesarias nos serán añadidas. Es decir, nuestro propio deber es hacer la voluntad de Dios, dejando el cuidado de nuestra vida, sin ansiedad, en las manos de Dios. La enseñanza de Pablo es prácticamente la misma: no hemos de preocuparnos por nada, sino dar a conocer a Dios todas nuestras peticiones y dejarlo todo en sus manos; entonces la paz de Dios nos guardará.
Otra causa frecuente de perplejidad es el trato injusto. Otros nos agravian, nos hacen daño, nos hieren. Es difícil soportar la dureza y mantener el corazón dulce y amoroso en medio de todo. Nos parece que nuestra vida misma debe sufrir por estos agravios; y somos tentados a pensar que deberíamos hacer algo para defendernos de ellos o tratar de enderezar lo que parece haber salido mal. Pero la enseñanza bíblica es que no necesitamos turbarnos por las injusticias o los daños que hayamos de sufrir, y que podemos confiarlos con seguridad a Dios, encomendándoselos a Él, mientras proseguimos con nuestro sencillo deber.
La historia de José ofrece un notable ejemplo del poder que tiene el mal de no dañar a una vida que está bajo el cuidado de Dios. Compadecemos al muchacho al ser cruelmente vendido por sus hermanos y llevado como esclavo. Pero nos basta con leer la historia hasta su final para ver cómo hasta los agravios que sufrió fueron hechos para servirle de bien. Solemos pensar, sin embargo, que el caso de José fue excepcional, que Dios no se interesa del mismo modo por nuestras vidas ordinarias. Pero esto no es cierto. José no fue una excepción. No era más querido de Dios que cualquiera de los demás de su pueblo redimido, y su vida no fue más importante en el plan de Dios que la de muchos otros a lo largo de los siglos. Todo el que quiera confiar sus agravios a las manos de Dios, siguiendo adelante entretanto por el camino del deber, aprenderá que el mal se ha trocado en bien para él, y que ha salido bendición de lo que parecía daño.
Jesús mismo es el mejor ejemplo: «Cuando le ultrajaban, no replicaba con ultrajes; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba al que juzga con justicia». Si tan solo mantenemos nuestras manos lejos, conservamos el corazón paciente y amable, y avanzamos en fiel cumplimiento del deber, vendrá bendición aun del padecimiento de las crueldades más amargas.
Otra experiencia que trae perplejidad y desánimo a muchas personas buenas es el dolor. Un ministro acaba de contar su amarga pérdida. Había estado casado once años y tenía dos hermosos hijos. Su esposa era una mujer de rara fortaleza de carácter y firmeza de espíritu. Ella traía gran gozo y bien a su vida, y parecía del todo indispensable para su felicidad. Hace unos días, cuando él estaba ausente en una ciudad lejana, su esposa cayó de pronto enferma de neumonía. Fue llamado por telegrama, pero antes de que pudiera llegar a su lado, ella había partido.
¿Cuál es el mensaje cristiano para este buen hombre en su dolor? Dios no lo culpa por sus lágrimas: el consuelo divino no entorpece los afectos, de modo que no sintamos los desgarros de la pérdida. En efecto, el amor de Dios solo hace más tierno el corazón humano, y más dulce y rico el afecto humano, de manera que el desgarro de la pérdida es aun más agudo en el cristiano que en el hombre mundano. Dios no promete preservarnos de las lágrimas. «Jesús lloró». Pero la enseñanza de la Biblia es que nuestra tristeza habrá de obrar para nuestro bien eterno, y será templada por el amor reverente, con su oscuridad atravesada por la luz de la paz. El consuelo de Dios es fortaleza: fortaleza para soportar.
¿Cuál es este consuelo que puede producir en la vida despojada la quieta paz de Dios? En primer lugar, es la revelación divina acerca de los que nos son quitados. No hubo accidente alguno, en la mente de Dios, en el llevarse a la joven esposa dichosa de su devoto esposo y de su lugar sagrado en el corazón del hogar. Su misión en la tierra había terminado, su obra aquí estaba concluida. Su vida, sin embargo, no había terminado; solo había pasado a otra esfera, donde, con mayor capacidad de ser bendición, seguiría sirviendo a su Maestro.
Luego, para los que permanecen en el hogar vacío, el consuelo está en que el amor de Dios al quitar la vida querida es tan hondo y verdadero como lo fue al darla; en que hay bendiciones en el mismo dolor que compensan con mucho más lo que cuesta de pena y angustia; y en que el cielo estará ahora más cerca, puesto que la vida amada ha entrado en su resplandor.
Algún día sabremos que no se cometió ningún error cuando el mensajero del dolor llegó a nuestra puerta. El consuelo de Dios es tan satisfactorio, tan enriquecedor, tan exaltador, que vale la pena pasar por la aflicción para recibir la bendición de la consolación divina.
Otro caso de perplejidad en muchas vidas es la no respuesta a las oraciones. Las promesas de que las oraciones serán respondidas parecen claras y directas cuando las leemos; y, sin embargo, cuando hacemos nuestras peticiones, las cosas que pedimos no nos son concedidas. Muchas personas quedan profundamente perplejas por esta causa, y a veces hasta comienzan a dudar de que la oración sea oída y respondida en absoluto.
Pero es importante que la enseñanza bíblica sobre el tema de la oración sea bien comprendida. Buena parte de nuestra perplejidad proviene de un entendimiento imperfecto de las palabras divinas. Puede que la verdad completa acerca del asunto de la oración no se halle en un solo pasaje. La enseñanza ciertamente no es que toda petición hecha por cualquiera en oración haya de ser concedida. Eso indicaría que Dios hubiera abdicado su lugar como Señor del universo.
Además, Dios no es como un padre excesivamente indulgente que da a su hijo todo lo que pide. Hay muchas oraciones necias por cosas que no serían bendición si se dieran; nuestro Padre no responderá a estas, por más que se le apremie con las peticiones.
Hay también oraciones a las que llegan respuestas, pero en una forma distinta de la que el suplicante esperaba recibir. Pedimos que se nos quite la carga, pero, en cambio, Dios nos fortalece para que podamos seguir llevándola. Esto, en realidad, es una mejor respuesta que la que buscábamos.
Hay también oraciones cuya respuesta tarda mucho en llegar; concederlas de inmediato sería darnos fruto verde, que solo nos haría daño.
La clave de todas las perplejidades acerca de la oración se halla en referir todas nuestras peticiones, por urgentes que sean, a la sabiduría de Dios, pidiéndole que las considere y que haga por nosotros lo mejor: dar o retener, conceder lo que pedimos o algo distinto si ello es mejor. Si así ejercitamos la fe al pedir, no quedaremos perplejos al ver respondidas o no respondidas nuestras peticiones.
Estas son algunas de las perplejidades comunes en gran parte de la experiencia cristiana, junto con la enseñanza bíblica que debería librarlas de su poder perturbador. Junto a cada Marah amargo crece el árbol que endulzará las aguas amargas. Para cada forma de aflicción en nuestra vida, Dios tiene lista justamente la palabra de promesa, o la gracia que dará consuelo y paz. Lo que nos ocurre con demasiada frecuencia es que tenemos ojos solo para la perplejidad, y no para la paz que nos aguarda. Si fuéramos tan rápidos para hallar la bendición como lo somos para ver el problema, nos iría mejor.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: In Doubt and Perplexity
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.