De la tierra sale el pan, y debajo está como convertida en fuego; de sus piedras sale zafiro, y de su polvo el oro. Ningún ave de rapiña conoce ese camino, ni lo ha visto el ojo del halcón. No lo pisan animales soberbios, ni por él pasan los leones (Job 28:5-8). Las verdades del evangelio, aunque a un ojo iluminado brillan como un rayo de luz a lo largo de toda la Palabra, están, en gran parte, depositadas como en venas profundas: Ciertamente hay un filón para la plata, y un lugar donde se refina el oro.
Pero ¿dónde está el lugar de los zafiros y dónde esas pepitas de oro? En el camino que ninguna ave de rapiña, ningún profesor impío, conoce, y que el ojo del buitre, por agudo que sea tras el botín de este mundo, no ha visto.
Para una mente espiritual, dulce y recompensadora es la tarea, si tarea puede llamarse, de escudriñar la Palabra como quien busca un tesoro escondido. No hay empleo más dulce ni mejor para el corazón y las manos que, en espíritu de oración y meditación, de separación del mundo, de santo temor, de deseo de conocer y cumplir la voluntad de Dios, de humildad, sencillez y sinceridad piadosa, procurar entrar en aquellos misterios celestiales atesorados en las Escrituras; y esto, no para llenar la cabeza de nociones, sino para alimentar el alma con el pan de vida.
La verdad, recibida en el amor y el poder de ella, informa y establece el juicio, ablanda y derrite el corazón, calienta y eleva las afecciones, vivifica y mantiene la conciencia despierta y tierna, y es el alimento de la fe, la fuerza de la esperanza y el resorte principal del amor.
Conocer la verdad es ser un verdadero discípulo y ser librado benditamente; libre del error y de las viles herejías que por doquier abundan; libre de la presunción y la justicia propia; libre de la maldición y la servidumbre de la ley y de la condenación de una conciencia culpable; libre del temor servil a la opinión de los hombres y al desprecio del mundo y de los profesores mundanos; libre de seguir a la multitud para hacer lo malo; libre de la compañía de quienes tienen nombre de vivir pero están muertos. Pero libre para amar al Señor y a su pueblo amado; libre para hablar bien de su nombre; libre para glorificarlo con cuerpo y alma, que son suyos; libre para acercarse al trono de gracia y al propiciatorio rociado con sangre; libre para toda palabra y obra buena; libre para todo lo verdadero, todo lo honesto, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable y todo lo de buen nombre.
Fuente y atribución
Autor original: J. C. Philpot
Título original: August 16
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. C. Philpot, publicado originalmente en Grace Gems.