Mientras Jesús caminaba con sus discípulos desde el aposento alto hacia Getsemaní, les advirtió del peligro en el que estaban a punto de entrar. "Esta misma noche todos vosotros os escandalizaréis por causa de mí." La prueba sería muy grande. Citó a un profeta del Antiguo Testamento una palabra que describía la situación tal como estaba a punto de presentarse: "Heriré al pastor, y las ovejas del rebaño serán dispersadas" (véase Zac. 13:7). Él sabía lo que venía. Él sería herido. Era el Pastor y hasta entonces había guardado a sus ovejas en segura protección. Ahora Él sería herido, y ellas quedarían expuestas al poder de sus enemigos y de los Suyos.
Sin embargo, aun en las sombras de la noche que se cerraba, Él veía el romper del alba. "Pero después de que yo resucite, iré delante de vosotros a Galilea." Él sería muerto, pero resucitaría de entre los muertos. No sería arrancado definitivamente de ellos. La muerte no sería para Él derrota. Habría de yacer en el sepulcro, pero volvería y los guiaría una vez más, más allá de la tumba. La esperanza nunca falló en el corazón de Cristo. Nunca fue desalentado.
Pedro era siempre el primero de los discípulos en hablar. Ni la ocasión más solemne podía dejarlo sobrecogido ni silenciarlo. Había oído la advertencia del Maestro, pero la resentía. No había razón para temer por él, fuera lo que fuese que otros hicieran. "Aunque todos se escandalicen por causa de ti, yo nunca." Su autoconfianza era muy fuerte. No era posible, dijo, que él fuera infiel a su Señor. Fue la temeridad de Pedro lo que lo hizo débil. Jesús repitió Su advertencia, haciéndola personal. "De cierto te digo que esta noche, antes que el gallo cante, me negarás tres veces." Aun así Pedro resistió a la advertencia. "Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré." Diríamos que unas palabras tan solemnes pronunciadas por el Maestro jamás podrían olvidarse hasta el punto de cometer esa misma noche un pecado tal contra Él. Sin embargo, el hecho de que Pedro realmente lo negara con tal firmeza, y de manera tan repetida, muestra cuán terrible fue la tentación, y cuán débil es aun el más fuerte amigo de Cristo en una hora semejante.
Vino luego Getsemaní, con su hora de angustia. Después llegó el arresto, al borde del huerto, cuando Jesús fue traicionado por uno de sus discípulos y conducido al palacio del sumo sacerdote. Era avanzada la noche. "Pedro estaba sentado fuera, en el patio." Hay varios pasos que condujeron a la presente posición de Pedro en el patio, que debemos recordar para entender su negación. Comenzó más atrás. Al principio de la noche él había despreciado, incluso resentido, la advertencia de que negaría a su Señor esa noche. Aquello fue un error grave. Haríamos bien en escuchar cuando Dios nos habla de esta manera. Pedro no era un hipócrita. Era sincero, amaba a Cristo, pero era demasiado seguro de sí mismo. Le faltaba esa desconfianza de sí mismo que debería llevar a los mejores y más santos a saber que solo en Cristo están seguros. Pedro fue débil aquella noche porque no buscó ayuda divina.
A continuación lo encontramos durmiendo cuando debería haber estado velando. Aquella hora en el huerto le fue dada para que los discípulos se prepararan ante la tentación. Pedro no la aprovechó y fue hallado desprevenido. Falló en el deber del amor hacia el Maestro. Después vino su temeridad al desenvainar la espada. Este acto lo hizo susceptible de arresto y lo llevó a tratar de ocultar su identidad y su conexión con Cristo, no fuera que los soldados lo apresaran. Luego lo encontramos siguiendo a Jesús "de lejos." Esto reveló timidez y una fe que flaqueaba. Su valor se desvanecía. Seguir a distancia es siempre peligroso. Muestra un amor que se enfría y una lealtad que tiembla. Es en sí mismo una negación parcial. El único lugar verdaderamente seguro está pegado a Cristo.
Otro paso fatal dio Pedro cuando entró y se sentó entre los siervos en el patio. Estaba en mala compañía. Se había sentado entre los enemigos de Cristo. Su propósito era ocultar su discipulado. Quería que lo tuvieran por uno de ellos al sentarse entre burladores y blasfemos. Esperaba así escapar del descubrimiento. De este modo actuó la negación antes de hablarla. Si hubiera sido del todo leal y fiel, habría evitado tal compañía y se habría mantenido tan cerca de su Maestro como le fuera posible. Lo único verdadero y seguro que puede hacerse entre los enemigos de Cristo es tomar el lugar que nos corresponde, con quietud y firmeza, desde el principio. Empezar mal pone a uno en una posición falsa, en la cual es casi imposible ser fiel después. Pedro estaba en un mal lugar para un discípulo cuando "estaba sentado fuera, en el patio." Estaba listo para caer. Debemos guardarnos de dar los pasos que conducen a negar a Cristo.
La negación de Pedro no fue premeditada, como lo fue la traición de Judas. Fue atrapado en el enredo de las circunstancias. Su primera negación se debió en parte a lo repentino del asalto y a sus pasos falsos anteriores. No era falso de corazón, sino que amaba a su Maestro aun mientras lo negaba. Debemos recordar que cuando todos los demás discípulos abandonaron a Jesús, Pedro fue el único, salvo Juan, que lo siguió cuando estaba en manos de sus enemigos. Es cierto que lo siguió de lejos, con timidez, pero lo siguió. Hemos de tener presente también su carácter: impulsivo, vehemente, siempre haciendo cosas precipitadas, pero a la vez valiente y leal. Estas consideraciones atenúan, aunque no excusan, la negación de Pedro. Al fin y al cabo, este es uno de los capítulos más tristes de la Biblia. Este discípulo tan favorecido, ante la burla de una criada, niega a su Señor; y luego sigue negándolo, con creciente vehemencia y con juramentos y maldiciones.
