Estas advertencias resultaron sumamente útiles a los primeros cristianos. Recordaron las palabras: «Cuando veáis la abominación desoladora, de que habló el profeta Daniel, en el lugar santo, entonces los que estén en Judea huyan a los montes.» Casi cuarenta años después de pronunciadas estas palabras, los ejércitos romanos se situaron en el lugar santo; es decir, en la santa ciudad de Jerusalén. Estos ejércitos habían sido profetizados bajo el nombre de «la abominación desoladora.» El mundo admira a los grandes conquistadores y a sus gallardas tropas, pero el Señor aborrece las obras de injusticia y de crueldad. El nombre romano brilla en las páginas de la historia, pero es una mancha en la palabra de Dios: «la abominación desoladora.»
Pero alguien preguntará: «¿Cómo pudieron los cristianos escapar de Jerusalén cuando los romanos habían entrado en la ciudad?» Dios mostró su fidelidad proveyendo una vía de escape para su propio pueblo. Cuando los romanos atacaron por primera vez la ciudad, fueron repelidos: huyeron y no regresaron a ella durante varios años. Los cristianos aprovecharon su derrota para huir a los montes. Encontraron un lugar donde habitar seguros: una pequeña población llamada Pela, al otro lado del río Jordán, escondida entre las colinas, fue su refugio. Se cree que ni un solo cristiano se hallaba en la ciudad de Jerusalén al momento de su terrible destrucción. ¿No ofrece la escapatoria de estos cristianos un notable ejemplo de la manera en que Dios preserva a su pueblo? Cuando destruyó el mundo por agua, salvó a Noé; cuando destruyó Sodoma, salvó a Lot; y cuando destruya el mundo por fuego, salvará a su pueblo. Como está escrito: «Por esto orará a ti todo santo en el tiempo de poder hallarte; ciertamente en el diluvio de las muchas aguas no llegarán éstas a él.»
Era el tiempo de la Pascua cuando los ejércitos romanos, encabezados por el gran Tito, regresaron para atacar Jerusalén. Dos millones de seres humanos estaban entonces encerrados dentro de sus murallas. ¡Y qué seres humanos! Muchos de ellos eran feroces ladrones. Dos hombres malvados, llamados Simón y Juan, estaban en guerra abierta entre sí y mantenían la ciudad en constante tumulto. Por su causa la mayor parte de los provisiones fue quemada, y los habitantes quedaron pronto reducidos al hambre. Los ladrones irrumpían en las casas y exigían que los habitantes entregaran su último bocado. Durante todo el sitio nadie tomó una comida regular; cada uno comía a solas su porción, con temor y temblor. Una madre antinatural, inducida por el hambre, asó a su propio hijo y se comió parte de él. El olor de su comida atrajo a los soldados judíos a su casa; la obligaron a mostrar su extraño alimento, pero al contemplar el espantoso espectáculo retrocedieron horrorizados, pues entonces vieron con claridad que Dios había abandonado la ciudad y que no quedaba esperanza a sus miserables habitantes. La pluma de Josefo, un judío incrédulo, describió las calamidades del sitio y concluyó su relato con estas palabras: «Si se compararan las desgracias de todos desde el principio del mundo con las de los judíos, parecerían mucho menores en la comparación.» Este es el testimonio de un incrédulo a la verdad de la profecía: «Habrá entonces gran tribulación, cual no fue desde el principio del mundo hasta ahora.» Si aquellos días no se hubieran acortado, toda la nación habría perecido; pero esto no podía ser, por causa de los escogidos. Algunos judíos eran elegidos de Dios, y por amor de ellos se acortaron los días de la tribulación, y el sitio duró poco más de tres meses. ¿Pero ha terminado la tribulación? ¡Oh, no! Los judíos son aún peregrinos sobre la faz de la tierra; aún son despreciados, abatidos, degradados. Es cosa terrible no escuchar la voz de la misericordia. Los judíos no quisieron oírla, y se han visto obligados a oír la voz de la ira. El Señor se deleita en la misericordia. ¿Hay aquí algunos que aún no han aceptado sus bondadosas invitaciones? ¡Oh, qué aflicciones podríais escapar si ahora os volvierais a él!
Fuente y atribución
Autor original: F. L. Mortimer
Título original: Christ directs his disciples when to flee from Jerusalem
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.