"Sean completamente humildes y amables; sean pacientes, soportándose unos a otros con amor." Efesios 4:2
"Por tanto, como pueblo escogido de Dios, santo y amado, revístanse de compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia. Soporten unos a otros y perdonen cualquier queja que tengan unos contra otros. Perdonen como el Señor los perdonó. Y sobre todas estas virtudes, pónganse amor, que es el vínculo perfecto de la unidad." Colosenses 3:12-14
Entre todos los deberes cristianos hay pocos que toquen la vida en más puntos que el deber de la mutua paciencia, y pocos que, en su observancia o en su quebranto, tengan más que ver con la felicidad o la infelicidad de la vida. No podemos vivir nuestras vidas en soledad. Estamos hechos para ser seres sociales. Es en nuestra comunión con los demás donde encontramos nuestros placeres más dulces y nuestras alegrías terrenales más puras. Sin embargo, cerca de estos manantiales de felicidad hay otras fuentes que no dan dulzura. A menudo hay espinas en las ramas de las que recogemos los frutos más sabrosos. Si la naturaleza humana fuera perfecta, no podría haber nada más que un placer sumamente delicado en los encuentros mutuos de la vida. Pero todos somos imperfectos y estamos llenos de debilidades. Hay cualidades en cada uno de nosotros que no son hermosas, muchas que resultan molestas para los demás. El YO domina en mayor o menor medida aun en los mejores. En nuestras vidas atareadas y agitadas, estamos continuamente expuestos a tropezar unos con otros. Nuestros intereses individuales chocan, o parecen chocar. Las cosas que hacemos en el afán de nuestros propios asuntos, de nuestros planes y esfuerzos, parecen a veces interferir con los intereses de los demás. En el calor de la rivalidad y del propio interés, somos propensos a hacer cosas que dañan a otros.
Luego, en nuestro contacto personal más estrecho, en sociedad y en las relaciones de negocios, estamos constantemente expuestos a causar dolor u ofensa. A veces hablamos con precipitación y expresamos palabras irreflexivas que caen como chispas sobre otros temperamentos inflamables. Aun nuestros amigos más cercanos y verdaderos hacen cosas que nos afligen. La cercana convivencia de vidas imperfectas tiene siempre sus múltiples pequeñas injusticias, agravios, opresiones, desaires y resentimientos.
Además, no siempre nos vemos unos a otros con luz clara y honesta. Somos propensos a inclinarnos hacia el YO, y a menudo malinterpretamos las actitudes, palabras o acciones de los demás. Muchos de nosotros, además, somos dados a pequeñas impaciencias y expresiones de mal humor o de genio que disminuyen grandemente las probabilidades de una comunión sin interrupciones.
Así sucede que ninguna gracia cristiana probablemente sea llamada a ejercerse con más frecuencia que la de la mutua paciencia. Sin ella no puede existir realmente ninguna relación amistosa estrecha y duradera en una sociedad compuesta de seres imperfectos y pecadores. Aun las intimidades más tiernas y las asociaciones más santas requieren el ejercicio constante de la paciencia. Si nos ofendemos por cada aparente injusticia, exigimos la reparación de cada pequeño agravio, insistimos en irritarnos y manifestar nuestros sentimientos ante el más mínimo descontento, y si todas las demás partes del círculo reclaman el mismo derecho, ¡qué seres tan desgraciados seremos todos y qué tan miserable se volverá la vida!
Pero hay un camino más excelente. El espíritu del amor cristiano inculcado en el Nuevo Testamento, si se le permite reinar en cada corazón y vida, producirá una comunión sin tropiezo ni ruptura.
Necesitamos guardarnos, primero que todo, contra un espíritu crítico. Es muy fácil hallar faltas en las personas. Es posible, aun con lentes ordinarios, ver muchas cosas en los demás que no son como debieran ser. Luego hay personas que llevan microscopios finos suficientes para revelar un millón de animalillos en una gota de agua, y con ellos pueden hallar incontables defectos en el carácter y la conducta aun de los más piadosos habitantes de la tierra. Hay quienes siempre están al acecho de desaires y agravios. Son suspicaces de los motivos e intenciones de los demás. Siempre se imaginan ofensas, aun donde no se las pretendió en lo más mínimo. Este hábito está en directa oposición a la ley del amor, que no piensa el mal.
