«Vosotros sois la luz del mundo. Una ciudad asentada sobre un monte no puede esconderse. Ni encienden los hombres una lámpara y la ponen debajo de un almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que están en la casa. Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos». Mateo 5:14-16
¡Estamos en este mundo para brillar! Jesús dijo a sus discípulos que ellos eran la luz del mundo. No dijo que debían llevar luces, como quien lleva una linterna; dijo que ellos mismos debían ser luces.
También les advirtió contra ESCONDER su luz, poniendo la lámpara bajo una cama o bajo un almud. Dijo que el propósito de una lámpara era derramar libremente su luz por toda la habitación. Toda vida cristiana debería ser una luz que brille para hacer el mundo un poco más luminoso. Sin embargo, hay muchas personas que permiten que su luz quede escondida u oscurecida.
Está el velo de la timidez, que impide el pleno brillar de muchas vidas. Hay personas que aman a Cristo, pero se retraen de confesarlo públicamente. Sienten que sus sentimientos son demasiado sagrados para revelarlos. Sin duda hay una timidez de la cual no podemos hablar. Es una reserva bastante apropiada que se resiste a exponer al descubierto las experiencias espirituales íntimas. Aun así, existe el peligro de que la timidez esconda u oscurezca la luz de la confesión cristiana. Debemos procurar que la lámpara se coloque en el candelero de una confesión sincera, donde brillará sin mengua para todos los que nos rodean.
La verdadera vida cristiana es amor. Se nos enseña a ser longánimes, a ser pacientes, a amar a nuestros enemigos, a perdonar a quienes nos han ofendido, a que cuando seamos injuriados no devolvamos injuria, y a desechar la malicia, la ira y el alboroto, y a ser de espíritu dulce. Pero algunas personas esconden esta luz del amor bajo los velos pecaminosos del resentimiento, la falta de perdón y la amargura. Son susceptibles y se ofenden con facilidad. Guardan rencor. No son considerados. Son iracundos, apresurados en el hablar, carentes de cariño y simpatía. Pueden tener un corazón de amor, pero parece como si hubiera alrededor algo que impide el fluir de ese amor. Debemos dejar que la luz brille para bendecir al mundo.
Otro de los velos que oscurecen la luz de la vida cristiana es el egoísmo, la soberbia. La religión cristiana nos enseña a ser modestos y humildes en nuestro porte. No debemos insistir en tener siempre nuestra propia manera, ni pensar que solo nosotros sabemos algo bien o podemos hacer algo del modo correcto. Sin embargo, a veces encontramos a un hombre, un presunto cristiano, tan lleno de vanidad que no considera digna de tenerse en cuenta la opinión de nadie más. Es recto, veraz, honorable, inflexible en su integridad, pero la lámpara de su buena vida está escondida bajo el almud de una soberbia insoportable. Trata a las demás personas y sus sugerencias casi con desprecio. Es autoritario y despótico, incapaz de cooperar con otros en una buena obra. Algunos hombres magníficos, con capacidades espléndidas, quedan casi inútiles para sus semejantes a causa de este espíritu ofensivo. Debemos poner la lámpara de nuestra vida sobre el candelero de una humildad que se olvida de sí misma.
Otro de los almudes que algunos cristianos ponen sobre su lámpara es un hábito inquieto y quejumbroso. La luz es clara y blanca. La vida cristiana, en su divina belleza, es todo resplandor. La paz y el gozo son características esenciales suyas y deberían estar en la vida de todo cristiano. Pero algunas personas cubren esta luz blanca y pura con el hábito del descontento. ¡Cuántos de nosotros hemos permitido que el espíritu de la preocupación se introduzca en nuestras vidas! ¡Cuántos nos permitimos murmurar y encontrar fallas en casi todo lo que nos toca en suerte! Tales hábitos oscurecen el brillar de la luz que debería irradiarse desde nuestras vidas. La inquietud estropea la belleza espiritual. La ansiedad esconde la luz de la paz. Si tan solo nos despojáramos de estos velos inadecuados y dejáramos que la luz de Cristo en nosotros brillara, multiplicaría por diez nuestra influencia como cristianos. Aun en las pruebas más duras de la vida, la luz de la lámpara que arde dentro debería brillar sin mengua.
Otro velo que oscurece la luz en demasiadas vidas es la falta de cortesía. No nos damos cuenta de cuánto de la influencia de la vida depende de los modales. Hay quienes son verdaderos cristianos, honrados, leales a la verdad, dadivosos, hombres útiles. Sin embargo, en sus modales son tan poco amables que a menudo estropean, y a veces casi destruyen, su influencia para el bien.
Necesitamos estudiar el arte de vivir en cuanto a su manera, para que la belleza que hay en nosotros no quede oscurecida. Necesitamos entrenarnos en la consideración, la amabilidad, la dulce cortesía cristiana y el cariño en nuestro trato con todos. Nuestros modales deberían ser la interpretación de nuestra vida cristiana. Acaso podamos decir como excusa por la falta de cortesía refinada que nuestro corazón es mejor que nuestros modales; si es así, ¿cómo sabrán las personas que lo es? Si nuestros modales carecen de dulzura y ternura, estamos escondiendo nuestra luz bajo un almud, y no está brillando con claridad para bendecir al mundo.
Estos son algunos de los velos que con demasiada frecuencia oscurecen la luz de la vida cristiana. Si estas parecen cosas pequeñas, simples defectos de modo o de expresión, conviene recordar que mucho más de lo que nos damos cuenta nuestras vidas resultan dañadas en su influencia por lo que llamamos cosas pequeñas. Quienes nos ven y juzgan nuestro carácter no pueden mirar al corazón para contemplar la luz brillante que allí arde bajo todas sus oscuridades; tienen que juzgarnos por lo que brilla hacia afuera. Debemos cuidar, por tanto, de que nada esconda ni opaque el resplandor de nuestra lámpara. Debemos expresar siempre, en nuestra disposición y nuestra conducta, en todo nuestro comportamiento y porte, la paz que hay en nosotros, dejando que el Cristo interior brille con resplandor sin mengua, si queremos honrar debidamente a nuestro Señor.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Some Ways of Hiding the Light
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.