Los matemáticos jamás han intentado medir la eternidad, o la duración del mundo venidero. Aquí la mente finita no tiene idea de la eternidad sino por la sucesión de las edades, y sin embargo la sucesión pertenece al tiempo, no a la eternidad.
Los días, las semanas y los meses, allí no son nada; los años, las edades y las generaciones se pierden allí; los cientos, los miles y los millones ya no son allí; los tiempos, las eras y las duraciones determinadas se han ido para siempre allí; ¡todo está fijo, todo es eterno allí! En la eternidad no hay primero ni último, ni antes ni después; pues aunque Abel, con respecto al tiempo, fue sumido antes en la perpetuidad, no obstante no antes que los santos que estarán vivos en el último día, con respecto a la eternidad.
Los santos son como tantos convidados que se reúnen a un banquete: unos ya están sentados, otros se están sentando, otros están listos para sentarse, otros entran por la puerta y otros están a corta distancia de la casa; pero todos llegan a su tiempo para el festín. Adán, Enoc y Elías están sentados al banquete del amor; los profetas y los apóstoles están sentados a la cena de bodas del Cordero; algunos entran por la puerta de la dicha y muchos van de camino; pero todos llegarán a tiempo al divino convite que saciará a todos los convidados en las mansiones de la gloria.
¡Ay! ¿Con qué locura desesperada soy censurable yo que estoy así absorto en bagatelas transitorias y descuido las realidades del mundo sempiterno? Cuando considero la vanidad de toda grandeza terrenal, no puedo menos que concluir que quienes la persiguen están intoxicados con un veneno más peligroso que el de la tarántula, que hace morir a los hombres bailando; pues así como el uno afecta el alma, el otro solo el cuerpo. Pero aun cuando los placeres de este mundo fueran reales y sólidos, son tan transitorios que no merecen nuestra búsqueda. ¡Oh, cuán sabios son para las nimiedades terrenales, pero cuán necios para las realidades eternas! Pues ¿qué hombre, para aparecer con toda la majestad y grandeza de un rey por un día, sacrificaría su hacienda y pasaría el resto de su miserable vida en pobreza y oprobio? Y, con todo, por la vanidad, por bagatelas de un día, ¡nos precipitamos nosotros mismos para la eternidad!
Miro hacia adelante unos pocos años, quizá unos pocos días, y me veo a mí mismo en la eternidad; pero no puedo mirar más adelante aún y verme fuera de la eternidad en otro estado. ¡Oh, Eternidad! He de estar en ti para siempre; ¿y por qué no has de estar en todos mis pensamientos? Dentro de poco me alcanzarás; ¿por qué, pues, he de perseguirte o huir de ti?
Poco importa a quien solo pasa de una puerta a otra, si lo hace con el calor del estío o con el hielo del invierno, pues pocos pasos concluyen su viaje. Ni debe importarle mucho más a quien entra por la puerta de la muerte al palacio del gran Rey, su mansión para la eternidad, si entra bajo el sol de la prosperidad o bajo el amargo viento de la adversidad; porque lo uno no puede aprovecharle ni lo otro dañarle allí. Y nuestro viaje, desde que venimos a este mundo hasta que entramos en el mundo de los espíritus, aunque alcanzáramos la edad de Matusalén, se realiza más pronto con respecto a la eternidad que nuestro ir de una habitación a otra con respecto al tiempo. Ahora mis momentos están contados y son preciosos; pero, ¡oh, aquel estado bienaventurado cuando los números ya no existan!
Allí no habrá incursiones sobre el alma adoradora, ni del mundo, ni de la vanidad, ni del pecado, de Satanás o de la carne. Allí no hay desaliento, donde mis adoraciones no se miden por minutos, ni se entorpecen por la corrupción, ni se interrumpen por indisposición corporal. Y cuando haya estado un adorador ardiente delante del trono por diez mil años, estaré tan vigoroso en mi amor, tan activo en mis adoraciones, como en el primer momento en que comencé la obra de los ángeles, el oficio del cielo.
Ahora pensamientos vanos se mezclan con mis contemplaciones, distracciones con mis devociones, divagaciones impertinentes con mis oraciones más importunas; la incredulidad resiste mi fe, la carnalidad es un peso para la mente celestial, la corrupción un lastre muerto sobre el alma, y las cosas del tiempo un estorbo para todo. Pero entonces seré librado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios.
Una vez un gran rey hizo un gran banquete para sus nobles durante ciento ochenta días; nada menos que un tesoro real podía sostener el gasto de tal entretenimiento. Pero el Rey de reyes convidará y saciará a todos sus poderosos ángeles, a todo su pueblo escogido, con su propia plenitud sin menoscabo ¡a lo largo de la misma eternidad! Aquí hay dicha sin cesar, abundancia más allá de todo límite y posesión sin fin. No importa, pues, cuánto viva en este mundo presente; porque cuando la lámpara de la vida se apague, el sol se levantará y brillará para siempre. «En tu presencia hay plenitud de gozo; en tu diestra hay deleites para siempre.» (Salmo 16:11)
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: ETERNITY
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.