Volvamos al Modelo. ¿Nos mira Cristo con severidad, con criticismo, con suspicacia? Ve toda debilidad en nosotros, pero es como si no la viera. Su amor la pasa por alto. Echa un velo sobre nuestras faltas. Sigue derramando su amor sobre nosotros a pesar de todas nuestras manchas y del mal trato que le damos. La ley de la paciencia cristiana exige lo mismo en nosotros. No debemos mantener nuestras suspicacias egoístas siempre en la torre de vigía o en las ventanas, acechando descuidos, descortesías, agravios o resentimientos de cualquier clase. Mejor nos iría en ser ciegos, sin percibir en absoluto la aparente rudeza o el insulto. Es bueno no oír todo lo que se dice, o, si hemos de oír, hacer como si no oyéramos.
Muchas amargas querellas han nacido de un desaire imaginado, muchas de un completo malentendido, o acaso de la maliciosa habladuría de algún miserable chismoso. Si se hubiera dedicado unos momentos a averiguar la verdad, nunca habría habido ocasión de malos sentimientos.
Debemos también procurar conocer el motivo que provoca el aparente agravio. En muchos casos la causa de nuestro resentimiento es del todo involuntaria, imputable a nada peor que a la falta de reflexión, y posiblemente pretendida incluso como amabilidad. Nunca es justo juzgar a los hombres por cada palabra que pronuncian o por todo lo que hacen en medio del apuro y de las irritaciones de la atareada vida diaria. Muchos hombres rudos esconden un corazón bondadoso y una amistad sincera bajo sus maneras toscas. Lo mejor no siempre sale a la superficie. No debemos, pues, imaginar apresuradamente intenciones malas en los demás. Tampoco debemos dejarnos convencer con facilidad de que nuestros compañeros o amigos intentaron tratarnos con desconsideración. Una disposición a mirar favorablemente la conducta de nuestros semejantes es un maravilloso absorbedor de las fricciones de la vida.
Pero siempre hay casos de injusticia real. Hay rudezas y agravios que no podemos considerar como meramente imaginarios o como malentendidos. Provienen del mal genio, de los celos o de la malicia, y son muy difíciles de soportar. La bondad se paga con desbondad. Encontramos impaciencia y mal humor aun en nuestros mejores amigos. Hay innumerables cosas cada día en nuestras relaciones con los demás que tienden a irritarnos o molestarnos.
Aquí hay, pues, lugar para el ejercicio más pleno de aquel amor divinamente hermoso que cubre multitud de pecados en otros. Procuramos hallar toda excusa posible para el descuido, la rudeza o el agravio. Quizá nuestro amigo lleva hoy alguna preocupación desconcertante o alguna gran carga. Algo puede estar saliendo mal en sus negocios o en su hogar. O quizá sean sus nervios alterados los que lo hacen tan irreflexivo y poco considerado. O su mala salud puede ser la causa. Un cristiano de corazón amplio siempre buscará algún atenuante para el agravio aparente.
Otro paso en la escuela de la paciencia es la lección de guardar silencio bajo la provocación. Una sola persona nunca puede hacer una querella; se necesitan dos. Un consejo útil para unos recién casados fue que nunca debían enojarse los dos al mismo tiempo, que uno debía permanecer siempre sereno y tranquilo. Hay un consejo aún más divino, que habla de la respuesta suave que aplaca la ira. Si no podemos tener siempre lista la respuesta suave, al menos podemos aprender a no responder en absoluto. Nuestro Señor respondió a casi todos los insultos que recibió con un silencio paciente y sin quejas. Fue como un cordero silencioso ante el que lo trasquila. Todos los insultos venenosos de la cruel multitud no arrancaron de él ninguna palabra de resentimiento, ninguna mirada de impaciencia. Así como el perfume fragante solo despide dulzura añadida cuando es prensado, así la crueldad, el agravio y el dolor solo lo hicieron más amable, y más dulce el amor que siempre lo distinguía.