Hay varias cosas que hicieron la negación de Pedro particularmente triste y pecaminosa. Una fue que había recibido tantas muestras de favor especial de su Maestro. No era solo discípulo, sino apóstol. Era uno de los tres que habían sido escogidos como amigos íntimos del Maestro. Había sido honrado también por el Señor en varias ocasiones, incluso aquella misma noche en el huerto, cuando fue escogido para estar con Él. Había hecho la confesión más audaz de Cristo y también había profesado a viva voz su lealtad.
Otra agravante de la negación de Pedro fue que había sido tan seriamente advertido. Incluso aquella noche se le había dicho que negaría a Cristo, y él había desoído por completo las palabras del Señor, declarando que le era imposible hacer tal cosa. Ningún maquinista de ferrocarril pasa una luz roja. La advertencia previa empeora el pecado porque lo deja sin excusa.
Otra cosa que hizo el pecado peor fue que fue en la hora de mayor necesidad del Señor cuando Pedro lo negó. Si hubiera sido en el Monte de la Transfiguración, o durante la entrada triunfal, no habría sido ni la centésima parte tan grave. Pero fue cuando Jesús estaba abandonado y en manos de sus enemigos. ¿Era ese momento para que el discípulo más valiente, el amigo más favorecido, el más noble confesor, volviera la espalda a su Señor? Cuando la sombra cae sobre tu amigo, cuando la marea se vuelve contra él, cuando otros lo han abandonado, ¿es ese el momento para ti, su compañero de tanto tiempo y receptor de sus favores, de volverte cobarde y dejarlo solo? ¡Cuánto habría podido consolar Pedro a Jesús en su juicio! En cambio, las únicas palabras que el Maestro oyó de los labios de su amigo, mientras estaba entre enemigos y blasfemos, fueron palabras de negación, que penetraron como cuchilladas en Su corazón.
Una simple mentira se convierte en una mentira jurada, y luego en una mentira jurada con imprecaciones y maldiciones. La simple negación ya es bastante mala, pero este apóstol llegó incluso a invocar maldiciones sobre sí mismo si era discípulo, si conocía siquiera a ese hombre, y a pronunciar juramentos para enfatizar su negación. ¡Cómo agravó esto su pecado!
Pero, ¿cómo pudo un apóstol que había estado con Jesús tanto tiempo, oyendo y usando solo palabras puras, maldecir y blasfemar de esa manera? La respuesta es que debió ser una vieja costumbre de Simón el pescador, que ahora afloró en medio de la excitación. Así obran los viejos hábitos malos. Es imposible arrancarlos de modo que nunca vuelvan a dar problema. Son como la maleza: puedes arrancarla y pensar que no queda ni una raíz en el suelo, y por un tiempo no se ve ninguna; pero algún día reaparecerán. Los malos hábitos de cualquier clase formados en los primeros años dejan siempre puntos débiles en el carácter. Es muy fácil volver a caer en una tentación repentina donde uno cayó antes. Siempre es fácil retomar los viejos caminos a los que los pies una vez se acostumbraron. Quien bebió alcohol en su juventud, aunque llegue a ser abstemio total y fiel durante años, nunca está tan seguro en ese punto como quien nunca adquirió el hábito. Lo mismo ocurre con la mentira, la blasfemia, la indecencia, la deshonestidad y todos los vicios.
Al fin Pedro volvió en sí. "Pedro se acordó de las palabras de Jesús, que le había dicho… Y saliendo fuera, lloró amargamente." El gallo cantó, y entonces Jesús se volvió y miró a Pedro (Lucas 22:61), quien, alzando la vista en aquel instante, encontró la mirada de su Señor. El canto del gallo y la mirada del Maestro lo despertaron a la conciencia de lo que había hecho. Un incidente, un recuerdo, una mirada, fueron los medios por los cuales el apóstol pecador fue llevado al arrepentimiento. Podemos imaginar aquella mirada. Jesús estaba en manos de enemigos burladores, y mientras lo escarnecían y lo golpeaban, llegó a sus oídos la voz de su discípulo favorito, negándolo con maldiciones e imprecaciones. Sin duda aquella fue la gota más amarga en la amarga copa de aquella noche terrible. ¡Qué dolor y qué tristeza había en la mirada que cayó sobre Pedro! Pero, gracias a Dios, aquella mirada le quebrantó el corazón y lo salvó. Salió a la noche, pero no como Judas, a desesperar. Salió a la noche, pero el ángel de la misericordia fue con él y le señaló la esperanza. Lloró amargamente, pero el recuerdo de aquella mirada, afligida y reprensora y sin embargo llena de amor, le dijo que aún no había perdido su lugar en el corazón del Maestro. Se arrepintió de su pecado y fue salvo para llegar a ser uno de los más nobles apóstoles de nuestro Señor. Así podemos dar gracias a Dios por esta triste historia, porque nos muestra semejante puerta de esperanza cuando hemos pecado.
Fuente y atribución
Autor original: J. R. Miller
Título original: Peter's Denial
Fuente original: Grace Gems
Traducido y adaptado al español por Cristo Es Todo a partir de un escrito de J. R. Miller, publicado originalmente en Grace Gems.