Entre otras lecciones que aprendemos de la oración de nuestro Señor en Getsemaní se encuentra esta: todo nuestro clamor a Dios debería cerrarse con acquiescencia a la voluntad divina. Es justo pedir con insistencia por lo que anhelamos — con sinceridad y fervor —, pero nunca sin sumisión. Debemos reconocer que nuestro Padre tiene un plan para nuestras vidas, y que aquello que tanto ansiamos podría no estar de acuerdo con su designio. Por lo tanto, nunca deberíamos querer imponer nuestra voluntad contra la voluntad de Dios.
Había un hombre ignorante que deseaba orar, pero no sabía qué necesitaba. Tomando las letras del alfabeto, las colocó ante sí y dijo: «Señor, no sé qué necesito ni qué debiera pedir. Toma estas letras y ordénalas en la oración que yo debería elevar, y concédeme esa». Lo mejor posible para nosotros es siempre lo que Dios quiere para nosotros. A veces puede ser dolor, pérdida material o un duelo amargo; sin embargo, su voluntad es siempre amor, y en la simple rendición a esta voluntad encontraremos siempre nuestro mayor bien.
Ninguna oración, por lo tanto, agrada a Dios si no termina con este estribillo de Getsemaní. Este es también el camino hacia la paz: a medida que nos rendimos con amor y gozo, y fundimos nuestra propia voluntad en la de nuestro Padre, la paz de Dios fluye como un río dentro de nuestras almas.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: May Your Will Be Done
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.