¡Con cuánta misericordia y maravilla el Señor Jesús se ajusta a cada condición de nuestra humanidad caída y pecadora! Consideremos esta ilustración: el pecado es una herida mortal, una enfermedad que corroe y arrasa el alma. Y Jesús se nos revela como el Gran Médico, cuya sangre es el remedio soberano. Sus propias palabras lo enseñan: "Los sanos no tienen necesidad de médico, sino los enfermos. No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento." ¡Qué gozosa nueva se proclama aquí! Es como si un edicto real recorriera una ciudad azotada por la peste anunciando que se ha hallado un remedio soberano y se ha provisto un médico infalible, y que todo aquel que quiera acogerse a esa provisión será sanado gratuitamente y eficazmente.
Tal es el anuncio real del evangelio a este mundo herido por el pecado. Espiritualmente convencidos del aguijón mortal del enemigo, doloridamente conscientes del veneno que recorre todo nuestro ser paralizando cada facultad y manchando cada pensamiento, sentimiento y acción, ¡cuán bienvenido llega el mensaje de que hay bálsamo en Galaad y un Médico allí, y de que Jesús sana a todos los que tienen necesidad de sanidad! Todo esto es provisión del amor del Padre. Uno en naturaleza, el Padre y el Hijo son uno en el gran remedio para el alma, de modo que al llevar mi caso, por desesperado que sea, a Cristo, tengo garantía divina para creer que seré sanado.
Y ¿qué sana el Señor? Su Palabra responde: Él sana todas nuestras enfermedades. Cuando estuvo en la tierra, los males que nadie podía curar huían a su toque; y hoy su compasión, su poder y su disposición siguen siendo las mismas. Si esta enfermedad o este dolor son los medios para promover tu santificación y tu idoneidad para el cielo, mi voluntad se perderá en la tuya, Señor. Jesús es el Gran Sanador de todas nuestras enfermedades espirituales: nunca deja de sanar al que se refugió en su cruz. Cuidado, alma mía, con cualquier sanidad que no sea la de Cristo ni ningún remedio que no sea su sangre. Ve a Él tal como estás, clama creyendo: "Sáname, oh Jehová, y seré sano." ¡Qué Médico tan amoroso, dulce y hábil es Jesús! Sin una mirada fría ni una palabra de reproche, sana la peor enfermedad del pecado y nunca pierde a quien busca su toque salvador.
Fuente y atribución
Autor original: Octavius Winslow
Título original: THE LORD MY HEALER
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de Octavius Winslow, publicado originalmente en Grace Gems.