Porciones diarias

La insondable condescendencia de un Dios encarnado y sufriente

¿Qué corazón puede concebir la condescendencia del Redentor al ser hecho semejante a sus hermanos? Sufrió hambre, fatiga, escarnio y muerte entre malhechores, todo por amor a su pueblo.

¿Qué corazón puede concebir o qué lengua expresar las profundidades infinitas de la condescendencia del Redentor al ser hecho así semejante a sus hermanos; que el Hijo de Dios asumiera una naturaleza finita, sujeta a las invalidez sin pecado conectadas necesariamente con un estado temporal y una morada en la tierra; que dejara el seno de su Padre en el que había estado antes de todos los mundos, y consintiera en habitar este mundo de lágrimas; respirar aire terrenal; ser testigo presencial de los pesares humanos y compartirlos Él mismo; tener ante sus ojos el espectáculo cotidiano de los pecados humanos; ser desterrado tanto tiempo de su hogar nativo; soportar hambre, cansancio y sed; estar sujeto a las persecuciones de los hombres, a la huida de todos sus discípulos y a la traición de uno de ellos cuya mano había estado con Él en la mesa; no esconder su rostro de la deshonra y el escarnio, sino ser burlado, golpeado, abofeteado y azotado, y al fin morir una muerte agonizante entre dos malhechores, en medio del desprecio y la infamia, y cubierto, según pensaban los hombres, de confusión y deshonor eternos?

¡Oh, qué condescendencia y misericordia infinitas se muestran en estos sufrimientos y pesares de un Dios encarnado! ¡El Señor nos dé fe para mirar a Él como sufriendo todo ello por nosotros! Y todo este camino de humillación no fue en vano: por haber sido hecho semejante a nosotros en todo, sin pecado, Él pudo llegar a ser un sumo sacerdote misericordioso y fiel, capaz de compadecerse de nuestras debilidades y de expiar los pecados del pueblo. No hay consuelo para el alma atribulada como contemplar a un Salvador que, por haber descendido a lo más hondo de nuestra miseria, comprende cada suspiro y cada lágrima, y nos levanta con brazos eternos.

Fuente y atribución

Autor original: J. C. Philpot

Título original: October 30

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.

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