El mundo dirá lo que quiera de la religión cristiana—pero solo por ella la mente humana es ensalzada, y los hombres se elevan a la gloria eterna. Los placeres de la piedad endulzan mis penas ácidas, y embotan mis dolores agudos. En ella triunfo sobre mis aflicciones, desafío a mis enemigos y dejo atrás mis males. Aquí saboreo realidades invisibles, pruebo goces espirituales y como del maná escondido. Aquí, en el carro del pacto, sentado en la promesa, al modo de Elías, dejo toda la creación y me elevo hacia la herencia de arriba, donde a la vez soy poseedor de la plenitud divina del Eterno, me baño en las corrientes cristalinas de la vida, me recreo en su rayo meridiano—donde beberé, (y el tiempo no está lejano) el trago inmortalizante, y comeré el pan de vida en el reino de Dios—donde mi lengua arrobada unirá su himno con los arpistas en torno al trono, y nunca cesará, ni se cansará—donde veré a aquel que es del todo amable, en los más brillantes despliegues de su gloria, y oiré las expresiones más tiernas de su amor eterno—donde compartiré sus excelencias, participaré de su naturaleza divina, y me revestiré de su asombrosa semejanza—donde gozaré de una unión inefable con mi Cabeza viviente, y sabré, en el sentido más amplio de la palabra, que "el que se une al Señor, un espíritu es"—donde la comunión entre el Amado y su esposa será plena y libre, para el éxtasis de toda potencia de la mente—donde se me concederá un acceso tan cercano que me asombrará en mis mismos acercamientos—donde me sentaré ante su trono, andaré con él en blanco, y en su templo hablaré de su gloria—donde me lanzaré al océano insondable de sus perfecciones infinitas, y me perderé eternamente en la gloria divina—donde ya no me vejará un corazón malo de incredulidad que se aparta del Dios vivo, sino que mi alma estará inconmoviblemente fija en el Dios inmutable—donde mi cuerpo en todos sus miembros, mi alma en todas sus facultades, serán santos y puros, y se volcarán sin cansancio hacia Dios—donde ni la menor tentación susurrará a mi oído, ni el habla carnal ni la lengua profanadora, (¡oh días felices!) herirán el oído santificado—sino que las grandes alabanzas a aquel que nos amó, de todas las multitudes en torno al trono, llevarán la armonía del canto eterno, para sosegar mis potencias en el éxtasis más profundo, y para excitar mi canto a confesar sus glorias esenciales en los más sublimes himnos—donde veré al Rey eterno en su belleza inmaculada, le adoraré sin hipocresía, le serviré sin cansarme, le contemplaré y no moriré, me acercaré a su trono sin terror, le conoceré tal como es, le veré en toda su grandeza, y sin embargo, al contrario que Daniel, no seré debilitado—sino fortalecido por la visión; me deleitaré en él sin temor servil, le amaré sin reserva, y seré semejante a él sin contradicción—donde le veré en sus vestiduras resplandecientes, en sus glorias esenciales, morando con los redimidos, aunque los cielos de los cielos no pueden contenerle, y mostrándoles sus bellezas, sus pasos majestuosos en el santuario más alto, el santo de los santos, y haciendo pasar eternamente toda su bondad ante sus ojos maravillados, adorantes, arrobados.
Con perspectivas tan entrañables, con expectativas tan revivificadoras como estas, ¡mi alma se refresca en la verdadera religión!
Pero, ¿qué hay del otro lado? ¿Qué tienen que esperar los impíos, que no saborean nada de esto—sino abismos de horror, fosos de desesperación, mares de fuego, océanos de venganza, cadenas de ira, torrentes de indignación, angustia inefable, tinieblas absolutas, tormentos eternos—¡y una escena de agonías que hiela mis pensamientos!
Fuente y atribución
Autor original: James Meikle
Título original: The excellency of true religion
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de James Meikle, publicado originalmente en Grace Gems.