La vida de Cristo para cada día

La levadura falsa que corrompe la mente y el corazón

Cristo advirtió a sus discípulos contra la falsa doctrina, comparándola con levadura que corrompe toda la masa. La verdadera enseñanza exalta a Cristo y humilla al hombre.

Con frecuencia hallamos que la gente no entendía a nuestro Salvador cuando hablaba de cosas espirituales bajo la imagen de las terrenales. Así, cuando habló de agua viva a la mujer samaritana, ella no le entendió. Tampoco sus discípulos le entendieron ahora cuando habló de levadura. Él no reprendió a la samaritana por no comprender su significado, porque nunca había gozado de oportunidades de instrucción; pero esperaba mejores cosas de sus propios discípulos, y los reprendió, diciendo: «¿Cómo es que no entendéis que no os hablé acerca del pan?» ¿Y cómo era que no entendían? ¿No habían vivido el tiempo suficiente con su Maestro para conocer su modo de discurso?

Fue la incredulidad la que oscureció sus mentes. Como no habían tomado pan consigo en la barca, temían sufrir hambre; aunque su Señor estaba en la barca, y aunque él había prometido suplir todas sus necesidades.

No expresaron en voz alta estos pensamientos incrédulos; pero su Maestro sabía que los abrigaban en sus corazones. ¿Quién se atreve a ir a Dios a expresar con palabras su incredulidad secreta? ¿Quién podría decir en sus oraciones: «No podemos confiar en ti para el tiempo por venir? Creemos probable que nos abandonarás, que no te importarán nuestras lágrimas, ni atenderás nuestros clamores»? No nos atrevemos a hablar así a nuestro Padre celestial. ¿Por qué, pues, deberíamos pensar lo que no nos atrevemos a decir?

Jesús se disgustó con sus discípulos por dos motivos: por su falta de fe y por su falta de entendimiento espiritual. ¿Cómo podían suponer que la levadura terrenal de los fariseos era peor que cualquier otra levadura? La levadura no podía ser peor por pertenecer a hombres impíos. Jesús había mostrado poco antes a sus discípulos que nada sino el pecado podía contaminar; y, sin embargo, sus mentes estaban tan oscurecidas por los prejuicios de su niñez que no podían recibir esta sencilla verdad.

¿Y cuál era la levadura de la que el Salvador manda a sus discípulos guardarse? Era la falsa doctrina, o enseñanza, de los fariseos y saduceos. Ambas sectas enseñaban errores; pero errores opuestos. Los fariseos añadían a la palabra de Dios—los saduceos quitaban de ella. Los fariseos añadían mandamientos de su propia invención; los saduceos reducían la Escritura a los cinco libros de Moisés, y aun estos no los creían plenamente, pues no aceptaban nada que no entendieran. Los fariseos eran supersticiosos—los saduceos eran escépticos. El mundo está hoy lleno de gente que, aunque con nombres distintos, predica doctrinas semejantes a las de los fariseos y saduceos. Los papistas se asemejan a los fariseos, y los infieles a los saduceos.

¿Estaban aun los discípulos en peligro de ser contaminados por la mala doctrina? ¿No deberíamos temer nosotros su influencia maléfica? La mala doctrina, como el aire infectado, halla entrada por la más pequeña abertura, y sin ser vista esparce a su alrededor una pestilencia. Así como la levadura cambia la naturaleza de toda una masa de harina, la mala doctrina daña todas las facultades de la mente y todos los sentimientos del corazón. El venerable Howells solía decir: «El error en los principios es padre del vicio en la práctica.» Si es así, ¡con cuánto cuidado deberíamos evitar la mala doctrina! Aunque estemos bien instruidos en la verdad, somos susceptibles de ser corrompidos por falsos maestros. Hay algunos casos melancólicos de personas que habían instruido a miles con sus piadosos escritos, que en sus años avanzados recibieron en sus mentes falsos principios, y procuraron pervertir a quienes una vez habían edificado. Nuestra oración constante debería ser: «Sosténme, para que no resbalen mis pasos.»

¿Por qué marca podemos distinguir la buena doctrina de la falsa? Por esta marca: la verdadera doctrina exalta a Cristo y humilla al hombre; se resume en estas palabras: «Oh Israel, tú te has destruido a ti mismo; pero en mí está tu socorro,» (Oseas 13:9.)

Fuente y atribución

Autor original: F. L. Mortimer

Título original: He warns his disciples against the leaven of the Pharisees and Sadducees

Fuente original: Grace Gems

Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de F. L. Mortimer, publicado originalmente en Grace Gems.

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