Las bienaventuranzas del Maestro

La bienaventuranza de los que lloran

El dolor, lejos de ser una maldición, es el escenario donde Dios revela su consuelo y forma en nosotros las notas más nobles del carácter, como un arpa que solo canta cuando la recorre el viento del invierno.

"Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados." Mateo 5:4

La casa del dolor es un lugar extraño para buscar la alegría. Los que lloran son las últimas personas que el mundo llamaría bienaventuradas o felices. En su búsqueda de la felicidad, los hombres no pensarían en buscarla entre las sombras del pesar. Sin embargo, Jesús dijo: "Bienaventurados los que lloran".

Son muchos los que lloran. Pocas son las casas en las que no hay algún pesar. No todos los dolores cuelgan el crespón de luto en la puerta, ni llevan una insignia visible de aflicción. Hay problemas secretos, y lágrimas que caen donde ningún ojo las ve.

¿Quiere decir Jesús que todos los que lloran son bienaventurados? ¡No! Hay dolores que no producen el fruto pacífico de justicia. Hay quienes sufren y no son bienaventurados. Él quiere decir que el estado de luto es aquel en el cual puede recibirse la bendición divina, más bien que en un estado sin lágrimas. La felicidad más profunda no es aquella que nunca ha sufrido, sino la que ha atravesado la experiencia del dolor y ha sido consolada. El hogar más feliz no es el que nunca conoció el pesar, sino aquel cuyos cantos de alegría llevan en sí una nota menor.

Se cuenta la historia de un barón alemán que construyó una gran arpa eólica tendiendo alambres de torre a torre de su castillo. Cuando el arpa estuvo lista, se quedó a la escucha de la música. Pero era en la calma del verano, y en el aire tranquilo los alambres permanecían silenciosos. Llegó el otoño con sus suaves brisas, y hubo tenues susurros de canto. Por fin, los vientos del invierno barrieron el castillo, y entonces el arpa respondió con majestuosa música.

Tal arpa es el corazón humano. No entrega su música más noble en los días de verano de la alegría, sino en el invierno de la prueba. Los cantos más dulces de la tierra se han entonado en el dolor. Las cosas más ricas del carácter se han alcanzado a través del sufrimiento. Aun de Jesús leemos que fue perfeccionado a través del padecimiento. Esto no significa que hubiera males en su naturaleza que debieran ser expulsados por el calor de la prueba, ni que hubiera escoria en el oro de su ser que solo el fuego pudiera quitar. El sentido es que había elementos aun en su humanidad sin pecado, que solo podían ser llevados a plena madurez por medio del dolor.

Se nos da en el libro del Apocalipsis un vislumbre de la vida celestial, en el cual se revela esta misma verdad. Era una visión de los redimidos, que cantaban sus alabanzas a Dios. Entre ellos había algunos que parecían tener una gloria especial: una gran multitud que nadie podía contar, recogida de todas las naciones, de pie en el lugar de honor delante del trono, vestidos con ropas blancas y con palmas en las manos. Cuando se preguntó: "¿Quiénes son estos tan favorecidos, y de dónde han venido?", la respuesta fue: "Estos son los que han salido de la gran tribulación". Esta multitud gozosa venía de hogares de dolor. Ellos fueron los que sufrían en la tierra, los que habían pasado por un bautismo de lágrimas. En el cielo llevan las ropas blancas, están más cerca del trono y portan los emblemas de la victoria más completa.

¡Cuán sorprendentemente interpreta esta visión la bienaventuranza: "Bienaventurados los que lloran"! La tierra considera el sufrimiento como una desgracia. El mundo compadece a los que son llamados a soportar el dolor. La condición de luto es una de la cual los hombres se apartan. Pero en el reino de los cielos, los favorecidos son los que son llamados a sufrir. En lugar de ser los desafortunados, ellos son los bienaventurados.

La misma enseñanza recorre todo el Nuevo Testamento. La aflicción no es una señal del desagrado divino, sino una prueba del amor divino. "A los que el Señor ama, los disciplina". En lugar de ser dañina para la vida, obrando daño y desluciendo, la prueba promueve la purificación del corazón y el enriquecimiento del carácter. "Ninguna disciplina, al presente, parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero después da fruto pacífico de justicia".

El secreto de esta extraña enseñanza se revela en la segunda parte de la bienaventuranza. ¿Por qué son bienaventurados los que lloran? Es porque ellos serán consolados. No es en el luto donde reside la bienaventuranza, sino en el consuelo que llega a los que lloran. El dolor en sí mismo no es una bendición. La enfermedad, el sufrimiento, la aflicción, la prueba, no son favores en sí mismos. Estas experiencias no pueden ser otra cosa que duras y amargas. Solo en sus frutos llega la bendición.

El consuelo divino es tal revelación de amor y de bien, que vale la pena llorar para recibirlo. Es una bendición que nunca podremos tener hasta que hayamos entrado en la experiencia del dolor. Nunca conoceríamos la gloria de las estrellas si el sol no se pusiera; pero sería una grave pérdida para nosotros vivir nuestros setenta años en este mundo sin haber visto jamás la maravilla de los cielos estrellados. Es una bendición que llegue la noche, para que podamos contemplar el esplendor de los cielos. Nunca conoceríamos el maravilloso consuelo de Dios si nunca tuviéramos pesar.

"Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados" significa que vale la pena ser uno que llora, con el corazón triste, para tener tal revelación. Tan rica es la bendición que hay en este consuelo celestial, que no sería menos que una desgracia atravesar la vida sin recibirlo.

