Es muy interesante observar los diversos modos en que Jesús se comportaba con los afligidos. A algunos se ofrecía a aliviar; diciendo a uno junto al estanque de Betesda: «¿Quieres ser sano?» y a otro que tenía la mano seca en la sinagoga: «Extiende tu mano.» A otros los restauraba en su primera solicitud—mientras que permitió a la mujer cananea suplicar larga y encarecidamente antes de mostrarle misericordia. Sin embargo, aun esta demora fue causa de que ella obtuviera mayor favor al fin; pues le dio la oportunidad de probar la fortaleza de su fe. Antes de someterla a esta prueba, él sabía que podía soportarla. El compasivo Salvador proporciona nuestras pruebas a nuestra fuerza, y no dejará caer sobre nosotros tentación mayor que la que podamos resistir. Una prueba aguda es con frecuencia señal de que él confía en nuestra fidelidad. Si un santo débil hubiera sido probado como Job, habría sido abrumado; pero Dios sabía que su siervo se mostraría fiel.
Cuando consideramos quién era esta mujer, tenemos motivo para asombrarnos de los progresos que había alcanzado. Era cananea, hija de una raza maldita. No descendía de Abraham, el amigo de Dios—no era del pueblo de Israel. ¡No! Descendía de gentiles ignorantes. Vivía en la inicua ciudad de Tiro; y había sido criada en la religión griega o pagana; pero es evidente que había obtenido algún conocimiento del verdadero Dios, y que poseía una fe sincera en su nombre. ¿Cómo podría haber llamado a Jesús Hijo de David, si no hubiera oído la profecía hecha a David acerca de Uno que se sentaría sobre su trono? Era manifiestamente una hija de Dios, nacida de nuevo del Espíritu Santo, y dando los frutos del Espíritu—fe, paciencia y humildad. Tenía una fe tal, que creía que Jesús tendría misericordia de ella, a pesar de su aparente dureza; una paciencia tal, que continuaba, no obstante las reiteradas negativas, insistiendo en su ruego; y una humildad tal, que podía soportar ser llamada perrita. Observemos ahora la conducta de Cristo hacia esta mujer. Los discípulos, en espíritu de egoísmo y no de compasión, rogaron a su Maestro que despidiera a la pobre suplicante. Jesús nunca se cansa del clamor de la angustia; sobre todo, la voz de la fe, aunque ahogada con lágrimas y suspiros, siempre suena dulce a sus oídos. La madre se alegra de oír aquellos llantos que prueban que su niño vive; y el Salvador se regocija al oír aquellas peticiones que son las pruebas de vida espiritual.
¿Hemos orado alguna vez como esta mujer? ¿No tenemos nosotros peticiones tan grandes que hacer como las que ella tenía? Ella imploró una bendición temporal, y recibió respuesta. ¿No había orado nunca por bendiciones espirituales? Su fe, su paciencia, su humildad, prueban que debió de haberlas pedido—ya fuera bajo alguna higuera, como Natanael, o en algún aposento de su casa pagana—no lo sabemos. Era una verdadera creyente, y por tanto debió de ser una adoradora secreta. Había aprendido a confiar en su Dios por sus tratos con ella en tiempos pasados, y por eso no se amedrentó ante la aparente severidad de su Salvador. También nosotros debemos tener tratos secretos con nuestro Dios. Cuando hayamos experimentado su misericordia perdonadora, podremos confiarle todas nuestras preocupaciones. Es en verdad un consuelo para una madre, cuando un hijo está enfermo, tener un Dios en quien confiar. A veces él puede juzgar bueno llevárselo; pero al fin recompensará la oración creyente impartiendo inefable consolación.
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: The woman of Tyre
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.