Religión entre semana

La belleza de una vida que brilla en silencio

Las vidas calladas, como el rocío, hacen la obra más hermosa y duradera para Dios sin buscar reconocimiento humano, confiando en la recompensa que el Padre da en secreto.

Muchas personas miden el poder o la eficacia de un hombre por el ruido que hace en el mundo. Pero este criterio no siempre es correcto. El tambor hace mucho más ruido que la flauta, pero para la música verdadera, que estremece el alma y sosiega, la flauta es mil veces más eficaz. Los jóvenes, al iniciar la vida, suelen pensar que deben hacer todo el ruido que puedan, pues de lo contrario sus vidas serán fracasos. Deben hacer que sus voces se oigan por encima del estruendo y el clamor del mundo, o de lo contrario permanecerán desconocidos y morirán en la oscuridad. Pero las personas pensativas y observadoras siempre comprueban cuán poco poder real hay en «el rebuzno del metal».

La vida se mide por sus resultados finales y permanentes. No por el lugar que un hombre ocupa ante el público ni por la frecuencia y la sonoridad de sus declaraciones, sino por los beneficios y las bendiciones que deja tras de sí en otras vidas, debe calibrarse su verdadera eficacia. Se verá, en la gran consumación, que quienes han obrado en silencio y sin clamor ni fama han logrado, en muchos casos, los resultados permanentes más gloriosos.

Hay grandes multitudes de vidas humildes vividas en la tierra, que no tienen nombre entre los hombres, cuya obra ninguna pluma registra, ningún mármol inmortaliza, pero que son bien conocidas y entrañables para Dios, y cuya influencia se verá, al final, que alcanza las costas más lejanas. No hacen ruido en el mundo, pero no hace falta ruido para que una vida sea hermosa y noble.

Muchos de los ministerios más potentes de Dios son silenciosos. ¡Con cuánto silencio caen todo el día los rayos del sol sobre los campos y los jardines! Y, sin embargo, ¡qué aliento, qué inspiración, qué vida y belleza esparcen! ¡Con cuánto silencio florecen las flores! Y, sin embargo, ¡qué ricas bendiciones de fragancia emiten! ¡Con cuánto silencio avanzan las estrellas en sus marchas majestuosas alrededor del trono de Dios! Y, sin embargo, el telescopio nos muestra que son mundos poderosos o grandes soles centrales que representan un poder del todo incalculable. ¡Con cuánto silencio trabajan los ángeles, pisando con paso callado por nuestros hogares y cumpliendo siempre sus incansables ministerios por nosotros y a nuestro alrededor! ¿Quién escucha el aleteo de sus alas o el susurro de sus lenguas? Y, sin embargo, se agolpan a lo largo de nuestro camino y nos traen cada día ricas alegrías de consuelo, protección, dirección y fortaleza.

¡Con cuánto silencio obra el mismo Dios! Da su bendición mientras dormimos. No hace alarde. No oímos sus pisadas, y, sin embargo, siempre se mueve a nuestro alrededor y nos ministra de diez mil maneras, y nos trae los dones más raros y finos de su amor.

Luego, ¿quién no recuerda lo silenciosa que fue la vida humana de nuestro Señor Jesús en la tierra? No contendió ni clamó, ni los hombres oyeron su voz en la calle. No buscó, sino más bien rehuyó, la publicidad y la notoriedad. Su maravilloso poder era poder de vida, poder de corazón, que él derramó en silenciosa influencia entre la gente, y que todavía palpita en todas las tierras, en millones de corazones, y en todas las vastas moradas de los espíritus redimidos.

Y muchos de los siervos terrenales de nuestro Señor han captado su espíritu, y trabajan con tanta quietud que apenas son reconocidos entre los hombres como obreros. En su humildad ni siquiera se suponen de alguna utilidad, y se apenan por su inutilidad como siervos de Cristo, y, sin embargo, en el cielo están inscritos entre los más nobles de sus ministros. No hacen grandes cosas, pero sus vidas están llenas de irradiaciones de bendición. Hay una influencia callada e inconsciente que sale de ellos constantemente, y cae como una bendición sobre toda vida que entra en su sombra; porque no son solo nuestras obras elaboradamente forjadas las que dejan resultados tras de sí. Gran parte de la mejor obra que hacemos en este mundo se hace de manera inconsciente. Hay muchas personas tan ocupadas en lo que se llama trabajo secular que apenas encuentran unos momentos para dedicarlos a obras de benevolencia. Pero salen cada mañana de la presencia de Dios y van a su negocio o trabajo diario, y todo el día, según se mueven, dejan caer palabras suaves de sus labios y esparcen semillas de bondad a lo largo de su camino. Al día siguiente brotan en las duras y polvorientas calles de la tierra flores del jardín de Dios, y a lo largo de los senderos de trabajo que sus pies han pisado.

Más de una vez en las Escrituras, las vidas del pueblo de Dios en este mundo son comparadas con el «rocío». Puede haber otros puntos de analogía, pero es especialmente digno de notar el modo callado en que el rocío cumple su ministerio. Cae silenciosa e imperceptiblemente. No hace ruido. Nadie lo oye caer. Escoge la oscuridad de la noche, cuando los hombres duermen y nadie puede presenciar su hermosa obra. Cubre las hojas con racimos de perlas. Se desliza en el seno de la flor y deja allí una nueva copa de dulzura. Se derrama entre las raíces de las gramas y las hierbas tiernas y las plantas. Por la mañana hay fresca belleza por doquier, y vida nueva. Los campos lucen más verdes, los jardines son más fragantes y toda la naturaleza resplandece y centellea con un nuevo esplendor.

