En la caída del rocío natural hay algo suave, tranquilo y manso. No se precipita como el granizo que golpea, sino que cae silenciosamente y a menudo imperceptiblemente; de modo que apenas sabemos que ha caído hasta que salimos por la mañana y vemos cada brizna de hierba coronada con las gotas relucientes. Por estas gemas brillantes sabemos que el rocío cayó durante las horas quietas de la noche.
Así espiritualmente, el reino de Dios no consiste en ruido, gritos ni agitación desenfrenada. El Señor no estaba en el viento recio, ni en el terremoto, ni en el fuego, sino en la voz apacible y delicada. Puede haber mucho fuego religioso sin sentirse la presencia de Dios, pasiones carnales agitadas en tempestad sin que la voz apacible hable a la conciencia. Pero cuando el rocío espiritual cae, desciende con suavidad y silencio en el corazón, y solo se le conoce por los dulces y benditos efectos que produce. El rocío ablanda y penetra la tierra sin desgarrarla con rayos; así la gracia de Dios ablanda y humedece el corazón, lo humilla, lo disuelve y lo fertiliza, derritiéndolo en contrición, mansedumbre y dolor piadoso delante del trono de la misericordia.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: February 11
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.