Pero lo que disuade al siervo no ha de disuadir al Maestro. "¿Quién eres tú, oh gran montaña?" Ante el verdadero Zorobabel te convertirás en llanura. La sabiduría de Dios no es "Sicar": es más sabia que los hombres, y la debilidad de Dios es más fuerte que los hombres. En medio de borrachos y libertinos, el Cristo de Nazaret ha de probar y vindicar la omnipotencia de aquella energía divina que puede transformar al buitre en paloma, al león en cordero, y traer al marginado de Siquem, como al endemoniado de Gadara, a sentarse sumiso a sus pies. En la ardiente figura del profeta, estos montes a su alrededor han de prorrumpir en cántico, y todos los árboles del campo han de batir palmas: en lugar de la zarza ha de crecer el ciprés, y en lugar de la ortiga ha de crecer el arrayán. Su propia declaración por labios del mismo vidente ha de recibir un cumplimiento notable en el caso de la Iglesia de Samaria, y especialmente en ella que fue la primera gavilla recogida: "Me dejé hallar por los que no me preguntaban; me hallaron los que no me buscaban. A una nación que no invocaba mi nombre, dije: 'Heme aquí, heme aquí'".
¿Necesitamos ahora maravillarnos de la entrada aparentemente superflua en la narración evangélica: "Tenía que pasar por Samaria"? ¿Qué hubiera perdido la Iglesia naciente, sí, la Iglesia en todos los siglos, si nuestras Biblias hubieran sido despojadas de este cuarto capítulo de Juan? Se habría perdido un dulce y plateado tono de la trompeta del jubileo para el tembloroso, el desesperanzado, el perecedero. ¡Oh incidente tan memorable! ¡Oh pozo tan honrado! Bien puede el "Israel de Dios" rodear el margen pedregoso, como hicieron de antaño los nobles y príncipes hebreos con sus bastones rústicos, en Beer, en los confines de Moab, junto a los arroyos de Arnón, y decir, con palabras de aquella más antigua canción de peregrinación: "¡Sube, oh pozo, cantad de él!", pues uno más noble que "príncipe" o "noble" hebreo les ha hecho oraculares, ha puesto una lengua en sus profundidades y les ha hecho hablar del "agua viva que salta para vida eterna".
Hay un pensamiento práctico especial que este "tenía que" del gran Viajero del camino sugiere: es el valor sin par de una sola alma a los ojos de Cristo.
Es la verdad de su propia exquisita parábola exhibida en realidad impresionante: el Pastor celestial, cuando, de las cien ovejas, había echado de menos a una errante, iba por entre estas montañas de Samaria a buscar "lo que se había perdido". Había muchos en la poblada Jerusalén a quienes más bien podríamos haber esperado que Él llevara el agua de vida; multitudes mucho más dispuestas y receptivas estaban en la región de Enón, cerca de Salim, escenario de las fructíferas labores del Bautista. En su propia ciudad de Capernaum aguardaban multitudes receptivas, muchos que habían estado mucho tiempo sentados en densa oscuridad, pero que ahora veían y reconocían la gran Luz: amigos del Esposo, que se regocijaban grandemente por la voz del Esposo. Pero de camino hacia allá, le llega a su oído el suspiro de un solo cautivo: se oye el balido de una oveja descarriada, con el vellón rasgado, los pies doloridos y cansada, bajo la sombra de Ebal, o más bien bajo la sombra de aquellas maldiciones que antaño resonaron desde las rocas adustas de Ebal; por causa de esa sola, ni un escritor inspirado, ni un ángel registrador, sino su propio amor y misericordia infinitos dictan las palabras: "¡Tenía que ir!".
Tampoco es este un ejemplo aislado que la Escritura nos da de la estimación incomparable que el Ser Divino pone al valor de una sola alma. Tomemos como otro caso ilustrativo el del eunuco etíope que viajaba por el desierto de Gaza, caso especialmente adecuado por su conexión topográfica con la Iglesia de Samaria, de la cual esta mujer fue la honrada fundadora. Aquel primer ministro o mayordomo principal de la reina de Etiopía, un prosélito judío —como los hadjis que a menudo se encuentran todavía en Oriente provenientes del santuario del falso profeta en La Meca, o como los peregrinos griegos y rusos que regresan de sus peregrinaciones a Jerusalén— se dirigía a casa desde la hebrea "ciudad de las fiestas solemnes" (Jerusalén), donde había estado rindiendo homenaje al único Dios vivo y verdadero. A pesar, sin embargo, de su renuncia al politeísmo de Etiopía; a pesar de su formal adhesión al credo del judaísmo, y de la seriedad y sinceridad demostradas al emprender ese largo viaje de África a Asia, es evidente que regresaba sobre sus pasos aún ajeno a la paz; el profundo anhelo de su alma había quedado insatisfecho. Parecía que en vano había soportado durante semanas soles ardientes de día y rocíos empapantes de noche. Pero, a diferencia de la endurecida e indiferente mujer samaritana de nuestra narrativa, había estado en el camino del deber. A diferencia de ella, había estado buscando el agua viva, aunque no la había encontrado, y regresaba en su carro examinando el rollo del gran profeta, abierto en la más gloriosa y alegre de las visiones evangélicas de Isaías. Había ido como adorador a la fiesta de Pentecostés; y aunque sus ojos seguían cegados ante aquellas elevadas verdades de una nueva dispensación, que únicamente podían darle luz y vida, aún conservaba y manifestaba el espíritu de niño de un inquiridor devoto. Este etíope "extendía sus manos a Dios" —"buscando al Señor, por si acaso lo hallara". "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados".
Fuente y atribución
Autor original: John MacDuff
Título original: Noontide at Sychar — chapter 1
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de John MacDuff, publicado originalmente en Grace Gems.