Fuerza y belleza

La belleza de lo imperfecto ante los ojos de Dios

Una meditación sobre cómo Dios halla belleza en nuestros esfuerzos imperfectos, en nuestras derrotas fieles y en el sufrimiento vivido a la luz del evangelio.

La mayoría de nosotros nos aflijimos por nuestras faltas y nuestros fracasos. Nuestras imperfecciones nos desalientan. Nuestras derrotas muchas veces quiebran nuestro espíritu y nos llevan a renunciar. Pero esta no es la verdadera vida. Cuando la miramos de la manera correcta, vemos que las experiencias que tanto nos han desalentado encierran en sí mismas elementos de esperanza y aliento.

Hay belleza en la imperfección. Quizá no lo habíamos pensado, pero lo imperfecto en una vida piadosa es realmente lo perfecto en un estado incompleto. Es una etapa de progreso, una fase de desarrollo. Es el cuadro antes de que el artista lo haya terminado. Es, por tanto, hermoso en su tiempo y en su lugar.

Una flor es hermosa, aunque comparada con la fruta madura y jugosa, cuya profecía lleva en su corazón, parezca muy imperfecta. El brote tierno es agraciado en su forma y gana admiración, aunque no sea más que el comienzo del gran árbol que con el tiempo llegará a ser. Un niño no es un hombre. ¡Cuán débil es la infancia! Sus facultades están sin desarrollar, sus capacidades sin entrenar; está aún sin sabiduría, sin habilidad, sin fuerza, sin capacidad para hacer algo valiente o noble. Es un hombre muy imperfecto. Sin embargo, ¿quién culpa a un niño por su incompletud, su inmadurez, su imperfección? Hay belleza en su imperfección.

Todos somos niños de mayor o menor crecimiento. Nuestras vidas están incompletas, sin desarrollar. Pero si vivimos como debemos, hay una verdadera belleza moral en nuestra imperfección. Es un proceso natural y necesario en el despliegue de lo perfecto.

El trabajo de un niño en la escuela puede ser muy defectuoso y, sin embargo, hermoso y lleno de aliento y esperanza, porque muestra esfuerzo fiel y digno de mejora.

Un maestro de escritura elogia a sus alumnos mientras revisa la página que han escrito. Les dice, a algunos de ellos, que han hecho un trabajo excelente. Uno mira su obra, sin embargo, y la encuentra muy defectuosa en verdad: la escritura rígida e irregular, las letras formadas toscamente, y no comprende por qué el maestro habla con tanta aprobación del trabajo de los alumnos. Sin embargo, él ve en él una belleza real porque, comparada con la página de ayer, muestra una notable mejora.

Así es en todo aprendizaje. El niño hoy caminó tres pasos solo, y la madre está encantada con el logro de su bebé. Eran sus primeros pasos. Una niña se sienta al piano y toca el ejercicio más sencillo con solo unos cuantos errores, y toda la familia se entusiasma en sus elogios por la ejecución. Como música, fue muy exigua y defectuosa. Si la hermana mayor, después de diez años de lecciones y práctica de música, no fuera capaz de tocar mejor de lo que la niña lo ha hecho, habría habido decepción, y no elogio alguno. La ejecución imperfecta fue hermosa porque, al pertenecer a las primeras etapas del aprendizaje de la niña, daba evidencia de estudio y práctica fieles.

Una madre encontró a su niño intentando dibujar. Muy toscos eran los intentos, pero para su ojo presto y su corazón anhelante, las figuras eran hermosas. Llevaban en sí las profecías del futuro del niño, y la madre se inclinó y lo besó en su alegría, elogiando su obra. Comparadas con la obra maestra del artista cuando el niño alcanzó su plenitud, estos bocetos toscos no tenían hermosura alguna. Pero eran hermosos a su tiempo, como los primeros esfuerzos del niño.

Lo mismo es cierto de todo esfuerzo fiel por aprender a vivir. Podemos seguir a Cristo muy imperfectamente, tropezando a cada paso, realizando solo en la medida más pequeña las cualidades del discipulado ideal; pero si estamos haciendo lo mejor que podemos y luchamos continuamente hacia todo lo que es digno, nuestros esfuerzos y logros son hermosos a los ojos del Maestro y le agradan.

