El acto de humillarnos y abatirnos ante Dios es un deber de los creyentes a lo largo de cada etapa sucesiva de su carrera cristiana. Mientras seamos sujetos del pecado, debemos ser también sujetos del arrepentimiento. El pecado, y no meramente el castigo, es el fundamento de la humillación.
Es el más detestable egoísmo imaginar que, porque hemos sido librados de las consecuencias penales del pecado, no estamos bajo obligación alguna de yacernos en el polvo. Un pecador perdonado —y ningún creyente es nada más— debe ser siempre una criatura humilde y abatida ante la vista de Dios.
¿Quién puede contemplarlo sin horror?
"Cambiaron la verdad de Dios por la mentira, y adoraron y sirvieron a la criatura antes que al Creador —el cual es bendito para siempre. Por esto Dios los entregó a pasiones vergonzosas; pues aun sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por las que son contra naturaleza. De igual modo también los hombres, dejando las relaciones naturales con la mujer, se encendieron en su lascivia unos con otros, cometiendo actos indecentes hombres con hombres, y recibiendo en sí mismos la retribución debida a su extravío. Y como no tuvieron a bien reconocer a Dios, Dios los entregó a una mente depravada, para hacer lo que no conviene. Están llenos de toda injusticia, maldad, codicia y perversidad; están llenos de envidia, homicidios, contiendas, engaños y malicia; son murmuradores, calumniadores, aborrecedores de Dios, insolentes, soberbios y jactanciosos; inventan males; desobedecen a los padres; están sin entendimiento, son desleales, sin afecto natural, sin misericordia." Romanos 1:25-31
¡Qué cuadro! ¿Quién puede contemplarlo sin horror?
Tal es, sin embargo, el estado de la sociedad —tal el aspecto del mundo moral— tales son los crímenes que desfiguran, contaminan y atormentan a la humanidad bajo el reinado del paganismo, el cual, dondequiera que existe, convierte la tierra en el vestíbulo del infierno, una cueva de bestias salvajes, un dominio de demonios malignos —que educa hombres para convertirse en demonios en medio de los peores excesos de la depravación— y tortura a sus víctimas en este mundo, en preparación a su ejecución en el próximo.
¿Quién que pretende llevar en su pecho el corazón de un hombre, y mucho más quien profesa tener el espíritu de un cristiano, que es la mente de Cristo —no ha de lamentar con amargura de alma sobre este espantoso desierto, y anhelar someter estas moradas de crueldad al reinado del amor cristiano?
Fácil es el descenso al infierno.
Las Escrituras en todas partes representan la verdadera piedad por términos, alusiones y figuras que implican el mayor esfuerzo y el trabajo más perseverante. De ahí que se nos mande...
"esforzarnos a entrar por la puerta estrecha," "correr con perseverancia la carrera que nos es puesta delante," "trabajar por la comida que perdura para vida eterna," "pelear la buena batalla de la fe," "mortificar los hechos del cuerpo," "crucificar la carne."
¡Qué términos! ¡qué ideas! ¡qué metáforas! ¿Puede algo que se logre fácilmente requerir o justificar el uso de tal lenguaje? Si fuera cosa fácil ser cristiano, ¿podrían los escritores sagrados con propiedad alguna emplear figuras tan fuertes y tan expresivas?
Nada, sin duda, puede enseñarnos con mayor impresividad la necesidad absoluta e indispensable de esfuerzo incesante así como vigoroso.
El camino del pecador es cuesta abajo.
Fácil es el descenso al infierno.
Un transgresor no tiene más que entregarse a la indulgencia de sus corrupciones, ¡y se deslizará a la perdición sin esfuerzo!
No así el verdadero cristiano. El cielo está representado como en una eminencia alta, que no puede alcanzarse sin una escalada constante y laboriosa. Hablamos del temple cristiano, de la religión práctica, de la santificación, de avanzar a través de todas las pruebas y tentaciones de la vida hacia la posesión de aquella corona de gloria que Cristo ha merecido para nosotros; ¡y si esto es tarea fácil, no hay nada difícil!
Fuente y atribución
Autor original: John Angell James
Título original: A humble and self-abased creature
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John Angell James, publicado originalmente en Grace Gems.