¿No hay aquí una sugerencia acerca de la manera en que debemos procurar hacer el bien en este mundo? ¿No debería ser nuestro afán que nuestra influencia se sienta más que verse y oírse? ¿No deberíamos desear esparcir bendiciones de manera tan silenciosa y tan secreta que nadie sepa qué mano las dejó caer?

Todo el espíritu de la enseñanza de nuestro Señor confirma esto: «Cuando, pues, des limosna, no hagas tocar trompeta delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en las calles, para ser alabados por los hombres. De cierto os digo, que ya tienen su recompensa. Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público.» Mateo 6:2-4

Traducidas a la vida diaria, estas instrucciones parecerían significar que no debemos procurar que todos nuestros actos benévolos sean publicados en los periódicos. Parecerían significar que no debemos desear publicidad ni alabanza humana por cada cosa generosa que hacemos, cada sacrificio que realizamos y cada bondad que mostramos. Parecen, en efecto, implicar que incluso deberíamos esmerarnos en que nuestras buenas obras no se dieran a conocer en absoluto, que debiéramos procurar realizarlas de manera tan silenciosa y secreta que el mundo jamás oyera ningún informe de ellas. Cuando el motivo es recibir la alabanza de los hombres o exhibir nuestra bondad, el acto pierde su hermosura ante los ojos de Dios.

Esta prueba, aplicada, puede hallarnos a muchos faltos. ¿Estamos dispuestos a ser como el rocío, a salir a escondidas en la oscuridad, llevando bendiciones a las puertas de los hombres que los enriquezcan, les hagan bien y les den gozo, y a deslizarnos de nuevo antes de que despierten para saber qué mano trajo el regalo? ¿Estamos dispuestos a trabajar sin gratitud, sin reconocimiento, sin alabanza humana, sin retribución? ¿Estamos contentos de que nuestras vidas se derramen como el rocío para bendecir al mundo y hacerlo más fructífero, y, sin embargo, permanecer nosotros escondidos, viendo los efectos de nuestro trabajo y sacrificio por todas partes, en hogares iluminados y caracteres mejorados, en bellezas y gozos que brotan, en sociedad renovada, en instituciones buenas, y en beneficios preparados por nuestras manos y disfrutados por otros, y, sin embargo, no oír jamás nuestros nombres pronunciados en alabanza u honor, y acaso oír los gritos de aplauso dedicados a los nombres de otros?

Y, sin embargo, ¿no es así como debemos vivir como seguidores de Cristo? El honor ha de buscarse para él. Debemos procurar ser bendiciones en el mundo, respirar inspiración por doquier, derramar influencias vivificadoras sobre otras vidas, impartir ayuda e impulso noble a cuantos encontremos, y luego desaparecer, para que los hombres no nos alaben a nosotros, sino que eleven sus corazones a Cristo solo. Florence Nightingale, habiendo ido como un ángel de misericordia entre los hospitales de Crimea hasta que su nombre quedó grabado en el corazón de cada soldado, pidió ser dispensada de que le tomaran su retrato, como miles le rogaban, a fin de pasar a la sombra y ser olvidada, y de que Cristo solo fuera recordado como autor de las bendiciones que sus manos habían dispensado. Ese es el verdadero espíritu cristiano.

Y de esta manera todos nosotros también podemos aprender a vivir, si queremos. De esta manera han vivido innumerables humildes, y viven continuamente.

Hay madres que a veces se afanan porque sus esferas de utilidad parecen tan reducidas. Anhelan poder hacer cosas grandiosas, como los pocos que son elevados por encima del nivel común, y que se les permita vivir sus vidas en la cumbre del monte, bajo la mirada del mundo. Pero ellas, en verdad, tienen campos mucho más grandiosos de lo que sueñan. Nadie que viva para Dios y para el amor puede llamarse oscuro. ¿No vigilan los ángeles? ¿No contempla todo el cielo? ¿Es alguien oscuro, teniendo el cielo por anfiteatro? Entonces, ¿quién puede decir la influencia poderosa y de tanto alcance de la vida de una madre humilde que vive para sus hijos? Madres han vivido en penuria y oscuridad, formando hijos para mover al mundo, y han vivido con buen propósito.

La mejor obra del verdadero padre y maestro es obra callada e inconsciente. No es lo que un hombre dice o hace a propósito y con intención directa lo que deja la huella más honda en el mundo y en otras vidas, sino las influencias inconscientes y no planeadas que salen de él como las fragancias de un jardín, ya despierte o duerma, ya esté presente o ausente.

Parece que Dios marchita las cosas de que nos enorgullecemos y las reduce a la nada. Entonces, cuando no tenemos intención de hacer nada grande, nos usa a nosotros y a nuestra obra para propósitos nobles, y para hacer impresiones duraderas en el mundo y en su vida.

Son las vidas calladas, no pregonadas, las que edifican en silencio el reino de los cielos. No se les presta mucha atención aquí. No aparecen en los periódicos. Sus monumentos no lucirán mucho en el cementerio. Sus nombres no serán transmitidos a la posteridad con muchas coronas en torno. Pero su obra es bendita, y ni una sola de ellas es olvidada.

Ni una vida vivida para Dios es inútil ni está perdida. La más humilde escribe su historia y deja su huella en alguna parte, y Dios abrirá sus libros al final, y los hombres y los ángeles leerán el registro. En este mundo, estas vidas calladas son como aquellas flores modestas y humildes que no hacen alarde, pero que, escondidas bajo las plantas altas y las gramas, derraman dulces perfumes y llenan el aire con sus fragancias. Y en el cielo recibirán su recompensa: no alabanza de los hombres, sino confesión abierta por el Señor mismo, en presencia de los ángeles y del Padre.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The Beauty of Quiet Lives

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

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