"A los elegidos de Dios, extranjeros en el mundo, esparcidos... que han sido elegidos según el previo conocimiento de Dios el Padre." Es un dulce placer ser elegidos como amigos por un hombre verdadero y noble, que un corazón puro y amoroso se vuelva hacia nosotros y nos escoja entre muchos para su consideración, su afecto y su interés. Pero es mucho más precioso saber que Dios nos ha elegido para ser sus amigos, sus hijos. Jesús dijo de sus discípulos: "No me eligieron ustedes a mí; fui yo quien los elegí a ustedes."
Se nos dice también que nosotros amamos a Dios porque él nos amó primero. En vez de rompernos la cabeza con la doctrina de la "elección", aceptemos el dulce pensamiento que palabras como estas llevan a nuestros corazones. ¡Cuán sagrada hace parecer nuestra vida cuando la consideramos de esta manera!
"Por la obra santificadora del Espíritu, para obedecer a Jesucristo y ser rociados con su sangre." Cuando Dios nos elige para ser sus hijos, también provee lo necesario para hacernos santos y aptos para ser partícipes de la herencia celestial. La palabra "santificación" tiene dos sentidos. Significa una separación. El Padre nos elige y el Espíritu Santo nos aparta como de Dios. Le pertenecemos y somos consagrados a sus usos. Luego la palabra significa también la limpieza real de la naturaleza, haciéndola santa. El Espíritu entra en nuestro corazón y hace allí su morada, purificando las fuentes de la vida y venciendo y expulsando los males de la carne. La sangre de Cristo también tiene parte en la santificación de aquellos que el Padre ha elegido. Somos redimidos por su sangre. La sangre limpia de todo pecado. Así, las tres personas de la Trinidad actúan en la salvación de cada uno que es salvo: el Padre eligió, el Hijo hizo expiación y el Espíritu Santo purifica y santifica.
Entramos en la familia espiritual de Dios por un nuevo nacimiento. "Por su gran misericordia nos ha hecho nacer de nuevo en una esperanza viva." En nuestro estado natural no estamos listos para la vida en la casa de Dios. Un hombre malvado, con un corazón impío, jamás podría ser feliz en el cielo. Ni siquiera puede ser feliz en una reunión de oración en la tierra. Debemos tener sentimientos, deseos y afectos santos antes de estar preparados para vivir en una atmósfera santa. El reino de los cielos debe entrar en nuestro corazón antes de que nosotros podamos entrar en el reino. Así que Dios dispone que, cuando recibimos a Cristo, el Espíritu Santo renueva y transforma nuestra naturaleza, dándonos el corazón de hijo. Vemos aquí también que no es por nada en nosotros mismos por lo que Dios nos ha elegido, ha cambiado nuestro corazón y nos ha tomado en su familia, sino "según su gran misericordia". La misericordia siempre implica indignidad. Somos salvos por la gracia y el amor de Dios.
Hay aquí también un atisbo de la bienaventuranza de la esperanza del cristiano. Es una esperanza "viva". Hemos nacido de nuevo para una herencia de vida, de vida eterna. Nuestra misma esperanza es viva y eterna. Lo mejor de la tierra es incierto, y en su mejor momento solo dura un tiempo. Pero la esperanza del cristiano es inmortal. Está garantizada por la resurrección de Cristo. Él venció a la muerte, y todos los que se apoyan en él viven con él para siempre.
"Una herencia incorruptible, incontaminada e inmarchitable, reservada en el cielo para ustedes." Aquí vemos en qué consiste nuestra esperanza viva. Es una herencia, un regalo gratuito para nosotros, algo que nos llega de parte de nuestro Padre. No se asemeja, sin embargo, a las herencias terrenales, pues estas son propensas al desperdicio o a perderse. Esta herencia es "incorruptible", es decir, no está sujeta a la decadencia, sino que es eterna. Es "incontaminada". Algunas herencias terrenales pasan a los hijos manchadas por la forma en que se obtuvieron. Un anciano honrado, al morir, dijo a sus hijos: "No les dejo mucho, pero no hay ni un solo chelín sucio en todo ello." Quería decir que cada centavo había sido ganado honestamente. Esto no siempre es cierto de las herencias de este mundo. Con frecuencia hay muchos chelines manchados en ellas. Pero la herencia celestial es absolutamente sin mancha. Fue comprada para nosotros al precio de la sangre de Cristo y nos llega de las manos del Padre, blanca con la pureza misma del cielo.
Otra cualidad suya es que no se marchita. Las herencias terrenales a menudo se desvanecen, dejando al heredero en la pobreza. Esta herencia está fuera del alcance del ladrón, del pánico financiero y de toda contracción de los valores. Nunca puede sernos arrebatada. No está en ningún banco ni inversión de la tierra, sino guardada para nosotros en el cielo, reservada allí con seguridad hasta que lleguemos a casa.
