¿Cómo latirían sus pechos y palpitarían sus corazones los que son arrojados a un foso de leones, mientras las bestias salvajes desgarran su carne y les rompen los huesos en pedazos!
¡Cuán amargo debió ser el clamor de Egipto en aquella memorable noche, cuando en cada casa yacían sin aliento los primogénitos de hombre y bestia, y el lúgubre lamento se repetía de frontera en frontera y de un extremo a otro de la tierra!
¿Cuál no sería el estupor de los habitantes de Sodoma cuando llovió del cielo fuego y azufre de esos mismos cielos que solían enviar refrescantes lluvias y donde los azules firmamentos deleitaban la vista!
¡Cuán grande debió ser el asombro de los asirios sobrevivientes y de su rey, cuando por la mañana hallaron a su poderoso ejército convertido en una multitud de cadáveres!
¿Cuál no sería el dolor del hombre que, cayendo en desgracia de su soberano, es desterrado de sus parientes más cercanos y amigos más queridos a perpetua soledad, o a la compañía de monstruos y salvajes? ¿Cuáles no serían los desgarros del corazón de aquellos padres, mientras sus tiernos hijos gritan, gimen y mueren bajo crueles verdugos con muertes sangrientas?
¿Qué no sentirían la hermana, la madre, la esposa en la orilla, mientras la nave que lleva al hermano, al hijo, al esposo se estrella contra las rocas y perecen, por así decirlo, en su presencia!
¿Cuál no sería el horror del desgraciado condenado que permanece y ve encenderse el fuego que ha de consumirlo en cenizas!
¿Cuál no sería el terror de una ciudad tomada por asalto, cuando en cada calle, jóvenes y ancianos, hombres y mujeres, perecen a espada, y el aire se llena de gritos, lamentos y gemidos!
¿Cuál no sería el estupor de aquel pobre pueblo, mientras por el monte ardiente rueda incontenible la espantosa lava y cubre y consume cuanto se interpone en su camino!
¡Qué palidez de rostro, qué temblor de miembros, qué desmayo del corazón acompañarían la carnicería de un campo de batalla ante un enemigo inexorable, pero vencedor!
¿Qué no sentirían los habitantes de una ciudad despertados a medianoche por el sonido del fuego en todos los barrios, cuando todo lo suyo arde ante ellos y algunos de sus amigos más queridos rugen pidiendo auxilio, pero perecen entre las llamas, mientras la conflagración es seguida por un terrible terremoto que sacude el mundo hasta sus cimientos, de modo que la tierra se hiende, traga a habitantes y ciudad, y cierra su boca, y nunca más son vistos!
Tal, y diez mil veces peor, es la angustia de la condenación, cuando toda la muchedumbre sin Cristo será castigada con eterna destrucción, apartada de la presencia del Señor y de la gloria de su poder.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: The anguish of Damnation
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.