Una historia entretenida, o una descripción impresionante de alguna batalla famosa, captará nuestra atención y nos hará encender otra vela. Pero nos basta una pequeña porción de las Escrituras; sí, hay quienes se ocupan más de una novela bien escrita que de todas las interesantes verdades de la palabra de Dios. Esta es mi lamentación.
¡Ah! ¡Cuán censurable soy, que no valoro más este libro inestimable, donde el estilo es sublime, las imágenes conmovedoras, las figuras hermosas, la armonía manifiesta, los asuntos de infinita consecuencia y la gloria de Dios el fin de todo! Aquí son retratadas al vivo la corrupción y la gracia, y expuestos en luz instructiva los combates del viejo y del nuevo hombre. Aquí hay saetas que traspasan el corazón obstinado, y bálsamo de consuelo para el alma que sangra. Aquí se enseña a los reyes cómo reinar, y a los príncipes cómo juzgar; y aquí hay un directorio infalible para que las iglesias, en su capacidad pública, y los cristianos, en la privada, caminen por él. Este es el arsenal del cielo, del cual puedo provéerme de armas para mi guerra espiritual; pues la espada del Espíritu es la palabra de Dios.
Como un consolador lleno de ternura, la Palabra serena mis quejas, ahuyenta mis tristezas, anima mi espíritu abatido, reaviva mi esperanza, fortalece mi fe y me pone por encima de los huracanes del tiempo. Esta me alimenta con maná; no el maná del desierto, del cual murieron cuantos lo comieron, sino el maná divino, conservado en la olla de oro de la promesa, guardado en el arca del pacto de gracia, para toda la simiente escogida. Ciertamente, «fueron halladas tus palabras, y yo las comí; y tu palabra fue para mí gozo y alegría de mi corazón». Este es el único alimento que puede sostener las fuerzas del viajero hacia el cielo. Esto hace mi mesa tan bien provista y tan ricamente servida en presencia de mis enemigos. Con esto mi copa rebosa; y esta es mi ración diaria de la mesa del Rey, hasta el día en que sea admitido a sentarme a la mesa con el Rey. «Las palabras de tu boca son para mí más que miles de oro y plata. Me regocijo en tu palabra como el que halla un gran botín.»
Sin este sagrado libro no tendría felicidad aquí, ni esperanza para el futuro; pues es la carta del cristiano para la gloriosa herencia de arriba. La Biblia es mi directorio en todas las condiciones, en todo tiempo, en toda dificultad, en medio de toda compañía y en todo lugar. Ser condenado a leer una y otra vez una composición humana sería intolerable; pero ser privado de leer las Escrituras sería la muerte. Siempre son sabrosas y refrescantes para el paladar espiritual; como el viajero bebe del arroyo que le acompaña por el desierto cuantas veces la sed le abrasa, y siempre lo halla refrescante. Aquellas verdades que en una ocasión leemos con la convicción de que son divinas, llegan en otra, cuando el Espíritu sopla sobre ellas con tal poder, a hacer que en ellas oigamos a Dios hablando con nosotros, y nuestro corazón arde dentro de nosotros.
Aquí el tiempo queda limitado, y la eternidad es traída a luz; el mundo es envuelto en llamas y la nueva creación formada; aquí el cielo y la tierra conversan juntos, Dios y el hombre hablan; aquí la conciencia es interpelada, los pensamientos discernidos y los secretos sacados a la luz; de modo que la Palabra está llena de ojos y toda ella solemne en derredor.
Esta es la luz de la revelación, que disipa las tinieblas de la naturaleza corrupta, me muestra el mundo venidero, dispone el trono del juicio, toca la trompeta, congrega a las naciones, pronuncia la sentencia e introduce la eternidad. Sí, de este sagrado volumen puedo aprender a qué mano me pondré, y cuál será mi sentencia en aquel día terrible.
Ojalá yo me edifique una morada en la palabra de promesa que permanezca cuando el granizo barra los refugios de mentiras. De este querido libro escogeré mis cánticos en la casa de la peregrinación; y me tendré por más dichoso con unas cuantas promesas suyas que si poseyera cetros, coronas y reinos. Esta es la ventana por la cual el Amado se asoma; el celosía por el cual se muestra, hasta que apunte el día y huyan las sombras. En una palabra, esta sagrada palabra es el hermoso lucero que da el grato albor, hasta que el Sol mismo se levante y resplandezca en el cielo de la gloria.
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: On the Scriptures
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.