"Que por fe son protegidos con el poder de Dios para una salvación que se ha de revelar en los postreros tiempos." No solo la herencia está guardada en reserva segura para nosotros, sino que nosotros somos protegidos en el camino para recibirla. Esto es muy importante. El mundo está lleno de peligros por los cuales debemos pasar para llegar al cielo. Por todas partes hay enemigos. Jamás podríamos llegar con seguridad a la bienaventuranza que nos está reservada si no tuviéramos protección en el camino. Pero somos guardados por el poder divino. Dios mismo está siempre con nosotros, cubriéndonos con sus alas de amor, preservándonos. Nuestra parte es la fe: descansar en el cuidado divino, avanzar con sencillez por el camino del deber, dejando a Dios el resguardo de nuestras vidas.
"En esto se regocijan, aunque ahora por un poco de tiempo tengan que ser afligidos por diversas pruebas." Por un breve tiempo el cristiano ha de ser probado. "Llorará la noche entera, mas al amanecer saldrá el sol de alegría." Con seguridad podemos soportar la prueba por un momento. Además, hay una "necesidad" en la prueba. Hay una bendición que Dios tiene que darnos y que no podemos obtener de ninguna otra manera. La purificación del oro nunca puede lograrse sin fuego. No ser echado en el horno ardiente es conservar la escoria. Dios jamás disciplina sin que haya una "necesidad".
"Esto se ha hecho para que la fe de ustedes, de mayor valor que el oro, que perece aunque sea refinado por el fuego, sea probada como genuina y resulte en alabanza, gloria y honra cuando sea revelado Jesucristo." Una vez más, la tristeza es causada por "pruebas" que son comprobaciones de la fe, para que al fin resplandezca en gloria en la aparición de Cristo. Así que no debemos inquietarnos por nuestras pruebas. Hay una bendición en ellas. Así como el mineral áspero y sin belleza, al pasar por el fuego, rinde al final oro brillante, así nuestra débil fe, con su mezcla de voluntad propia, orgullo y maldad, es purificada por los fuegos de la prueba, de modo que al fin aparece delante de Dios para recibir alabanza, honra y gloria.
"Aunque no lo han visto, lo aman; y aunque no lo ven ahora, creen en él." El amor de Cristo nos sostendrá en la tentación y la prueba. El secreto de una vida fiel, verdadera y hermosa es este amor del Amigo invisible. Drummond cuenta de una joven que llegó a ser maravillosamente hermosa en su vida y carácter, creciendo hasta una rara semejanza con Cristo. Sus amigos se preguntaban cuál podría ser el secreto. Llevaba sobre el pecho un pequeño medallón, que siempre mantenía cerrado, negándose a que nadie viera su interior. Una vez, sin embargo, cuando estaba muy enferma, una amiga recibió permiso para abrirlo y encontró allí solo un pequeño papel con las palabras: "A quien sin haberle visto amo." Eso lo decía todo. Su amor por el Cristo invisible era el secreto de aquella hermosa vida espiritual que tanto había impresionado a sus amigos.
El secreto de la vida de Moisés se expresa en una frase: "Perseveró, como viendo al invisible." La fe es mejor que la vista. Si creemos y amamos al Amigo invisible, nuestra vida será firme y constante en toda prueba, y se irá transformando poco a poco en la belleza de Cristo.
"Aunque no lo han visto, lo aman; y aunque no lo ven ahora, creen en él y se llenan de un gozo inefable y glorioso, porque están recibiendo la meta de su fe, la salvación de sus almas." Encontramos aquí dos bendiciones que provienen del amor por el Salvador invisible. Una es un gozo indecible, aun en una vida de dura prueba. La otra es "salvación". Solo necesitamos continuar fieles hasta el fin para recibir la herencia plena y gloriosa.
"Sobre esta salvación, los profetas, que hablaron de la gracia que iba a venir a ustedes, indagaron diligentemente y con sumo cuidado." Tanto la tierra como el cielo están intensamente interesados en esta gran obra redentora de Cristo. Hay hombres inteligentes tan ocupados en sus investigaciones de pequeños asuntos terrenales que no encuentran tiempo para estudiar las cosas del reino espiritual de Dios. Aquí, sin embargo, vemos que a los ojos del cielo, nada en este mundo merece tanto el pensamiento, el estudio y la investigación de los seres más sabios del universo como la obra redentora de Cristo.
El interés de los ángeles en los sufrimientos de Cristo como Redentor es muy hermoso. Hay un cuadro de Domenichino que representa la escena del Calvario en la tarde siguiente a que el cuerpo del Salvador fuera bajado y colocado en el sepulcro. La cruz está vacía. Un ángel permanece junto a la corona de espinas que yace allí, tocando con la punta de su dedo una de las puntas afiladas. Su rostro muestra una expresión de misterio y asombro. Está tratando de descubrir el significado del sufrimiento. Los ángeles en el cielo no conocen el dolor por experiencia personal. El pensamiento del artista es que para este ángel los sufrimientos de Cristo eran un gran misterio que trataba de comprender. El mismo pensamiento se sugiere en las palabras: "Cosas que los ángeles anhelan contemplar." Ciertamente vale la pena dar pensamiento y atención a las cosas grandes y maravillosas de Cristo, puesto que aun los más altos ángeles encuentran en ellas un misterio digno de su estudio más profundo. Nada más en todos los niveles del conocimiento es tan digno de nuestro estudio más profundo y de nuestra más diligente investigación como el glorioso evangelio del Dios bendito.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: The Heavenly Inheritance
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.