Hay una vieja fábula que cuenta la experiencia de nuestro primer padre a la puesta del sol, el día de su creación. Mientras Adán contemplaba el glorioso astro hundirse hacia el horizonte, le pareció que solo podía sobrevenir calamidad a la tierra y al dosel de luz y de azul cuando el sol hubiera desaparecido. Con temor y terror esperó la llegada de la oscuridad. Pero ¡oh! No vinieron la angustia y la desolación, sino una nueva y maravillosa revelación.

Así tememos nosotros al dolor. Al verlo acercarse, por ejemplo, al contemplar la proximidad de la muerte en alguien muy amado, cuya vida ha sido el propio sol de nuestra existencia, nos parece que la oscuridad que viene sobre nosotros solo puede traer desolación completa y tinieblas sin alivio; que no quedará nada de alegría ni de belleza cuando la luz del amor humano se haya ido. Pero cuando por fin nuestro ser querido ha partido y nos hallamos envueltos en la noche del dolor, ¡ay! ¡una gloria de consuelo divino se revela en las tinieblas!

¿Qué cristiano que ha estado de luto no se ha asombrado, en medio de las experiencias de su duelo, al encontrar cosas tan maravillosas y nuevas en la Palabra de Dios? Había leído las preciosas palabras una y otra vez, mil veces, durante sus días de felicidad, ¡pero nunca había visto en ellas estos maravillosos consuelos divinos! La verdad es que no podía verlos mientras la alegría humana inundaba su vida. Estaban ocultos dentro del brillo de la luz terrenal, y solo podían revelarse en la oscuridad. Bienaventurados los que lloran, porque solo así y solo de esta manera podrían conocer jamás la gracia especial del consuelo de Dios.

¿Qué es este consuelo que es tan bendito conocer? Pocas palabras son más generalmente mal entendidas que esta palabra "consuelo". Muchos de nosotros creemos que estamos consolando a las personas cuando vamos y nos sentamos junto a ellas en el momento de su aflicción, y en nuestra propia medida entramos con ellas en sus experiencias, repasando los tristes detalles de su pesar, sin decir una sola palabra que los levante. Pero esa no es la manera de Dios de consolar a sus hijos que sufren. La palabra consuelo significa dar fuerza. Cuando Jesús atravesaba la agonía de Getsemaní, el Padre lo consoló enviando a un ángel para fortalecerlo. La copa del profundo dolor no podía apartarse, pero el corazón del que sufría fue animado por el ministerio del ángel, de modo que pudo beberla aun con gozo.

Esa es la manera en que Dios consolaría a todos sus hijos en su dolor. Puede que no les evite el pesar, porque hay bendición en él, ya sea para ellos mismos o para otros; pero si deben beber la copa, Él los fortalecerá para ello.

En el Salmo 55:22 hay una palabra llena de rica sugerencia: "Echa sobre el Señor tu carga, y Él te sustentará". En el margen, sin embargo, aparece la palabra don: "Echa sobre el Señor tu don". ¡Así que nuestra carga es el don de Dios para nosotros! Esto es verdad sea cual sea la carga: deber, pesar, dolor, pérdida, cuidado. Siendo don de Dios, debe haber una bendición en ella, algo bueno y algo que no podríamos perder sin grave menoscabo. Puede ser una bendición para nosotros, o puede ser para otros. En el huerto de Getsemaní, fue la bendición de la redención la que estaba en la copa amarga que fue acercada a los labios del santo que padecía. En todo caso, nuestra carga es el don de Dios, y no sería una bondad hacia nosotros si Él la quitara.

Pero hay más en la promesa. Hemos de "echar nuestra carga sobre el Señor, y Él nos sostendrá". Es decir, Él nos dará fuerza para llevar nuestra carga, para soportar nuestro sufrimiento. La historia de la espina en la carne de Pablo ilustra esto. La torturante carga no fue quitada, pero en su lugar vino gracia suficiente: la fuerza de Cristo para equilibrar la debilidad humana, de modo que Pablo pudo alegrarse en sus debilidades por la bendición que le llegó a través de ellas.

Esto, pues, es parte de la bendición que llega a los que lloran: reciben la fuerza de Dios para sostenerlos en su dolor. La carga puede no aliviarse, pero es en verdad una respuesta al clamor del corazón que pide ayuda, si se imparte nueva fuerza. Entonces el que sufre puede cantar, y el dolor se convierte en gozo.

Hay bendición también en los frutos del dolor, en la vida de los que permanecen en Cristo. No hay duda de que el sufrimiento aguarda a la entrada de todas las cosas más altas y mejores de la experiencia y del logro espiritual. "Es necesario que a través de mucha tribulación entremos en el reino de los cielos". Hay un bautismo de fuego, un bautismo de dolor que es necesario en conexión con el bautismo del Espíritu Santo. Aun Jesucristo recibió este bautismo doble. Aunque era Hijo, "aprendió obediencia por lo que padeció". Mucho más es necesario para nosotros, si queremos alcanzar las alturas de Dios, ir por el camino del dolor. Tiene que haber una purificación en el fuego si queremos ser limpios de nuestra pecaminosidad; y hemos de quemar —el aceite de nuestra vida ha de consumirse— ¡si queremos brillar!

Hay, por tanto, bendiciones que no podemos obtener si no podemos aceptar y soportar el sufrimiento. Hay goces que solo pueden llegar a nosotros a través del dolor. Hay revelaciones de la verdad divina que solo podemos recibir cuando las luces de la tierra se han apagado. Hay cosechas que solo pueden crecer después de que el arado ha hecho su ruda labor.

"Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados". No estar dispuesto a soportar el dolor y el sufrimiento es no poder alcanzar las mejores cosas de la gracia.

Fuente y atribución

Autor original: J. R. Miller

Título original: The Beatitude for the Mourner

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.

Comparte esta lectura