Muchos cristianos están dispuestos a confesar un carácter poco amable. Parecen considerar que es un asunto de no mucha gravedad. Tal vez la misma abundancia de esta debilidad ciega nuestros ojos ante su falta de belleza y su pecaminosidad. Solemos ver el mal más como una flaqueza que como un pecado que nos hace culpables delante de Dios.
Pero no hay duda de que el mal genio es contrario a Cristo. No podemos imaginar a Jesús como áspero, susceptible, irritable, quejumbroso ni vengativo. El amor regía todas sus disposiciones, sus palabras y sus sentimientos. Él fue sometido a las pruebas más duras, pero nunca falló. Soportó toda clase de agravios, insultos y heridas; pero, como esas flores que desprenden su perfume más dulce solo cuando son trituradas, su vida despedía mayor dulzura cuanto más se exponía a la rudeza y a la dureza de los hombres. Nos parecemos a Cristo sólo en la medida en que tengamos la paciencia, la mansedumbre y el buen carácter de Cristo.
Todos estamos de acuerdo en que el mal genio es muy desagradable en los demás. Sabemos también cuánto malestar y dolor causa un carácter áspero dondequiera que vaya la persona. El mal genio no es más hermoso en nosotros, tal como aparecemos a los ojos de los demás.
Una enseñanza esencial del cristianismo es que la naturaleza humana dañada puede ser transformada. El peor carácter puede ser educado hasta alcanzar la más divina dulzura de espíritu. La lengua que ningún hombre puede domar, Cristo puede domarla, de modo que, en lugar de amargura, sólo broten palabras de amor.
Pablo ya era un hombre bastante anciano cuando dijo que había aprendido a contentarse cualquiera que fuera su situación. Sus palabras sugieren también que no le fue fácil aprender esta lección y que no alcanzó pleno dominio de ella sino hasta llegar a la vejez.
La lección del dulce carácter es probablemente tan difícil como la del contentamiento. También tiene que aprenderse, pues no viene de manera natural. Esta lección se puede aprender. Sólo necesitamos ponernos en la escuela de Cristo y permanecer allí, aceptando su enseñanza y su disciplina, y avanzando poco a poco, hasta que al fin podamos decir: "¡He aprendido, en cualesquiera circunstancias que me encuentre, bajo cualquier provocación, irritación o tentación a la ira o a la impaciencia, a conservar siempre un carácter dulce!"
Esta lección se puede aprender. Entre la propia familia de discípulos de Jesús hubo uno que al principio era apresurado, fogoso y vengativo, pero que con el tiempo creció hasta tal belleza de disposición y de carácter que llegó a ser conocido como el discípulo amado, el discípulo del amor. Juan aprendió su lección recostándose sobre el pecho de Jesús. La intimidad con Cristo, la amistad cercana y personal con Él, el vivir cerca de su corazón de amor, transformará la naturaleza más egoísta y poco amable en dulzura de espíritu.
Tal amor dentro del corazón pronto se enseñoreará de toda la vida exterior: las disposiciones, el hablar, los modales y todas las expresiones de la vida interior. Así, la amargura, la ira, el alboroto y toda maledicencia darán lugar a la mansedumbre, la bondad y la gracia.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: John learned his lesson by lying on the bosom of Jesus!
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.