En el Nuevo Testamento se hace una distinción entre perfección e inculpabilidad. Seremos presentados sin falta al final, ante la presencia de la gloria divina; pero incluso aquí, con toda nuestra imperfección, se nos exhorta a vivir de manera que seamos irreprensibles. Es decir, debemos hacer lo mejor que podamos, viviendo sincera e irreprensiblemente. Entonces, cuando Cristo nos mira, se complace. Él nota muchas faltas, y nuestra mejor obra está llena de errores; pero ve belleza en toda la imperfección, porque nos esforzamos por agradarle y alcanzamos hacia la perfección.

Hay un hogar de riqueza y esplendor en el que el más sagrado y preciado tesoro doméstico es un trozo de costura fruncida. Una niña un día tomó la obra de la madre —algo sencillo que ella había estado haciendo y había dejado— y, después de media hora de quietud, se la llevó a la madre y se la dio, diciendo: «Mamá, yo te he estado ayudando, porque te quiero mucho». Las puntadas eran largas y la costura estaba tirante y fruncida. Pero la madre solo vio belleza en todo ello, pues hablaba del amor del niño y de su anhelo por ayudarla y agradarla. ¡Esa noche la pequeñita enfermó, y en pocas horas murió! No es de extrañar que la madre llame a aquel pequeño trozo de costura fruncida uno de sus más raros tesoros. Nada de lo que las manos más hábiles han labrado, nada de mayor valor entre todas sus posesiones domésticas, significa para ella ni la mitad de lo que significa aquel trozo de puntadas echadas a perder por su hijo.

¿No será algo parecido a esto la manera en que Dios mira los esfuerzos más humildes de sus hijos por hacer cosas para él? Somos bien conscientes de cuán defectuosa debe parecerle a nuestro Maestro incluso la mejor obra cristiana hecha en este mundo: cuán llena de falta de sabiduría, de falta de belleza, cuán necia gran parte de ella, cuán mezclada con ego y vanidad, cuán falta de tacto, cuán indiscreta, cuán sin oración ni amor, cuán ignorante, cuán poco amable. Pero él no nos reprende por ello, no nos culpa por hacer de manera tan imperfecta las cosas sagradas que nos ha encomendado. ¡Sin duda, muchas de nuestras torpes equivocaciones, nuestras piezas de obra más defectuosas, se cuentan entre los tesoros más sagrados y más queridos de nuestro Maestro en el cielo!

Entonces él usa nuestros esfuerzos torpes, si solo hay en ellos amor y fe, para bendecir a otros, para hacer el bien, para edificar su reino. Cristo está salvando al mundo hoy, no mediante la obra impecable de ángeles perfectos, sino mediante la obra pobre, ignorante, defectuosa, muchas veces muy falta de tacto y necia de discípulos que lo aman y quieren ayudarle.

Tomemos otra fase de la misma verdad. Solemos pensar en la derrota como algo deshonroso. A veces lo es. Es deshonrosa cuando viene por cobardía o falta de esfuerzo. Debemos entrenarnos para ser vencedores. Pero cuando alguien ha hecho valientemente lo mejor que ha podido y, a pesar de todo, ha caído en la lucha, no hay desgracia alguna en su fracaso.

Se libra una doble batalla siempre que un hombre lucha contra condiciones difíciles o circunstancias adversas, y es posible que falle en una y salga victorioso en la otra. Con demasiada frecuencia un hombre triunfa en su batalla con el mundo a costa de la verdad y de lo recto. Esa es derrota en verdad, sobre cuyo deshonor el cielo se entristece. Pero cuando un hombre fracasa en su lucha con las circunstancias y, sin embargo, sale con su virtud sin mancha, es un conquistador en verdad, ¡y su victoria da gozo al corazón de Cristo! Un fracaso así es, a los ojos del cielo, un éxito glorioso y no una deshonra de la vida.

