Palabras diarias para los peregrinos de Sion

La gracia que funde el corazón

La gracia es la vida misma del evangelio; lejos de todo merecimiento humano, ablanda, funde y constriñe al alma a la obediencia piadosa.

¡Cuán dulce es el evangelio! ¿Pero qué hace dulce al evangelio? Aquella una palabra que derrama un perfume por todo él: gracia. Quita la gracia del evangelio y destruyes el evangelio; lo anulas y lo derribas; ya no es más evangelio. La gracia impregna cada parte y cada rama del bendito evangelio; es la vida del evangelio; en una palabra, es el evangelio mismo. ‘Sea misericordioso contigo.’ ¿En qué, pues, es Dios misericordioso? ¿En una ley quebrantada? ¿Qué sabe esa de gracia? ¿En propósitos de enmienda, obras de la criatura y justicia humana? ¿Puede el Señor, quiere el Señor mostrarse misericordioso en estas cosas? He leído de un proyecto para extraer rayos de sol de los pepinos. Podríamos tanto esperar hacer rayos de sol con pepinos como hacer gracia de la ley; tan fría como los pepinos es; no hay sol en ella. La gracia, para ser gracia, ha de salir del evangelio. Está en el evangelio, y del evangelio ha de salir; y sale, excluyendo toda justicia de la criatura, sofocando todo merecimiento humano. Como argumenta el apóstol: ‘Y si por gracia, ya no es por obras; de otra manera la gracia ya no es gracia. Pero si es por obras, ya no es gracia; de otra manera la obra ya no es obra’ (Romanos 11:6). ‘El Señor sea misericordioso contigo.’

Pero ¿cómo es el Señor misericordioso? Quizá hayáis tenido ocasión, en algún momento de la vida, de entrar en la presencia de alguien de rango mundanal muy superior al vuestro, y entrasteis tímido, nervioso y tembloroso; pero experimentasteis lo que se llama una ‘recepción misericordiosa.’ ¿No os capacitó eso para hablar y exponer vuestra petición? Así es en las cosas de Dios. Un sentido de nuestra bajeza e indignidad puede y suele hacernos temblar y sentir timidez ante el rostro del Altísimo; pero cuando él nos atrae a su presencia y nos recibe misericordiosamente, como el rey Asuero recibió a la temblorosa Ester, extendiéndole el cetro de su gracia, ello anima al alma a depositar su petición a sus pies. Nada más podrá hacerlo. Pero sentís y decís a menudo: ‘Soy tan indigno.’ ¿Seréis jamás otra cosa? ¿Cuándo esperáis ser digno? ¿Cuándo pensáis serlo? Si pudierais ser digno mañana, ¿dónde está vuestra dignidad hoy? ¿Está ya pagada la antigua deuda? Si os aventuráis sobre el terreno de la ‘dignidad’, habréis de tener la antigua deuda borrada antes de pasar a la nueva. ¡Dignidad! ¿Dónde está? ¿En el hombre? Jamás desde el día en que Adán cayó. La justicia cayó en el Paraíso; cuando la mano de Adán tocó la manzana, la dignidad cayó al suelo, y jamás desde entonces ha podido levantar la cabeza. No debo, pues, ir a Dios sobre el terreno de la dignidad.

Pero ¿puedo ir sobre el terreno de la indignidad? He leído de uno que lo hizo, y obtuvo una recepción muy misericordiosa. ‘Señor,’ dijo uno, ‘no soy digno de que entres bajo mi techo; pero solo di la palabra y mi criado será sanado.’ ¿Qué dijo el Señor de este hombre? Que no había hallado tanta fe, no, ni aun en Israel. ¿Cuál fue también la confesión del pródigo que volvía? ‘Ya no soy digno de ser llamado tu hijo.’ Pero eso sacó la mejor ropa, el anillo para la mano y los calzado para los pies. ¿Por qué? La fe habita con un sentido de indignidad; son compañeros entrañables; no mora en otros pechos sino en los indignos. Siéntete espiritualmente indigno y eres espiritualmente creyente, pues es la fe la que da el sentido de indignidad. Crees que eres indigno; con la misma fe con que crees tu indignidad crees la gracia de Dios. ‘Sea misericordioso contigo.’ Eso funde el corazón; la ley y los terrores no hacen sino endurecer. Es la gracia la que ablanda, la gracia la que funde, la gracia la que constriñe, la gracia la que produce la obediencia piadosa.

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Philpot

Título original: January 16

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.

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