Es un poder majestuoso, este poder de guardar silencio. Grande es el conquistador que conduce ejércitos a la victoria. Poderosa es la fuerza que captura una ciudad. Pero es mayor quien puede gobernar su propio espíritu. Hay hombres que pueden mandar ejércitos pero no pueden mandarse a sí mismos. Hay hombres que con sus palabras encendidas pueden conmover a vastas multitudes, que no pueden guardar silencio bajo la provocación o el agravio. La marca más alta de nobleza es el dominio propio. Es más regio que la corona y la púrpura.
Hay momentos en que el silencio es oro, en que las palabras significan la derrota, y en que la victoria solo puede alcanzarse no respondiendo palabra. Muchas de las dolorosas querellas y mucho de lo amargo de lo que llamamos tan a menudo "incompatibilidad de carácter" nunca se conocerían si aprendiéramos a guardar silencio cuando otros nos agravian. Podemos ahogar la palabra airada que vuela a nuestros labios. El insulto sin respuesta recaerá sobre sí mismo y será su propia destrucción.
Hay también aquí una maravillosa oportunidad para el ejercicio del perdón. Hay algunas personas cuyo espíritu perdonador acude siempre en su ayuda cuando observan que se avecina una tormenta; tendrán listito algún relato, o cambiarán de pronto del todo la conversación apartándola del tema inflamable, o harán alguna observación luminosa o juguetona que hará que todo el problema se disipe en una carcajada sincera. No parecería imposible que todos aprendieran a soportar los insultos o agravios de alguna de estas maneras, ya fuera en silencio, no sombrío ni cargado de truenos, sino silencio amoroso, o devolviendo la respuesta suave que apague la llama de la ira, o con aquel tacto sabio que desplaza el humor irritable por el poder expulsivo de una emoción nueva.
Hay al menos dos motivos que debieran ser suficientes para llevarnos a cultivar esta gracia de la paciencia. Uno es que ningún insulto puede hacernos daño a menos que permitamos que nos irrite. Si soportamos aun las palabras más duras como Jesús soportó sus agravios y afrentas, no dejarán ni un rastro de daño en nosotros. Solo pueden dañarnos cuando nos dejamos llevar de la impaciencia o la ira. Podemos vencerlas, desarmarlas del todo de su poder de hacernos daño, manteniéndonos por encima de ellas. El sentimiento de resentimiento se trocará en compasión cuando recordemos que no el agraviado, sino el que hace el agravio, es quien sufre. Cada injusticia o agravio reacciona y deja una mancha y una herida. Todas las crueldades y persecuciones que el odio humano pudiera infligir no dejarían ni un rastro de daño real en nosotros; pero cada sentimiento de resentimiento admitido en nuestros corazones, cada palabra airada pronunciada, dejará una mancha. La paciencia se convierte así en un escudo perfecto que nos protege de todas las crueldades y agravios de la vida.
El otro motivo se desprende de nuestra relación con Dios. Pecamos contra él continuamente, y su misericordia nunca falla. Su amor soporta todo nuestro descuido, olvido, ingratitud y desobediencia, y nunca se impacienta con nosotros. Vivimos solo por su paciencia. Los agravios que él soporta de nosotros son infinitos en comparación con los agravios triviales que debemos soportar de nuestros semejantes. Cuando pensamos en esto, ¿podemos impacientarnos por las pequeñas irritaciones del trato diario con otros? Se nos enseña a orar cada día: "Perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores." ¿Cómo podemos pedir esto con sinceridad y seguir siendo exigentes, resentidos, vengativos, o aun sentirnos muy dolidos por el trato descortés de los demás?
Dios es lento para ver nuestros pecados o para anotarlos contra nosotros. Se deleita en la misericordia. Debemos reproducir en nuestras vidas, como hijos suyos, algo al menos de su paciencia. El canto de perdón y de paciencia que él hace resonar en nuestros corazones, debemos nosotros resonarlo de nuevo.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Mutual Forbearance
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.