Cuando Jesús nació en Belén, un ángel declaró a los pastores: "Os doy nuevas de gran gozo, que será para todo el pueblo." Esas buenas nuevas se llaman el Evangelio. Antes de dejar este mundo, Jesús encargó a sus apóstoles que predicaran el Evangelio a todos los pueblos. No envió ángeles a predicarlo, sino hombres. Dijo: "Id por todo el mundo y predicad el evangelio a toda criatura." Entonces toda criatura debe creer el Evangelio. ¿Lo hemos creído? Lo hemos oído, pero oírlo no salvará el alma. El Señor ha hecho esta solemne declaración: "El que creyere y fuere bautizado, será salvo." Hay muchos que fueron bautizados en su infancia y no han creído en Jesús. ¿Serán salvos? ¡No! A menos que crean, no pueden ser salvos, pues está escrito: "El que no creyere, será condenado." ¡Palabras terribles! Sea bautizado o no, el que no cree perecerá. ¿Qué es creer? Es recibir a Cristo en el corazón. Hay un caso registrado en los Hechos de un hombre inicuo llamado Simón Mago, que creyó y fue bautizado. Pero no creyó con el corazón. Su fe no era de la clase correcta: su mente estaba convencida, pero su corazón no fue transformado. Después de su bautizo, el apóstol Pedro, reprendiéndolo por una petición blasfema que había hecho, le dijo: "No tienes tú parte ni suerte en este asunto; porque tu corazón no es recto delante de Dios. Pues veo que estás en hiel de amargura, y en prisión de maldad" (Hechos 8:21-23). Nadie puede ser salvo si no cree con el corazón en el Hijo de Dios.
Cuando Cristo envió a sus apóstoles a predicar el Evangelio, sabía que el mundo estaría pronto a decir que él no los había enviado. Por eso hizo esta admirable promesa: "Y estas señales seguirán a los que creen: En mi nombre echarán fuera demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes, y si bebieren cosa mortífera, no les hará daño; sobre los enfermos pondrán sus manos, y sanarán" (Marcos 16:17-18). Fue por el poder del Espíritu Santo que los creyentes realizarían estos milagros. Cuando el Espíritu descendió sobre los apóstoles el día de Pentecostés, les hizo hablar en otras lenguas (Hechos 2:4). Cuando descendió sobre Cornelio y sus amigos, los hizo también hablar de la misma manera prodigiosa (Hechos 10:45-46). Los apóstoles poseían un privilegio superior al de los demás creyentes: podían obtener los dones milagrosos del Espíritu Santo para otros mediante la imposición de manos con oración. Cuando Pedro y Juan visitaron Samaria, impusieron las manos sobre los creyentes y el Espíritu Santo fue dado. Felipe, el diácono que primero había predicado el Evangelio en Samaria, no había podido comunicar el don celestial, aunque él mismo poseía el poder de hacer milagros (Hechos 8:13-17). Como sólo los apóstoles podían, por la imposición de manos, hacer que los creyentes recibieran el Espíritu Santo, tras su muerte cesó el poder de obrar milagros. El Evangelio había sido entonces predicado hasta los confines del mundo, y se había dado prueba milagrosa suficiente de su verdad (Romanos 10:18).
Pero el don más valioso que Cristo otorga puede aún obtenerse. Es la caridad, o sea, el amor santo. Las lenguas han cesado, pero el amor no ha fallado, ni fallará jamás. Por él podemos saber si tenemos fe verdadera. ¿Amamos a Dios? ¿Y amamos a los hijos de Dios? El apóstol Juan ha declarado: "El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor" (1 Juan 4:7-8). Si en nuestros corazones se nutren pasiones impías, tales como envidia, ira y malicia, entonces podemos estar seguros de que no creemos en Cristo con el corazón.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ promises to bestow miraculous gifts
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.