Una bendición «verdadera» es lo que busca el alma que ha sentido alguna vez la miseria y la amargura del pecado, y ha gustado la dulzura de la salvación de Dios. Y estas bendiciones «verdaderas» se ven como espirituales y eternas. Comparadas con tales bendiciones, ve cuán vanas y vacías son todas las cosas terrenales, qué vanos juguetes, qué sueños ociosos, qué sombras pasajeras. Se maravilla de la necedad de los hombres al ir tras tales apariencias vanas, gastando tiempo, salud, dinero, la vida misma, en la persecución de nada sino miseria y destrucción. Cada campana de funeral que oye pasar, cada cadáver llevado lentamente a la tumba que ve, le impresiona con sentimientos solemnes acerca del estado de los que viven y mueren en sus pecados. Así aprende cada vez más a contrastar el tiempo con la eternidad, la tierra con el cielo, los pecadores con los santos, y los profesantes con los poseedores. Por estas cosas se le enseña, con Baruc, a no «buscar grandes cosas» para sí, sino cosas reales; cosas que sobrevivan al tiempo y le preparen para la eternidad. Es así llevado a preocuparse poco por la opinión de los hombres acerca de lo que es bueno o grande, pero mucho por lo que Dios ha estampado con su propia aprobación, tales como una conciencia tierna, un corazón quebrantado, un espíritu contrito, una mente humilde, una separación del mundo y de todo lo mundano, una sumisión a su santa voluntad, una mansa resistencia de la cruz, una conformidad a la imagen sufriente de Cristo, y una vida vivida para la gloria de Dios.
Cuando el Señor gracioso se complace en darle un descubrimiento de sí mismo, derramando un dulce sentido de su bondad y misericordia, de su sangre expiatoria y de su amor moribundo, el alma es llevada a anhelar más y más la manifestación de aquellas bendiciones que solo se hallan en él. Porque sus bendiciones no son como las meras misericordias temporales que disfrutamos de su mano, todas las cuales perecen al usarlas, sino que son para siempre jamás; y una vez dadas, jamás son quitadas. Llegan así a ser prendas y degustaciones anticipadas de gozos eternos, pues son absolutamente irreversibles.
Cuando Isaac hubo bendecido a Jacob en el nombre de Dios, aunque la bendición se hubiera obtenido con engaño, sin embargo, una vez dada, no podía ser revocada. Dijo, pues, a Esaú: «Yo le he bendecido, y será bendito.» Así, cuando el Señor ha bendecido a su pueblo con alguna de aquellas bendiciones espirituales atesoradas en su inagotable plenitud, estas bendiciones son como él mismo, inmutables e invariables; porque «él es de un solo parecer, y nadie puede apartarlo»; «el mismo ayer, hoy y por los siglos».
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: February 27
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.