Llamados por el sonido de la gran trompeta, los que perecían y los desterrados acuden. ¿Y qué hacen cuando llegan? ¿Juegan con el pecado, se burlan de Dios y abusan de su gracia? No leemos tal cosa. Adoran al Señor en el santo monte de Jerusalén. Lo adoran en espíritu y en verdad; lo adoran en la hermosura de la santidad. Con corazones purificados, conciencias limpiadas y afectos espirituales, se postran delante de él, y sus almas quedan impresionadas con el sentido de la grandeza de su amor. Antes no conocían tales sentimientos celestiales; no podían, por tanto, adorar al Dios trino en el santo monte ni en Jerusalén. La gran trompeta no había sonado, el jubileo no había llegado, las cadenas no habían sido rotas, los grillos no se habían aflojado, ni las puertas de la prisión habían sido abiertas; no podían, pues, adorar a Dios libre, plena y serenamente, con libertad de acceso y soltura de espíritu.
Pero, ¿dónde lo adoran? En el santo monte. Podemos entender espiritualmente este santo monte como el monte Sion, el lugar donde Jesús se sienta en gloria. Este es el antiguo decreto del Padre: «Yo he puesto a mi rey sobre Sion, mi santo monte». Allí Jesús se sienta siempre con amor en su corazón, gracia en sus labios y el evangelio en sus manos. Se sienta sobre un collado santo, empuña un cetro santo y gobierna en los corazones de un pueblo santo. Los hombres hablan mucho de santidad; y bien pueden hablar de ella, pues es una declaración solemne que «sin santidad nadie verá al Señor». Pero, ¿qué clase de santidad buscan la mayoría? Una santidad de la carne, una santidad de la criatura. Deben hacer esto y abstenerse de aquello; y si lo hacen, entonces son santos. Tantas oraciones dichas, tantos capítulos leídos, tantos deberes cumplidos. Esta es una santidad papista, la austeridad santificada de un santo Domingo, no aquella santidad sin la cual nadie verá al Señor.
La verdadera santidad es de naturaleza muy distinta, distinta en todo: en su origen, en su camino, en sus medios y en su fin. La única santidad verdadera es la que produce el Espíritu de Dios en el alma. No hay otra fuente ni otro manantial. ¿Y cómo la produce? ¿Por la ley o por el evangelio? Ciertamente, por el evangelio. Cuando la gran trompeta del jubileo resuena en el alma, cuando escucha sus notas y acude obediente a su llamamiento, es para adorar al Señor en su santo monte de Jerusalén. Entonces se produce en el alma la verdadera santidad, pues allí se conceden deseos espirituales, afectos espirituales, vistas espirituales, sentimientos espirituales y corazones espirituales. Esta es la santidad obrada en el alma por el Espíritu de Dios, y sin la cual nadie verá al Señor.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: June 17
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.