La derrota es la escuela en la que la mayoría de nosotros debemos ser entrenados. En toda clase de trabajo, los hombres aprenden cometiendo errores. El hombre de negocios exitoso no empezó con el éxito. Aprendió por experiencia, y la experiencia fue muy costosa. La verdadera ciencia de vivir no es no cometer errores, sino no repetir los propios errores. La derrota, cuando uno ha hecho lo mejor que ha podido y cuando saca una lección de su derrota, no es algo de lo que avergonzarse, sino algo por lo que alegrarse, pues pone los pies de uno en un plano un poco más alto. La derrota que nos hace más sabios y mejores es una bendición para nosotros.

Un anciano contó que, al repasar su vida, descubrió con gran sorpresa que las mejores cosas de su carácter y de su carrera eran los frutos de lo que él consideraba sus fracasos y sus locuras. Esas derrotas habían obrado en él nueva sabiduría, lo habían llevado al arrepentimiento y a renovaciones de la fe en Dios, y habían demostrado así ser fuentes de las más ricas bendiciones y bienes. Probablemente lo mismo sea cierto, en mayor o menor grado, de toda vida. Debemos más a nuestras derrotas, con el humillamiento de la vieja naturaleza, la purificación de los motivos y los afectos, y el ahondamiento de la confianza en Dios, que a las experiencias más orgullosas que llamamos nuestros éxitos.

Cuando empezamos a recordar los nombres de los hombres que más han influido en el mundo para bien, descubrimos que muchos de ellos, al menos, parecían ser hombres derrotados y su vida un fracaso.

—¡Dios me libre de huir de ellos! —dijo Judas Macabeo cuando, con solo ochocientos hombres fieles, se le instó a retirarse ante el ejército sirio de veinte mil—. Si ha llegado nuestra hora, muramos varonilmente por nuestros hermanos, y no manchemos nuestro honor.

«Dura fue la batalla», escribe el historiador; «Judas y sus ochocientos no fueron arrojados del campo, sino que yacían muertos en él».

Aquello pareció una derrota, pero no hubo deshonor en ella. Se cuenta, en efecto, entre los más nobles logros del mundo. En ninguna victoria registrada hay mayor gloria. Los ochocientos murieron por la libertad, y las incontables bendiciones llegaron a la nación y al mundo por la obra de aquel día. Su derrota no fue sino un modo de victoria.

Sería fácil llenar páginas con los nombres de individuos que han caído en la derrota, pero que en su mismo fracaso han desencadenado influencias que han enriquecido al mundo.

En el centro de esta gran hueste está Jesucristo. La historia de su vida bendita es, según el criterio del mundo, una historia de fracaso y derrota. Pero, ¿dejó la cruz una mancha en su nombre? ¿No es acaso la gloria misma de su vida el haber muerto así en la oscuridad de aquel día? ¿Fue su carrera un fracaso? El cristianismo es la respuesta. Él es también el Capitán y líder de una gran hueste que, como él, ha sido derrotada y ha fracasado, pero que ha hecho al mundo más rico con su sacrificio. Que nadie hable de tales derrotas como de manchas en nombres ilustres; más bien son adornos de gloria. En todo fracaso así hay belleza divina.

Hay otra aplicación de la misma verdad. La vida terrenal está llena de dolor y tristeza. Dios tuvo un Hijo sin pecado, pero no tiene ninguno sin sufrimiento, pues Cristo fue el príncipe de los que sufren. El mundo considera la adversidad y el dolor de toda clase como desgracia. Jamás llamaría bienaventurado o feliz a un hombre cuya vida está llena de prueba y de lágrimas. Pero el evangelio proyecta una luz nueva, la luz del cielo, sobre la vida terrenal, y en esta luz admirable, la aflicción y el dolor se muestran hermosos.

Una de las bienaventuranzas de nuestro Señor es para la vida atribulada: «Bienaventurados, o dichosos, son los que lloran». A la luz del evangelio de Cristo, no es una bendición estar sin prueba. Más bien es una señal del amor de Dios cuando somos llamados a soportar disciplina. En esta, la más oscura de las manchas de la vida, tal como los hombres la considerarían, hay belleza.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The Beauty of the Imperfect

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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