Pero para que no pienses solo en ejercicios de dolor, permíteme recordar un pasaje que Flavel da acerca de uno a quien modestamente llama «un ministro», pero que se entiende bien que era él mismo; ofreciéndolo no tanto para imitación, como para mostrar cuán profundas eran las experiencias de uno que estaba ocupado en varios saberes y en toda la argumentación escolástica de su época. Estaba solo en un viaje, y determinó pasar el día en autoexamen. Después de algunas circunstancias menos materiales, procede así: «En todo el viaje de aquel día, no encontró, alcanzó ni fue alcanzado por nadie. Así, siguiendo su camino, sus pensamientos comenzaron a hincharse y a elevarse más y más alto, como las aguas en la visión de Ezequiel, hasta que al fin se convirtieron en una inundación desbordante. Tal era la intención de su mente, tales los sabores extáticos de los gozos celestiales, y tal la plena seguridad de su interés en ellos, que perdió por completo la vista y el sentido de este mundo y de todos sus asuntos; y durante algunas horas no supo más dónde estaba, que si hubiera estado en un sueño profundo sobre su cama. Llegando, en gran agotamiento, a cierto manantial, se sentó y se lavó, deseando ardientemente, si fuera del agrado de Dios, que fuera su lugar de partida de este mundo. La muerte tenía el rostro más amable que jamás había contemplado, excepto el rostro de Jesucristo, que lo hacía así; y no recuerda —aunque se creía moribundo— que hubiera pensado una sola vez en su querida esposa o hijos, o en cualquier otro asunto terrenal. Al llegar a su posada, continuó el mismo estado de espíritu toda la noche, de modo que el sueño se apartó de él. Todavía, todavía, el gozo del Señor lo desbordaba, y parecía ser un habitante del otro mundo. Pero dentro de pocas horas, fue consciente del reflujo de la marea, y antes de la noche, aunque había una serenidad celestial y una dulce paz sobre su espíritu, que continuó mucho tiempo con él, sin embargo, los transportes de gozo habían pasado, y el filo agudo de su deleite se había embotado. Muchos años después llamó a aquel día uno de los días del cielo, y confesó que por él entendió más de la vida del cielo que por todos los libros que había leído, o discursos que había oído acerca de ella».
Aun si estuvieras dispuesto a tratar esto como una de las anomalías de la experiencia religiosa, no obstante harías bien en observar que el sujeto de estos ejercicios es John Flavel, un hombre alejado del entusiasmo, cuyos extensos escritos se caracterizan por la argumentación regular y la sana teología; y también que esta misma narración fue considerada digna de republicación por el sereno Jonathan Edwards. La mención de cuyo nombre me recuerda un ejemplo dado por él, de alto gozo religioso de su propia esposa. La narración es larga; pero merece tu lectura. Entre otros rasgos estaban estos: la mayor, más plena, más prolongada y más constante seguridad del favor de Dios, y del título a la gloria futura; para usar su propia expresión, «las riquezas de la plena seguridad»; la dulzura de la libertad de haber dejado completamente el mundo y renunciado a todo por Dios, y de no tener nada sino a Dios, en quien hay plenitud infinita. Esto iba acompañado de una paz constante y dulce, y de una calma y serenidad del alma, sin nube que la interrumpiera; un gozo continuo en todas las obras de las manos de Dios, las obras de la naturaleza y las obras diarias de la providencia de Dios, todo apareciendo con una dulce sonrisa sobre ellas; un acceso maravilloso a Dios por la oración, como viéndolo, y conversando sensible e inmediatamente con él, muchas veces —decía ella— como si Cristo estuviera aquí en la tierra sentado en un trono visible, al que se pudiera acercar y conversar con él. Todas las aflicciones anteriores fueron olvidadas, y toda tristeza y suspiro huyeron, excepto el duelo por los pecados pasados y por la corrupción remanente, y de que Cristo no es amado más, y de que Dios no es más honrado en el mundo; y un pesar compasivo hacia los semejantes; un sensible hacer y sufrir cada día todo por Dios, y soportar el problema por Dios, y hacer todo como el servicio del amor, y así hacerlo con una continua e ininterrumpida alegría, paz y gozo.
Ahora, aunque estas son experiencias de una mujer, ¿dirá alguien que hay algo en ellas que sea irrazonable o indeseable en un ministro de Cristo? Es cierto, de ningún modo debemos hacer consistir la piedad en transportes, como lo prueba irrefragablemente el gran hombre que registró estas cosas; sin embargo, hay horas o días en toda vida de piedad largamente continuada, que se recuerdan por años, y derraman su luz sobre toda la peregrinación restante. ¿Y quién debe codiciar estas vistas del Pisgá, si no los ministros de la palabra? Hay entre los papeles póstumos del incomparable Pascal uno que llevó mucho tiempo consigo, y que contiene el relato de una visitación particular del amor divino. Es una de las producciones más seráficas del lenguaje humano: en algunos lugares el gozo, el éxtasis y el amor que todo lo derrite parecen desafiar toda expresión ordinaria, y solo puede anotar frases rotas como, «¡gozo—gozo—lágrimas—lágrimas!». Los más grandes escarnecedores difícilmente contarán a Pascal y Edwards entre devotos irracionales.
Nuestra época está dispuesta a mofarse de las altas pasiones religiosas; quizá esa sea la razón por la que el patetismo del púlpito ha desaparecido en tal grado. No es, sin embargo, como instrumento homilético por lo que te insto a crecer en gracia, sino por razones mucho más trascendentales, que, como predicador, hace tiempo que aprendiste.
Fuente y atribución
Autor original: James Alexander
Título original: The Cultivation of Personal Piety — parte 3
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Alexander, publicado originalmente en Grace Gems.